domingo, 17 de agosto de 2014

La cuántica, la calle... y otras sorpresas

por Martín Bonfil Olivera

Texto leído en la presentación del libro El burro de Sancho y el gato de Schrödinger 
(Paidós, 2000), Feria del Libro de Minería, 25 de febrero de 2001.
(El libro ha sido publicado nuevamente por Cal y Arena con el título
Maravillas y misterios de la física cuántica.)

Antes de hablar del libro que hoy nos ocupa quisiera, si me lo permiten, hacer memoria de la relación unilateral que, como lector, he mantenido con el autor.

La primera vez que oí hablar de Luis González de Alba fue cuando mi mejor amigo, compañero en la Facultad de Química de la UNAM y amante, como yo, de la divulgación científica, me recomendó leer la columna que semanalmente publicaba en la sección de ciencia de La Jornada. Aunque en ese entonces yo no acostumbraba –lo confieso– leer periódicos, poco a poco me fui convirtiendo en fan de “La ciencia en la calle” y en general de la sección de ciencia que durante tantos años dirigió Javier Flores en ese diario.

Fue también por recomendación de mi amigo que compré el libro La ciencia, la calle y otras mentiras (Cal y arena, 1989)¸ en el que González de Alba retomó mucho del material publicado en el periódico y lo retrabajó hasta convertirlo en un texto de divulgación científica distinto a lo que estábamos acostumbrados en México. En él abordaba temas de lo más diverso, brincando de la epistemología, la historia de la ciencia y la filosofía, al sida, los infinitos, la astronomía, los sismos y –sorpresa que descubrí apenas ahora, al releerlo– la psiconeuroinmunología, tema de investigación de otro de mis mejores amigos y que apenas hoy comienza a ser reconocido.

El tono de aquel libro, como el de su columna semanal, era al mismo tiempo desenfadado y entusiasta; ligeramente regañón (como si nos dijera “fíjate, esto que estoy explicándote es asombroso, pero no lo vas a entender si no prestas atención”), pero siempre bien fundamentado y claro en sus explicaciones. Y sobre todo, siempre decidido a despertar en el lector el sentido de lo maravilloso, esa “experiencia científica” que sólo puede obtenerse cuando se entiende el conocimiento producido por la ciencia.

Creo que ese tono, el de quien se maravilla con algo e insiste en compartirlo, aun si primero tiene que despertar en su auditorio un interés previamente inexistente –e incluso, en ocasiones, luchar contra un rechazo producido por el prejuicio ante lo “complicado” de la ciencia– es una de las características que definen y hacen tan especial la divulgación científica de Luis González de Alba. Y es un tono que, afortunadamente, ha mantenido a lo largo de otros libros como Los derechos de los malos y la angustia de Kepler (Cal y Arena, 1998) y el que hoy nos ocupa, El burro de Sancho y el gato de Schrödinger (Paidós, 2000).

Sigo con mi relato. En mi opinión, dos palabras que definen la personalidad pública de González de Alba son “polémica” y “multifacética”. Tuvieron que pasar muchos meses para que comenzara a conocer algunas más de estas facetas. Recuerdo que fue el mismo amigo que me lo había presentado en las páginas de La Jornada –y que, por cierto, es desvergonzadamente heterosexual– quien un día se escandalizó al leer en “La ciencia en la calle” que nuestro autor calificaba –si mal no recuerdo– a un conocido actor estadounidense como “el hombre más guapo del mundo”. A mí me asombró más bien descubrir que alguien tuviera el valor de declarar públicamente –y casi casi presumir– de algo que entonces aún me parecía obligatorio mantener en la esfera de lo estrictamente privado.

Posteriormente encontré, en diversas publicaciones periódicas, textos de González de Alba en los que, utilizando un rigor argumentativo poco frecuente en nuestras revistas, desarmaba en forma tranquila y elegante las diversas “razones” que se han esgrimido, y aún se usan, para descalificar, denigrar y discriminar a quienes expresan preferencias sexuales distintas o quizá sólo más amplias de lo comúnmente aceptado. Leyendo sus textos, todas estas razones quedaban desenmascaradas como prejuicios sin fundamento. Hallé también un librito hoy inconseguible, titulado Bases biológicas de la bisexualidad (Katún, 1985), en el que González de Alba mostraba las amplísimas evidencias de comportamiento bi y homosexual a todo lo largo del mundo natural y de las diversas culturas humanas, contribuyendo así a cancelar el argumento que califica de “antinaturales” estos comportamientos. Todavía la semana pasada, en la columna que actualmente escribe para el periódico Crónica, comenta con el tono irónico que tan bien se le da que “lo único que no existe en la naturaleza son los votos de castidad”.

Tiempo después mi admiración creció al descubrir que el autor de estos textos era también dueño del que rápidamente se convirtió en mi bar favorito –y lo sigue siendo, desde hace 10 años–: el famoso “Taller” de la zona rosa, antro que con sus diversas actividades –culturales y de otro tipo– ha contribuido en forma decisiva a la conformación de una comunidad gay mexicana. Para él elaboró un lema que ha llegado a convertirse en leyenda: “El mundo está lleno de hombres guapos; hay algunos que nunca conocerás, pero hay algunos que podrás conocer en El Taller”.

Tardé más en conocer la trayectoria de González de Alba como literato. Aunque sabía ya de su participación como líder estudiantil en el movimiento del 68 (otra sorpresa para mí), y de su estancia en prisión, tardé mucho en leer Los días y los años (Era, 1971), texto indispensable sobre el tema. Para cuando lo hice, ya había leído su novela Agapi Mu (Cal y arena, 1993), que disfruté enormemente por su tono amoroso, introspectivo e íntimo, algo a lo que nos tiene acostumbrados en prácticamente todos sus textos. Había leído también –y me había emocionado hasta las lágrimas– con algunos poemas y cuentos suyos publicados en dos tomitos, hoy también agotados: El vino de los bravos (Katún, 1983) y Malas compañías (Katún, 1984).

Luego de este recuento personal, paso a ocuparme de El burro de Sancho y el gato de Schrödinger. Es curioso que todavía hoy me encuentre con gente que, conociendo a Luis González de Alba como líder del 68, escritor o empresario, se muestra incrédula cuando le comento que escribe sobre ciencia y que hoy ha publicado un libro sobre la mecánica cuántica. Por eso aprovecho para formular una pregunta que siempre he querido hacerle en persona al autor: ¿por qué alguien como él siente la necesidad de poner el conocimiento científico en manos del público general? ¿De dónde viene esa pasión por divulgar la ciencia?

Porque miente Luis González de Alba cuando dice, en la dedicatoria de su libro, que nadie lo ha ayudado “ni siquiera a conversar” esos libros y revistas que ha acumulado “por el simple placer de leerlos”, adquiridos sin apoyo de ninguna institución y en los que ha basado este texto. A lo largo de todos los años en que lleva realizando esta labor, González de Alba ha mantenido con nosotros, sus lectores, una amena conversación, salpicada de asombro e inteligencia, con la que nos ha hecho cómplices de sus gustos y nos ha permitido sentirnos muy cerca de él aunque, como en mi caso, no lo conozcamos personalmente.

Leyéndolo en periódicos, en novelas y poemas, y en libros de divulgación, uno descubre que Luis González de Alba es un gourmet, un sibarita no sólo de la comida y la bebida fina, de los viajes y la cultura griega –la antigua y la moderna-; no sólo un amante de la belleza artística y humana, sino también alguien que se deleita con los detalles de la cultura científica y que goza compartiéndola con quien quiera escucharlo con atención.

Ya hablé de la claridad de sus explicaciones, contrapunteada por el tono claridoso de sus frases. Su estilo es una mezcla de explicaciones, reflexiones, comentarios, y paráfrasis de otros autores. Abundan también los símiles y metáforas elegidas cuidadosamente, y muchas veces verdaderamente notables. Me encantó aquella en que, comentando sobre la imagen del átomo con un núcleo rodeado por diminutos electrones que lo circundan a gran distancia, nos dice “imaginemos un chícharo girando tan alto como las bóvedas de una catedral. Ese enorme hueco demarcado por una partícula diminuta es todo lo que nos queda de la catedral del átomo”.

No siempre, sin embargo sus explicaciones resultan tan sencillas como podría creerse. Esto no es sorprendente, pues uno de los principales problemas que enfrenta la divulgación científica es la necesidad de que el lector haga el esfuerzo intelectual requerido para comprender conceptos que van más allá de las trivialidades a las que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación. No es cierto que entender la ciencia sea tan sencillo como seguir la trama de una telenovela.

Pero González de Alba está decidido a conducir a su lector a través de los conceptos complicados para lograr que aprecie la belleza de la naturaleza que revela la ciencia. Lo hace explicando pacientemente, forzando al lector a ejercitar su inteligencia. Lo hace incluso a costa de algunos sacrificios, como cuando decide evitar “las sutilezas matemáticas, que si bien no son difíciles de comprender, resultan molestas para una cantidad sorprendente de lectores.”

“Nadie entiende la física cuántica”, dice González de Alba citando a Richard Feynman. Y nos dice también, en una contradicción sutil, que Bohr afirmó que si uno no siente vértigo ante la mecánica cuántica, es que no la ha entendido. Ambas frases, paradójicamente, tienen razón, y González de Alba hace su mejor esfuerzo por lograr el milagro y maravillarnos ante algo que somos incapaces de entender, y al mismo tiempo explicárnoslo hasta que quede lo más claro posible. ¿Cómo logra este objetivo?

Una razón es que, cuando González de Alba explica las cosas, insiste en aclararlas más allá de todo malentendido. Por ejemplo, describiendo el principio de indeterminación de Heisenberg, dice: “No es que no sepamos la velocidad [del electrón] mientras no la midamos, afirmación fácil de aceptar por evidente, sino que un electrón no tiene velocidad ni posición ni órbita definida mientras no exista una observación. Así como suena.” Luego, renglones más adelante, nos insiste: “Suponer que la incertidumbre se debe a la ineludible necesidad del experimentador de ‘tocar’ y en consecuencia alterar de alguna manera su objeto de estudio es una trivialidad [...]un problema técnico[...] Argumentar el desorden producido en el objeto de estudio hasta por la simple iluminación como si fuera la esencia del principio de incertidumbre es no haberlo entendido en absoluto.” Y termina, categórico: “No podemos conocer de manera simultánea ciertas variables del mundo subatómico no por problemas con la iluminación, sino porque no están determinadas, no existen antes de la observación.”

Con la misma claridad con que nos dice que el apellido del padre del famoso gato cuántico se lee “shroedinguer”, nos explica otros conceptos que muchas veces resultan confusos, como el principio de complementariedad de Bohr, o la teoría de las supercuerdas, esa nueva candidata a ser una “teoría de todo”, de la que hace un eficaz esbozo. Otros conceptos que González de Alba menciona en este libro vertiginoso son el bosón de Higgs, la inflación, la entropía que, nos informa con su característico estilo, significa “vuelta” en griego e incluso hace alguna nostálgica referencia a Marx, Engels, la Dialéctica de la naturaleza y la “ley de la conversión de la cantidad en calidad”. Tampoco desaprovecha la oportunidad de criticar, así sea de refilón, a la seudociencia archienemiga de la divulgación científica y a los malentendidos de algunos sociólogos posmodernos que han dado en descalificar a la ciencia, atacándola como “sólo un sistema de creencias más”.

El burro de Sancho y el gato de Schrödinger es un libro que nos deja con ganas de más. Y eso es de agradecerse. Otra de las cosas que se le agradecen al autor es el esfuerzo que hace para despertar el asombro de los lectores, pues creo que el sentido de fascinación ante el funcionamiento de la naturaleza es una de las principales justificaciones para la existencia de la ciencia y su divulgación. Pongo un ejemplo: aunque yo había leído en varias ocasiones sobre los temas abordados en El burro de Sancho..., hubo un momento en que me sorprendí pensando, mientras leía acerca de la paradoja EPR y los experimentos de Alan Aspect, que comprobaron definitivamente el carácter fundamentalmente incomprensible del mundo cuántico, que todo esto no podía ser cierto, que los físicos habían conspirado con algún propósito inconfesable para engañarnos y convencernos de cosas tan increíbles. Espero que los lectores jóvenes del libro, a los que está dedicado, logren experimentar el mismo sentido de maravilla.

Con lo mucho que disfruté el libro, no puedo dejar de mencionar dos puntos en los que no estoy de acuerdo. El primero es sólo una frase, en la que González de Alba proclama que el modelo estándar de la física cuántica es “la más alta culminación del espíritu humano.” Quizá se manifieste aquí la proverbial oposición entre los amantes de la física versus los enamorados de la biología, pero en mi opinión, hay muchos otros candidatos a merecer un título tan prestigioso. Mi predilección personal, dejando de lado grandes obras de arte, es la teoría darwiniana de la evolución por selección natural, que es por lo menos tan central y constituye un logro tan importante y tan estéticamente bello como el modelo estándar.

Mi segundo desacuerdo con González de Alba se refiere a uno de los últimos capítulos del libro, en los que expone las hipótesis del famoso físico Roger Penrose acerca de los fundamentos de la conciencia.

Penrose descarta la posibilidad de que el cerebro funcione en forma semejante a una computadora, pues toda computadora puede resolver sólo problemas que se puedan exponer como una sucesión de pasos, esto es como un algoritmo. Basándose en la existencia de la intuición matemática, que no ha podido ser simulada en ninguna computadora, y en el famoso teorema de Gödel, supone que “el cerebro no sigue algoritmos”. De ahí brinca a la conjetura de que el cerebro debe funcionar de alguna manera misteriosa. “Hay algo en nosotros que no podemos poner en una computadora”, escribe González de Alba, siguiendo a Penrose. “Y no por falta de tecnología, sino, otra vez, porque damos con un límite de la naturaleza [...]un límite señalado por el teorema de Gödel. [...]La conciencia no puede ser comprendida dentro de la conciencia misma”

Es explicable el entusiasmo que causan las ideas de Penrose, pues sus implicaciones son fascinantes. “Penrose propone que el conocimiento humano, sobre todo el matemático, es una forma de contacto con el mundo platónico de las ideas”, dice González de Alba. El físico propone que “la interfase entre el mundo material y la conciencia” se halla en estructuras subcelulares llamadas microtúbulos, pues en su interior ocurrirían fenómenos dictados por una “nueva física”, aún desconocida, que Penrose llama “gravedad cuántica”.

Desgraciadamente, como ha señalado el filósofo Daniel Dennett en su libro La peligrosa idea de Darwin, Penrose comete un error básico en sus razonamientos, pues si bien es cierto que el teorema de Gödel afirma que ningún algoritmo puede generar pruebas de todas las verdades de la aritmética, el tipo de algoritmos que los estudiosos de la inteligencia artificial están desarrollando no tienen pretensiones tan ambiciosas: aspiran sólo a reproducir, de manera imperfecta pero convincente, las capacidades de la mente humana. Al hacer esto, sólo están expresando la convicción, fundamentada en el pensamiento darwiniano –que finalmente es la manera más natural de enfocar el origen de la conciencia de que todos los fenómenos biológicos pueden ser explicados como producto de ese proceso algorítmico y ciego que conocemos como evolución por selección natural.

Ya en otra ocasión, cuando se estaba gestando, en las primeras décadas del siglo xx, esa nueva ciencia hoy conocida como biología molecular, los físicos habían expresado su incredulidad de que un fenómeno tan complejo como la vida pudiera entenderse sólo con las leyes conocidas de la física y la química. El propio Erwin Schrödinger propuso que debía haber nuevos principios físicos, aún no descubiertos, que explicarían las propiedades únicas de los seres vivos. Fue gracias a la participación de toda una generación de físicos, motivados por las palabras de Schrödinger, que la biología molecular logró nacer y logró desentrañar los secretos más íntimos de la célula viva. Sobra decir que, a lo largo de toda esta ruta, no se encontró ni un solo fenómeno que no pudiera ser explicado con la misma física y la misma química que rigen todos los demás fenómenos del mundo natural. (Por cierto, tampoco se ha encontrado nunca algún fenómeno subcelular en el que tengan participación los extraños fenómenos que González de Alba describe en su libro: la biología parece estar, hasta el momento, a salvo de las paradojas cuánticas.) Estoy convencido de que lo mismo pasará con el problema de la conciencia, y que un día encontraremos que no fueron necesarias teorías de gravedad cuántica ni propiedades misteriosas de los microtúbulos para explicar cómo pensamos.

Antes de terminar, quisiera agradecer dos regalos extra que nos da Luis González de Alba al final de su libro. El primero es ese sabroso capítulo final, “El inicio egeo de la aventura”, en el que nos lleva a través de la historia para mostrarnos el nacimiento, en la antigua Grecia, del pensamiento científico, que permitió por primera vez llenar lo que él llama “esa otra necesidad tan imperiosa como el hambre: la de conocer las explicaciones últimas de las cosas por métodos de pensamiento que cualquiera pudiese seguir.”

El segundo regalo es la detallada bibliografía, que nos permite no sólo conocer las fuentes en las que González de Alba se basó para escribir este minucioso libro, sino acceder a ellas, contagiados por el gusto que el autor experimentó al leerlas. Es poco frecuente que los divulgadores científicos cuiden estos detalles.

Por último, quiero extender una felicitación a Paidós y a Fernado Escalante Gonzalbo, que concibieron la colección “Amateurs”. Me seduce totalmente la idea de que quien nos guíe por nuevos campos del conocimiento sea “el amante, no el cónyuge”, “quien lo hace más por placer que por sistema, no por obligación sino por antojo, no en horas de oficina sin en noches de insomnio.” En un texto en el que critica la especialización del conocimiento, Erwin Chargaff –uno de los albañiles del majestuoso edificio de la genética molecular, dice: “Si el mundo aún puede salvarse será por los amateurs.” Comparto plenamente esta opinión, y felicito a Paidós por haber iniciado esta colección con un libro de ciencia, y especialmente con uno escrito por un amateur que cumple admirablemente con la definición que ofrece el propio Chargaff: “un amateur es alguien sin anteojeras [...y] en nuestra época, la incapacidad para portar anteojeras es un acto heroico”.

25 de febrero de 2001

viernes, 17 de mayo de 2013

Reflexiones en el día contra la homofobia

(otro post rescatado de Facebook; los pueden buscar usando la etiqueta "Facebook")

Hoy es el día mundial contra la homofobia y contra todos los odios por motivos de orientación sexual. Por favor quítense esos miedos irracionales. Vivan y dejen vivir.

Ofrezco algunos puntos para entender mejor (ojo no son definiciones, sólo características puntuales):

Homofobia (y lesbofobia): los homosexuales (o lesbianas) son enfermos o personas que actúan en forma antinatural.

Bi-fobia: Los bisexuales "no existen", son sólo personas confundidas, que todavía no saben lo que quieren. O en todo caso son homosexuales que todavía no se atreven a reconocerlo.

Trans-fobia: los transexuales son personas muy enfermas, sentir que pertenecen al sexo opuesto al de su cuerpo es un estado de enfermedad mental. Además, un transexual, por ejemplo de hombre a mujer, es un hombre que se operó para ser mujer. No. Es una mujer. Otro: un transexual es un homosexual. No: en realidad sería un heterosexual, aunque a muchos nos pueda parecer sorprendente.

viernes, 5 de abril de 2013

Rescatando de Facebook

He decidido, mientras encuentro otra manera mejor de hacerlo, rescatar algunas de las cosas que pongo en Facebook, porque ahí las cosas son demasiado pasajeras, se pierden en la corriente diaria del exceso de información... y creo que hay cosas a las que vale la pena tener acceso posteriormente, no sólo de momento. Así que las copiaré aquí con la etiqueta "Facebook", pueden buscarlas con esa etiqueta para verlas.

La primera: un artículo que me interesó, sobre la influencia de las tecnologías de la información sobre la escritura:

¡Interesante!
"El fin de la escritura", por Antulio Sánchez
http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/9176919


miércoles, 23 de enero de 2013

Publicar o vivir

Recupero este pequeño relato, producto de un taller de narrativa,
y que fue publicado en el suplemento Lunes en la ciencia
del diario La Jornada (México),
11 de noviembre de 1999

No me decido. Me da miedo. Todo mundo me dice que ya no debería perder más tiempo, pero no estoy seguro.

La verdad es que mis datos son bastante sólidos. Los experimentos estuvieron bien planeados y realizados, salieron como esperaba y en general nadie les pondría ningún pero a mis resultados. Si los mandara a cualquier revista, los publicarían.

Pero no acabo de estar seguro. Porque sé que debí hacer el otro experimento. Si no lo hago yo, tarde o temprano a alguien más se le ocurrirá que puede haber otra explicación para el fenómeno, y hará el experimento decisivo. Y yo quisiera publicar un trabajo completo, redondo, no un fragmento de investigación al que sé que le faltan partes.

¿Por qué no me habrá tocado vivir en la época de los fundadores de la biología molecular? Gente como Jacob y Monod, por ejemplo. Ellos no publicaban un experimento cualquiera. No les preocupaba ganar la carrera contra sus rivales científicos. Podían aguardar durante dos, tres o cinco años, hasta haber realizado toda la serie de experimentos que dieran validez a sus hipótesis. Hasta tener un caso a prueba de objeciones. Cualquier otra cosa se hubiera considerado mala ciencia. Me hubiera gustado trabajar como ellos.

Pero hoy el espíritu parece ser el opuesto. Un espíritu mercenario. Exactamente como dice mi tutor: “publica ya esos datos, ¿qué no ves que cuando los quieras mandar a una revista alguien ya te puede haber comido el mandado? Además, yo tengo que renovar mi beca del Sistema Nacional de Investigadores, y no tengo suficientes publicaciones. Si no te pones a escribir esta semana, voy a redactar yo el artículo”.

¡Cómo me molesta! No entiende mi angustia al pensar que a lo mejor el otro experimento, el que no he hecho, da al traste con nuestras hipótesis. “No importa”, dice, “luego hacemos el otro experimento. Mientras, ya tendremos un paper más en nuestro curriculum”.

“¿Y qué pasa si el otro experimento invalida lo que publicamos? ¿Qué hacemos entonces?”, le pregunté. Hizo como que no me había oído. Pero a mí la duda me angustia y no me decido, no me decido.

¿Por qué tengo que ser tan preocupón? Mis compañeros del doctorado no se andan fijando en estas minucias. Uno de ellos, el otro día, me preguntó si podía incluir algunos de mis datos en su próximo artículo. Cuando le pregunté por qué quería incluirlos, sólo dijo que si yo no los usaba, a él le vendrían de maravilla para complementar su escrito. ¡Qué cinismo! Y eso que mis datos, estrictamente, no tienen nada que ver con lo que él está investigando. Pero claro, lo que a él le importa no es la coherencia de los argumentos, lo sólido de la investigación, sino el saber que su artículo será publicado, que podrá incluirlo en su curriculum, que se convertirá en dinero a través de los estímulos para la investigación. Por cierto, le dije que no. Pero sigo sin decidirme a publicar.

¿Qué pasaría si simplemente me negara a escribir el artículo? Al menos hasta tener la confirmación del otro experimento. Mi tutor no me puede obligar, aunque sí lo creo capaz de escribirlo él y mandarlo si yo no lo hago. Seguramente pondría mi nombre, pero lo que a él le importa es que aparezca el suyo. A pesar de que la idea del experimento es mía, de que yo averigüé el método más adecuado para realizarlo, de que yo hice todo el trabajo prácticamente solo, sin ayuda de nadie. Ni tan siquiera con su asesoría, porque él no entiende las técnicas que usé. Como la mayoría de sus colegas, mi tutor es uno de esos científicos superespecializados. Tuve que asesorarme con un investigador de otro instituto, experto en las técnicas necesarias, al que seguramente daremos un agradecimiento en la publicación (los agradecimientos también cuentan, también son puntos, también son dinero...).

Pero, ¿y si simplemente no publicara? ¿Si me esperara los seis u ocho meses que me llevará planear, preparar y realizar el otro experimento? ¡Qué satisfacción sería publicar un trabajo en el que todos los huecos estuvieran cubiertos, en el que no hubiera duda de la solidez de los resultados!

No, no puedo... aunque me dé coraje reconocerlo, dependo de la aprobación de mi tutor. Si me enfrento a él, si no lo obedezco, puedo perder mi beca. Ya ha pasado el tiempo establecido para obtener el doctorado, y sólo con su apoyo podré conseguir una prórroga.

Tal vez lo mejor sea no buscarme problemas... total, ¿qué importa ceder un poco? Ahora lo más importante es obtener el grado. Cuando sea doctor, cuando tenga mi propio laboratorio y mi grupo de investigación, podré atenerme a mis propios estándares. Podré hacer investigación como debe hacerse. Podré esperarme y no publicar hasta que mis trabajos estén listos.

Aunque, ¿quién sabe? Tal vez la calidad no siempre es tan importante... Para entonces ya me habré casado, tendré hijos, coche y tal vez hasta una casa. El dinero extra de una beca del sni me será muy necesario... y entre más publicaciones tenga, más fácil será obtenerlo. Después de todo, creo que mi tutor no anda tan equivocado...

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Palabras sobre mi madre

Palabras pronunciadas en el homenaje a mi madre, Alicia Olivera Sedano,
en la inauguración del las XXXIV Jornadas de Historia de Occidente,
Centro de Estudios  de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, A. C. ,
25 de octubre de 2012

Antes que nada quiero agradecer a Luis Prieto, al Centro de Estudios sobre la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, y todos quienes organizan este evento, el privilegio de decir unas palabras en memoria de mi madre.

Es difícil hablar de mi madre, Alicia Olivera de Bonfil, ante sus queridos colegas. Difícil no sólo por la pena de saber que no volverá a estar en estas entrañables reuniones, que para ella eran, literalmente, el evento del año. Difícil también porque me hace ser consciente de que la Alicia que yo conocí como madre es muy distinta de la Alicia con la que ustedes, sus compañeros en la profesión de la historia, compartieron tantas ideas, pláticas, discusiones y proyectos.

En mi recuerdos más tempranos, mi madre –mi mamá– tenía siempre un chongo y sus ojos maquillados en forma alargada, lo que le daba un aspecto achinado. Años después supe que ese estilo lo conservó desde su época de bailarina en el Ballet Folklórico de Amalia Hernández. ¡Tantos recuerdos de los que podría uno hablar!

Tal vez no sea éste el espacio para centrarme en la excelente, cariñosa madre que fue para mi hermana Alicia y para mí (y también para mis medios hermanos Chelo y Ramón, quienes con su partida también perdieron a una madre). No resisto mencionar, al menos, que Alicia y yo tuvimos la bendición de tener dos excelentes padres (aprovecho para decírselo a mi querido papá, aquí presente). Padres que siempre cumplieron con creces todas sus obligaciones (y no me refiero sólo a las materiales, obviamente). Padres que nos dieron cariño, casa, juegos, paseos (no puedo dejar de recordar la previsión y el orden de mi mamá en esos viajes, donde siempre tenía a la mano todo lo que se pudiera ofrecer, desde un sándwich para el viaje o un bocado para el antojo nocturno, hasta el neceser que permitía curar un raspón o aliviar una piel quemada por el sol. Mi madre, siempre metódica, lista y preparada para todo.)

Pero sobre todo, nuestros padres nos dieron una educación y unos valores que hoy reconozco como excepcionales. Entre ellos acierto a mencionar la lectura, la buena ortografía y redacción, el pensamiento crítico, los buenos modales, el respeto irrestricto a lo diferente, la justicia, la responsabilidad, y muchos otros. Si Alicia y yo somos personas, ciudadanos y profesionistas buenos, decentes y productivos es porque somos hijos de dos personas buenas, dos buenos ciudadanos y profesionistas, dos magníficos padres. Que también sabían cuándo era oportuno administrar unas buenas nalgadas, hoy tan satanizadas y sin embargo tan necesarias.

Lo curioso es que, durante mi niñez y adolescencia, nunca fui consciente de la intensa y constante dedicación que mi madre tuvo a su profesión. Recuerdo, sí que, luego de enviarnos a la escuela, iba a trabajar todas las mañanas (al Museo de Antropología, al Castillo de Chapultepec…). Regresaba siempre a tiempo para darnos de comer, y pasaba la tarde ocupándose de nosotros, hasta que llegaba nuestra hora de dormir. No tengo ningún recuerdo de ella sentada trabajando en casa. Y sin embargo, debe haber sido durante esos años que produjo todos esos libros e investigaciones que luego tanto reconocimiento le merecieron. Me la imagino, ahora, trabajando por la noche, luego de acostarnos, quizá ocasionalmente desvelándose, para lograr tanta productividad.

Fue sólo con los años que llegué a darme cuenta de la cuantía de sus logros profesionales. Algunos todavía los sigo descubriendo con asombro. Las investigaciones sobre los cristeros, el programa de historia oral con superviventes de la Revolución, la investigación sobre la tradición oral sobre Cuauhtémoc, el proyecto “Mi pueblo durante la Revolución”. Los alumnos que formó, su contribución a construir una comunidad de investigadores hoy sólida y pujante… Ustedes conocen mejor que yo todo esto. Y lo digo en serio: mi gran sorpresa es que, siendo su hijo, haya yo sabido tan poco de mi mamá como investigadora.

Probablemente lo que pasa es que nadie es una sola persona: todos encarnamos a varias personas en una. Alicia Olivera Sedano fue la hija cariñosa de mi abuelo, el Dr. Juan Olivera López, y apoyo de su vejez; madre cariñosa para mi y mis hermanos, como ya dije; la admirada y severa tía Lilí de mis primos; la esposa dedicada de mi padre; la investigadora destacada y, lo veo aquí, querida por sus compañeros.

Más allá de su legado como historiadora, que probablemente esté más en la mente y los corazones de ustedes, sus amigos y colegas, que en los documentos, quizá la mejor muestra de su generosidad queda en la vida y la carrera profesional de mi hermana y de mí mismo. Si pude estudiar una carrera y dedicarme a lo que más me gusta –escribir de ciencia; con su muerte pierdo a mi lectora más incondicional– fue, en gran parte gracias a ella. (Mi primer estímulo en ese camino fue, curiosamente, ganar el concurso de composición a la madre en tercero de primaria… recuerdo su cara de orgullo.) Si mi hermana Alicia es una arqueóloga hecha y derecha, que participa en excavaciones de gran interés –últimamente está coqueteando con la paleontología– y ha criado a un joven serio, responsable e inteligente que sin duda será un hombre de bien –Luis Alberto era la alegría de sus últimos años– fue también gracias a su influencia (por supuesto, junto con la de nuestro querido padre).

Mi corazón se alegra de pensar que tuvo tiempo de cosechar: todos los homenajes que merecía los recibió en vida. El emeritazgo por el INAH, en el 2000; su reconocimiento como pionera latinoamericana de la historia oral, en un congreso en Guadalajara, en 2008; el emotivo homenaje titulado “Abriendo caminos”, en la Dirección de Estudios Históricos, y el Premio “José C. Valadés” del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, ambos en 2009… Y estoy segura de que si estuviera aquí, estaría agradeciéndoles conmovida que piensen en ella y la recuerden con cariño. Se los agradezco de corazón a nombre mío, de mi hermana y de mi padre.

Muchas, muchas, gracias.


lunes, 20 de agosto de 2012

Esa tontería de la objetividad: Ciencia, realidad y una exposición para ciegos

Publicado en el suplemento Lunes en la ciencia
del diario La Jornada (México),
6 de septiembre de 1999

Imaginemos una exposición de cuadros, pero de un tipo especial: una dirigida a un público de ciegos.

Claro, como la pintura es una de las llamadas “artes visuales”, nuestro primer impulso es pensar que tal exposición carecería de sentido. Pero hay una posibilidad de hallárselo: hacer que una persona con vista normal describa a los ciegos lo que hay en los cuadros. Así, aunque fuera en forma indirecta, ellos podrían tener acceso a su contenido, tener algún tipo de experiencia de lo que hay en los cuadros.

¿Cómo podría ser la descripción de un cuadro? Algo así, por ejemplo: “Una mujer, de gran belleza, recostada en la arena de la playa. Su piel es suave y morena, cubierta de un ligerísimo vello, casi imperceptible. Al acariciarla tiene la suavidad del terciopelo, del durazno. Su cabello es largo, suave y pesado como la seda; algunos mechones caen sobre su frente. Su mirada es profunda y soñadora, sus ojos son del verde de la hojas tiernas de los árboles en primavera. Detrás de ella el mar, de un verde más oscuro, como el de las botellas de buen vino, arroja olas que se deshacen impotentes en espuma contra las rocas de la bahía, produciendo un ruido sordo, a la vez violento y suave. Otras olas llegan simplemente hasta la playa, donde lamen la arena.”

Una descripción así podría lograr que los espectadores invidentes captaran algo de la pintura, algo que no captarían si la pintura no estuviera ahí.

Desde luego, la riqueza de la experiencia que los ciegos pudieran tener en esta hipotética exposición dependería de la capacidad del “narrador” para captar las sutilezas de la pintura, así como de sus conocimientos y su imaginación. Hay una gran diferencia entre la descripción anterior, que incluso recurre a otros sentidos, como el tacto y el oído, y “Hay una bella mujer recostada en la playa, y detrás de ella está el mar”, o incluso entre esta última y, por llevar las cosas al extremo, “Hay una vieja buenísima tirada en la playa”.

Y no se trata de que el “narrador” esté inventando los sonidos del mar o la textura de la piel de la mujer: los está imaginando, pero lo hace a partir de lo que ve en la pintura. Un observador cuidadoso e imaginativo verá más detalles en la pintura que un observador superficial.

Ahora, cambiemos de escenario. ¿Qué pasa cuando los científicos tratan de describir la realidad? ¿Son las teorías científicas metáforas, modelos, aproximaciones a la realidad? ¿O son descripciones exactas, son de algún modo “reales”, “ciertas” o “verdaderas”?

Desde luego, nadie pretendería que una teoría o modelo científico sea la realidad. Los investigadores científicos no crean realidades: crean teorías que describen, explican y hasta predicen el comportamiento de esa realidad que suponemos –no nos queda más remedio que suponerlo– está “ahí afuera”. Afuera de nosotros, de nuestras cabezas, de nuestras mentes.

Y es que de alguna manera, a través de nuestros sentidos, o de nuestros aparatos y experimentos, creemos tener algún contacto con ella. Pero este contacto no es directo: está mediado por nuestra percepción –que siempre filtra, interpreta y en última instancia deforma lo que recibe.

En realidad, cuando decimos que “percibimos” el mundo exterior, nos referimos a que tenemos sensaciones provenientes de nuestros órganos de los sentidos. Éstos, a su vez, reaccionan ante estímulos externos como fotones, ondas sonoras o moléculas volátiles. Estrictamente no vemos un cuadro: vemos los fotones que rebotan en él y llegan hasta nuestra retina.

Pero lo que nos dicen nuestros sentidos no siempre es confiable: a veces nos engañan o nos confunden. Porque, a partir de los datos que recibimos de ellos, nuestro cerebro (¿o es nuestra mente?) construye interpretaciones que nos permiten entender, darle sentido a la información que estamos recibiendo. Y este proceso no es “objetivo”: se trata de una interpretación que nuestro cerebro hace, y aunque trata de hacerlo siempre lo mejor que puede, no está libre de errores (las ilusiones ópticas son el ejemplo más cercano). En esto las experiencias diarias de toda persona y la actividad científica son idénticas. No hay percepción “pura”: siempre hay interpretación.

El científico se parece a los ciegos que asisten a la exposición de nuestro ejemplo. No pueden ver los cuadros, pero pueden formarse una imagen de ellos a través de la descripción de su guía. Para los científicos, el guía serían los sentidos y los aparatos con los que extendemos su alcance. Para tratar de que nuestros sentidos y aparatos no nos engañen, hacemos experimentos controlados. Pero nunca podremos ver los cuadros, nunca podremos tener acceso directo a la realidad.

¿Quiere esto decir que debemos renunciar al ideal científico de tener un conocimiento confiable, un modelo coherente de la naturaleza? No, en el mismo sentido que los ciegos no tendrían por qué renunciar a conocer los cuadros de la exposición. Pero no tendría sentido que se empeñaran en verlos. No pueden verlos, porque son ciegos. Nosotros no podemos “ver” la realidad, sólo construir modelos, metáforas, explicaciones para entender cómo puede ser esa realidad en cuya existencia creemos... ciegamente.

La descripción científica del mundo no es inventada, pero no es una verdad objetiva ni absoluta. No es la verdad, pero es más verdadera que otras “verdades”, como los mitos, o como las fantasías de quienes creen que las luces en el cielo son platillos voladores tripulados por enanitos verdes, o que los cristales de cuarzo absorben las malas “vibras”. En otras palabras, no es que la ciencia sea arbitraria, pero sí es relativa. Sí es una construcción susceptible de ser desechada, de estar equivocada, de cambiar y ser mejorada, de evolucionar. Efectivamente, como afirman quienes la estudian, es un discurso, un texto, un fenómeno social, un modelo mental y muchas otras cosas. Pero está basada en algo que existe, como existen los cuadros de la exposición, aunque los ciegos no los vean. Y es la forma más efectiva, el método más poderoso con el que contamos para acercarnos a la naturaleza, a la realidad. Porque, pese a todo, no queremos renunciar a conocerla. Deseamos conocerla, pero no queremos engañarnos. Ese es el compromiso del científico, y en eso consiste su honestidad: buscar el conocimiento sin olvidar que somos ciegos, pero sin renunciar tampoco a la obra de arte que existe y que está ahí invitándonos a conocerla, a explorarla y, en última instancia, a disfrutarla.