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jueves, 21 de noviembre de 2019

Micro-reseñas: The year of the flood, de Margaret Atwood

(Publicado en Facebook en noviembre de 2011)

Acabo de terminar de leer una Obra Maestra: la novela The year of the flood, de Margaret Atwood, esa gran novelista canadiense. Es una novela apocalíptica situada en el mundo luego de la catástrofe climática y ecológica, post-biotecnológica, que estamos comenzando a crear. Según los rumores (y el final de la novela da la impresión de que así es), esta novela es la segunda parte de su trilogía de MaddAddam, La primera novela, Oryx and Crake, ya me había gustado mucho, pero con esta segunda ambas se han convertido en parte de mis favoritas de la vida. Ambas las compré en Costa Rica, en una librería que vende libros importados. Ahora, a esperar la tercera parte de la trilogía...
Actualización: la tercera parte no decepciona. Una trilogía espléndida.


miércoles, 23 de enero de 2013

Publicar o vivir

Recupero este pequeño relato, producto de un taller de narrativa,
y que fue publicado en el suplemento Lunes en la ciencia
del diario La Jornada (México),
11 de noviembre de 1999

No me decido. Me da miedo. Todo mundo me dice que ya no debería perder más tiempo, pero no estoy seguro.

La verdad es que mis datos son bastante sólidos. Los experimentos estuvieron bien planeados y realizados, salieron como esperaba y en general nadie les pondría ningún pero a mis resultados. Si los mandara a cualquier revista, los publicarían.

Pero no acabo de estar seguro. Porque sé que debí hacer el otro experimento. Si no lo hago yo, tarde o temprano a alguien más se le ocurrirá que puede haber otra explicación para el fenómeno, y hará el experimento decisivo. Y yo quisiera publicar un trabajo completo, redondo, no un fragmento de investigación al que sé que le faltan partes.

¿Por qué no me habrá tocado vivir en la época de los fundadores de la biología molecular? Gente como Jacob y Monod, por ejemplo. Ellos no publicaban un experimento cualquiera. No les preocupaba ganar la carrera contra sus rivales científicos. Podían aguardar durante dos, tres o cinco años, hasta haber realizado toda la serie de experimentos que dieran validez a sus hipótesis. Hasta tener un caso a prueba de objeciones. Cualquier otra cosa se hubiera considerado mala ciencia. Me hubiera gustado trabajar como ellos.

Pero hoy el espíritu parece ser el opuesto. Un espíritu mercenario. Exactamente como dice mi tutor: “publica ya esos datos, ¿qué no ves que cuando los quieras mandar a una revista alguien ya te puede haber comido el mandado? Además, yo tengo que renovar mi beca del Sistema Nacional de Investigadores, y no tengo suficientes publicaciones. Si no te pones a escribir esta semana, voy a redactar yo el artículo”.

¡Cómo me molesta! No entiende mi angustia al pensar que a lo mejor el otro experimento, el que no he hecho, da al traste con nuestras hipótesis. “No importa”, dice, “luego hacemos el otro experimento. Mientras, ya tendremos un paper más en nuestro curriculum”.

“¿Y qué pasa si el otro experimento invalida lo que publicamos? ¿Qué hacemos entonces?”, le pregunté. Hizo como que no me había oído. Pero a mí la duda me angustia y no me decido, no me decido.

¿Por qué tengo que ser tan preocupón? Mis compañeros del doctorado no se andan fijando en estas minucias. Uno de ellos, el otro día, me preguntó si podía incluir algunos de mis datos en su próximo artículo. Cuando le pregunté por qué quería incluirlos, sólo dijo que si yo no los usaba, a él le vendrían de maravilla para complementar su escrito. ¡Qué cinismo! Y eso que mis datos, estrictamente, no tienen nada que ver con lo que él está investigando. Pero claro, lo que a él le importa no es la coherencia de los argumentos, lo sólido de la investigación, sino el saber que su artículo será publicado, que podrá incluirlo en su curriculum, que se convertirá en dinero a través de los estímulos para la investigación. Por cierto, le dije que no. Pero sigo sin decidirme a publicar.

¿Qué pasaría si simplemente me negara a escribir el artículo? Al menos hasta tener la confirmación del otro experimento. Mi tutor no me puede obligar, aunque sí lo creo capaz de escribirlo él y mandarlo si yo no lo hago. Seguramente pondría mi nombre, pero lo que a él le importa es que aparezca el suyo. A pesar de que la idea del experimento es mía, de que yo averigüé el método más adecuado para realizarlo, de que yo hice todo el trabajo prácticamente solo, sin ayuda de nadie. Ni tan siquiera con su asesoría, porque él no entiende las técnicas que usé. Como la mayoría de sus colegas, mi tutor es uno de esos científicos superespecializados. Tuve que asesorarme con un investigador de otro instituto, experto en las técnicas necesarias, al que seguramente daremos un agradecimiento en la publicación (los agradecimientos también cuentan, también son puntos, también son dinero...).

Pero, ¿y si simplemente no publicara? ¿Si me esperara los seis u ocho meses que me llevará planear, preparar y realizar el otro experimento? ¡Qué satisfacción sería publicar un trabajo en el que todos los huecos estuvieran cubiertos, en el que no hubiera duda de la solidez de los resultados!

No, no puedo... aunque me dé coraje reconocerlo, dependo de la aprobación de mi tutor. Si me enfrento a él, si no lo obedezco, puedo perder mi beca. Ya ha pasado el tiempo establecido para obtener el doctorado, y sólo con su apoyo podré conseguir una prórroga.

Tal vez lo mejor sea no buscarme problemas... total, ¿qué importa ceder un poco? Ahora lo más importante es obtener el grado. Cuando sea doctor, cuando tenga mi propio laboratorio y mi grupo de investigación, podré atenerme a mis propios estándares. Podré hacer investigación como debe hacerse. Podré esperarme y no publicar hasta que mis trabajos estén listos.

Aunque, ¿quién sabe? Tal vez la calidad no siempre es tan importante... Para entonces ya me habré casado, tendré hijos, coche y tal vez hasta una casa. El dinero extra de una beca del sni me será muy necesario... y entre más publicaciones tenga, más fácil será obtenerlo. Después de todo, creo que mi tutor no anda tan equivocado...

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Palabras sobre mi madre

Palabras pronunciadas en el homenaje a mi madre, Alicia Olivera Sedano,
en la inauguración del las XXXIV Jornadas de Historia de Occidente,
Centro de Estudios  de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, A. C. ,
25 de octubre de 2012

Antes que nada quiero agradecer a Luis Prieto, al Centro de Estudios sobre la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, y todos quienes organizan este evento, el privilegio de decir unas palabras en memoria de mi madre.

Es difícil hablar de mi madre, Alicia Olivera de Bonfil, ante sus queridos colegas. Difícil no sólo por la pena de saber que no volverá a estar en estas entrañables reuniones, que para ella eran, literalmente, el evento del año. Difícil también porque me hace ser consciente de que la Alicia que yo conocí como madre es muy distinta de la Alicia con la que ustedes, sus compañeros en la profesión de la historia, compartieron tantas ideas, pláticas, discusiones y proyectos.

En mi recuerdos más tempranos, mi madre –mi mamá– tenía siempre un chongo y sus ojos maquillados en forma alargada, lo que le daba un aspecto achinado. Años después supe que ese estilo lo conservó desde su época de bailarina en el Ballet Folklórico de Amalia Hernández. ¡Tantos recuerdos de los que podría uno hablar!

Tal vez no sea éste el espacio para centrarme en la excelente, cariñosa madre que fue para mi hermana Alicia y para mí (y también para mis medios hermanos Chelo y Ramón, quienes con su partida también perdieron a una madre). No resisto mencionar, al menos, que Alicia y yo tuvimos la bendición de tener dos excelentes padres (aprovecho para decírselo a mi querido papá, aquí presente). Padres que siempre cumplieron con creces todas sus obligaciones (y no me refiero sólo a las materiales, obviamente). Padres que nos dieron cariño, casa, juegos, paseos (no puedo dejar de recordar la previsión y el orden de mi mamá en esos viajes, donde siempre tenía a la mano todo lo que se pudiera ofrecer, desde un sándwich para el viaje o un bocado para el antojo nocturno, hasta el neceser que permitía curar un raspón o aliviar una piel quemada por el sol. Mi madre, siempre metódica, lista y preparada para todo.)

Pero sobre todo, nuestros padres nos dieron una educación y unos valores que hoy reconozco como excepcionales. Entre ellos acierto a mencionar la lectura, la buena ortografía y redacción, el pensamiento crítico, los buenos modales, el respeto irrestricto a lo diferente, la justicia, la responsabilidad, y muchos otros. Si Alicia y yo somos personas, ciudadanos y profesionistas buenos, decentes y productivos es porque somos hijos de dos personas buenas, dos buenos ciudadanos y profesionistas, dos magníficos padres. Que también sabían cuándo era oportuno administrar unas buenas nalgadas, hoy tan satanizadas y sin embargo tan necesarias.

Lo curioso es que, durante mi niñez y adolescencia, nunca fui consciente de la intensa y constante dedicación que mi madre tuvo a su profesión. Recuerdo, sí que, luego de enviarnos a la escuela, iba a trabajar todas las mañanas (al Museo de Antropología, al Castillo de Chapultepec…). Regresaba siempre a tiempo para darnos de comer, y pasaba la tarde ocupándose de nosotros, hasta que llegaba nuestra hora de dormir. No tengo ningún recuerdo de ella sentada trabajando en casa. Y sin embargo, debe haber sido durante esos años que produjo todos esos libros e investigaciones que luego tanto reconocimiento le merecieron. Me la imagino, ahora, trabajando por la noche, luego de acostarnos, quizá ocasionalmente desvelándose, para lograr tanta productividad.

Fue sólo con los años que llegué a darme cuenta de la cuantía de sus logros profesionales. Algunos todavía los sigo descubriendo con asombro. Las investigaciones sobre los cristeros, el programa de historia oral con superviventes de la Revolución, la investigación sobre la tradición oral sobre Cuauhtémoc, el proyecto “Mi pueblo durante la Revolución”. Los alumnos que formó, su contribución a construir una comunidad de investigadores hoy sólida y pujante… Ustedes conocen mejor que yo todo esto. Y lo digo en serio: mi gran sorpresa es que, siendo su hijo, haya yo sabido tan poco de mi mamá como investigadora.

Probablemente lo que pasa es que nadie es una sola persona: todos encarnamos a varias personas en una. Alicia Olivera Sedano fue la hija cariñosa de mi abuelo, el Dr. Juan Olivera López, y apoyo de su vejez; madre cariñosa para mi y mis hermanos, como ya dije; la admirada y severa tía Lilí de mis primos; la esposa dedicada de mi padre; la investigadora destacada y, lo veo aquí, querida por sus compañeros.

Más allá de su legado como historiadora, que probablemente esté más en la mente y los corazones de ustedes, sus amigos y colegas, que en los documentos, quizá la mejor muestra de su generosidad queda en la vida y la carrera profesional de mi hermana y de mí mismo. Si pude estudiar una carrera y dedicarme a lo que más me gusta –escribir de ciencia; con su muerte pierdo a mi lectora más incondicional– fue, en gran parte gracias a ella. (Mi primer estímulo en ese camino fue, curiosamente, ganar el concurso de composición a la madre en tercero de primaria… recuerdo su cara de orgullo.) Si mi hermana Alicia es una arqueóloga hecha y derecha, que participa en excavaciones de gran interés –últimamente está coqueteando con la paleontología– y ha criado a un joven serio, responsable e inteligente que sin duda será un hombre de bien –Luis Alberto era la alegría de sus últimos años– fue también gracias a su influencia (por supuesto, junto con la de nuestro querido padre).

Mi corazón se alegra de pensar que tuvo tiempo de cosechar: todos los homenajes que merecía los recibió en vida. El emeritazgo por el INAH, en el 2000; su reconocimiento como pionera latinoamericana de la historia oral, en un congreso en Guadalajara, en 2008; el emotivo homenaje titulado “Abriendo caminos”, en la Dirección de Estudios Históricos, y el Premio “José C. Valadés” del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, ambos en 2009… Y estoy segura de que si estuviera aquí, estaría agradeciéndoles conmovida que piensen en ella y la recuerden con cariño. Se los agradezco de corazón a nombre mío, de mi hermana y de mi padre.

Muchas, muchas, gracias.


lunes, 20 de agosto de 2012

Esa tontería de la objetividad: Ciencia, realidad y una exposición para ciegos

Publicado en el suplemento Lunes en la ciencia
del diario La Jornada (México),
6 de septiembre de 1999

Imaginemos una exposición de cuadros, pero de un tipo especial: una dirigida a un público de ciegos.

Claro, como la pintura es una de las llamadas “artes visuales”, nuestro primer impulso es pensar que tal exposición carecería de sentido. Pero hay una posibilidad de hallárselo: hacer que una persona con vista normal describa a los ciegos lo que hay en los cuadros. Así, aunque fuera en forma indirecta, ellos podrían tener acceso a su contenido, tener algún tipo de experiencia de lo que hay en los cuadros.

¿Cómo podría ser la descripción de un cuadro? Algo así, por ejemplo: “Una mujer, de gran belleza, recostada en la arena de la playa. Su piel es suave y morena, cubierta de un ligerísimo vello, casi imperceptible. Al acariciarla tiene la suavidad del terciopelo, del durazno. Su cabello es largo, suave y pesado como la seda; algunos mechones caen sobre su frente. Su mirada es profunda y soñadora, sus ojos son del verde de la hojas tiernas de los árboles en primavera. Detrás de ella el mar, de un verde más oscuro, como el de las botellas de buen vino, arroja olas que se deshacen impotentes en espuma contra las rocas de la bahía, produciendo un ruido sordo, a la vez violento y suave. Otras olas llegan simplemente hasta la playa, donde lamen la arena.”

Una descripción así podría lograr que los espectadores invidentes captaran algo de la pintura, algo que no captarían si la pintura no estuviera ahí.

Desde luego, la riqueza de la experiencia que los ciegos pudieran tener en esta hipotética exposición dependería de la capacidad del “narrador” para captar las sutilezas de la pintura, así como de sus conocimientos y su imaginación. Hay una gran diferencia entre la descripción anterior, que incluso recurre a otros sentidos, como el tacto y el oído, y “Hay una bella mujer recostada en la playa, y detrás de ella está el mar”, o incluso entre esta última y, por llevar las cosas al extremo, “Hay una vieja buenísima tirada en la playa”.

Y no se trata de que el “narrador” esté inventando los sonidos del mar o la textura de la piel de la mujer: los está imaginando, pero lo hace a partir de lo que ve en la pintura. Un observador cuidadoso e imaginativo verá más detalles en la pintura que un observador superficial.

Ahora, cambiemos de escenario. ¿Qué pasa cuando los científicos tratan de describir la realidad? ¿Son las teorías científicas metáforas, modelos, aproximaciones a la realidad? ¿O son descripciones exactas, son de algún modo “reales”, “ciertas” o “verdaderas”?

Desde luego, nadie pretendería que una teoría o modelo científico sea la realidad. Los investigadores científicos no crean realidades: crean teorías que describen, explican y hasta predicen el comportamiento de esa realidad que suponemos –no nos queda más remedio que suponerlo– está “ahí afuera”. Afuera de nosotros, de nuestras cabezas, de nuestras mentes.

Y es que de alguna manera, a través de nuestros sentidos, o de nuestros aparatos y experimentos, creemos tener algún contacto con ella. Pero este contacto no es directo: está mediado por nuestra percepción –que siempre filtra, interpreta y en última instancia deforma lo que recibe.

En realidad, cuando decimos que “percibimos” el mundo exterior, nos referimos a que tenemos sensaciones provenientes de nuestros órganos de los sentidos. Éstos, a su vez, reaccionan ante estímulos externos como fotones, ondas sonoras o moléculas volátiles. Estrictamente no vemos un cuadro: vemos los fotones que rebotan en él y llegan hasta nuestra retina.

Pero lo que nos dicen nuestros sentidos no siempre es confiable: a veces nos engañan o nos confunden. Porque, a partir de los datos que recibimos de ellos, nuestro cerebro (¿o es nuestra mente?) construye interpretaciones que nos permiten entender, darle sentido a la información que estamos recibiendo. Y este proceso no es “objetivo”: se trata de una interpretación que nuestro cerebro hace, y aunque trata de hacerlo siempre lo mejor que puede, no está libre de errores (las ilusiones ópticas son el ejemplo más cercano). En esto las experiencias diarias de toda persona y la actividad científica son idénticas. No hay percepción “pura”: siempre hay interpretación.

El científico se parece a los ciegos que asisten a la exposición de nuestro ejemplo. No pueden ver los cuadros, pero pueden formarse una imagen de ellos a través de la descripción de su guía. Para los científicos, el guía serían los sentidos y los aparatos con los que extendemos su alcance. Para tratar de que nuestros sentidos y aparatos no nos engañen, hacemos experimentos controlados. Pero nunca podremos ver los cuadros, nunca podremos tener acceso directo a la realidad.

¿Quiere esto decir que debemos renunciar al ideal científico de tener un conocimiento confiable, un modelo coherente de la naturaleza? No, en el mismo sentido que los ciegos no tendrían por qué renunciar a conocer los cuadros de la exposición. Pero no tendría sentido que se empeñaran en verlos. No pueden verlos, porque son ciegos. Nosotros no podemos “ver” la realidad, sólo construir modelos, metáforas, explicaciones para entender cómo puede ser esa realidad en cuya existencia creemos... ciegamente.

La descripción científica del mundo no es inventada, pero no es una verdad objetiva ni absoluta. No es la verdad, pero es más verdadera que otras “verdades”, como los mitos, o como las fantasías de quienes creen que las luces en el cielo son platillos voladores tripulados por enanitos verdes, o que los cristales de cuarzo absorben las malas “vibras”. En otras palabras, no es que la ciencia sea arbitraria, pero sí es relativa. Sí es una construcción susceptible de ser desechada, de estar equivocada, de cambiar y ser mejorada, de evolucionar. Efectivamente, como afirman quienes la estudian, es un discurso, un texto, un fenómeno social, un modelo mental y muchas otras cosas. Pero está basada en algo que existe, como existen los cuadros de la exposición, aunque los ciegos no los vean. Y es la forma más efectiva, el método más poderoso con el que contamos para acercarnos a la naturaleza, a la realidad. Porque, pese a todo, no queremos renunciar a conocerla. Deseamos conocerla, pero no queremos engañarnos. Ese es el compromiso del científico, y en eso consiste su honestidad: buscar el conocimiento sin olvidar que somos ciegos, pero sin renunciar tampoco a la obra de arte que existe y que está ahí invitándonos a conocerla, a explorarla y, en última instancia, a disfrutarla.


viernes, 16 de diciembre de 2011

Envidia por la física

Texto publicado en la Gaceta
del Fondo de Cultura Económica
,
núm. 411, marzo de 2005,
con motivo del Año Internacional de la Física


La física, según piensan muchos –en especial los físicos–, es algo así como la reina de las ciencias. No hay ciencia más avanzada, precisa, ni que ofrezca resultados y aplicaciones más poderosas que esta disciplina paradigmática.

Y no falta razón para pensar así. Algo debe tener de especial esta ciencia; después de todo, ha sido capaz de colocar naves espaciales con toda precisión en la superficie de mundos distantes. El aterrizaje (o “erotizaje”) del satélite NEAR de la NASA sobre el asteroide Eros, a 195 millones de kilómetros de la Tierra y que mide tan sólo 33 kilómetros de largo por 13 de ancho, en 2001, es un ejemplo extremo del control que puede lograr la moderna tecnología de telecomunicaciones aunada a la computación (ambas, por supuesto, derivadas del conocimiento físico) y a la correcta aplicación de las leyes de Newton. La física, a través de la espectroscopía, nos ha revelado la composición química de estrellas a las que nunca podremos acercarnos. Logró explicar la estructura íntima de la materia y controlar el comportamiento de las partículas subatómicas que la constituyen, como los electrones que hoy trabajan para nosotros en focos, televisores, computadoras, calentadores, teléfonos celulares... Se trata de una disciplina, en fin, que ha logrado trastocar no sólo la forma en que vivimos cotidianamente, sino incluso nuestra concepción de lo que significan el espacio y el tiempo –conceptos “evidentes” si es que los hay.

La física frente a las otras ciencias
Tradicionalmente se había considerado a la filosofía como madre y reina de todas las ciencias, que nacieron de ella y, luego de una etapa de “filosofía natural”, se fueron independizando. Hoy son quizá las matemáticas quienes pudieran disputarle a la física el título de reina. Aunque quizá sólo en opinión de los matemáticos, pues el resto de los mortales las juzgan hasta cierto punto carentes de sentido, a menos que puedan ser aplicadas (por ejemplo, al servicio de la poderosa física). Similar suerte ha corrido incluso la orgullosa filosofía, hoy con frecuencia –y muy injustamente– despreciada por físicos -y por otros científicos- como una especie de conjunto inútil de “simples” divagaciones y conjeturas.

La idea de la superioridad de la física se percibe, por ejemplo, en los escritos de muchos historiadores de la ciencia, que llegaron a utilizar frases reveladoras como que la física era la “primera” ciencia que llegó a madurar, en gran medida por haber logrado matematizarse. Daban así a entender que, en algún momento, tanto la química como la biología, e incluso las ciencias sociales (disciplinas todas ellas aún “inmaduras”, según esta concepción), deberían esforzarse por alcanzar este ideal.

Son varios los aspectos de la física que clásicamente se toman –con toda razón– como muestra, y al mismo tiempo causa, de su gran éxito y poder. Entre los principales están su método esencialmente cuantitativo y su uso de las matemáticas para generar descripciones; concretamente mediante fórmulas matemáticas, al grado de que se considera que son las ecuaciones, y no las engañosas palabras, las que representan con mayor precisión la realidad de los conceptos físicos.

La enorme exactitud con que los modelos matemáticos que generan los físicos logran predecir el comportamiento de los sistemas estudiados es asombrosa. (En este sentido, curiosamente, son las matemáticas las que han permitido la consolidación de la física como ciencia exitosa, no la física la que les ha dado “sentido” a las matemáticas al hallarles aplicación). Más recientemente, la capacidad de los físicos para generar simulaciones computarizadas les ha permitido realizar verdaderos “experimentos” sin necesidad de recurrir a la realidad más que como medio para confirmar lo que se descubre al estudiar estos mundos virtuales.

¿Qué sucede con otras ciencias? La química, por ejemplo, y a pesar de los grandes avances que logró al volverse cuantitativa, con Lavoisier, al matematizarse con los grandes fisicoquímicos del siglo XIX y al utilizar, en las últimas décadas, poderosas simulaciones en computadora, ha sido siempre una ciencia esencialmente constructiva. Como señala Roald Hoffmann en su libro Química imaginada, la química se dedica a fabricar sus propios objetos de estudio (los cientos de miles de nuevos compuestos que se inventan cada año), más que a estudiar una naturaleza preexistente. Sobre todo en sus etapas más recientes, se trata de una ciencia mucho más sintética que analítica. Curiosamente, sus poderes de predicción son notoriamente limitados... lo que muestra que quizá no sea necesariamente la predicción su principal objetivo.

La biología, por su parte, durante un largo periodo, en su etapa de “historia natural”, se dedicó fundamentalmente a describir y clasificar, lo que hizo que fuera considerada por muchos como una “ciencia en vías de desarrollo”. Y quizá fuera cierto, pero la llegada de dos teorías -la celular, consolidada por Schleiden y Schwann alrededor de1837, que mostró la unidad esencial de todos los seres vivos, y la de la evolución por medio de la selección natural, de Darwin y Wallace, que en 1859 proporcionó la columna vertebral que organiza el conocimiento biológico- permitió a esta disciplina apuntalarse finalmente como una ciencia por derecho propio.

Nuevamente, se trata de una ciencia no predictiva –mucho menos predictiva incluso que la química-, sino fundamentalmente explicativa. Filósofos de la biología como el recientemente fallecido –y centenario– Ernst Mayr se han esforzado en argumentar (por ejemplo en The growth of biological thought) el carácter eminentemente histórico de su ciencia. La biología muestra cómo son y cómo se comportan los sistemas biológicos, al tiempo que explica cómo llegaron a ser así. La evolución es un proceso histórico que por ello mismo resulta prácticamente imposible de predecir, excepto en los términos más generales: a lo más que puede aspirarse es a justificar, con base en la teoría, cómo fue posible que sucediera lo que sucedió.

En las últimas décadas, el surgimiento de historiadores profesionales de la ciencia –en contraste con los historiadores aficionados provenientes de las propias disciplinas científicas– ha determinado un cambio en la forma en que se concibe la evolución de las disciplinas científicas. Las ideas de los positivistas, por ejemplo, que ponderaban la “madurez” e incluso la “cientificidad” de una ciencia con base en criterios como las mediciones cuantitativas y la generación de modelos matemáticos, basados desde luego en el modelo de las ciencias físicas, comenzaron a ser rebatidas. Puede haber, se dijo, otros criterios más adecuados para juzgar a las distintas ciencias.

Incluso las ideas de Thomas S. Kuhn respecto al avance de las ciencias a través de revoluciones en las que un paradigma dado es sustituido por otro con el que es esencialmente incompatible han sido cuestionadas al tratar de aplicarse a las ciencias químicas o biológicas. Al parecer, todos estos modelos históricos se desarrollaron tomando a la física como prototipo, y hoy se están desarrollando nuevas concepciones que parten de las características particulares de cada ciencia.

El reduccionismo fisicalista


Otra de las ideas que han pasado a formar parte del “sentido común” de la imagen popular de la ciencia –compartida incluso por muchos investigadores–, y contra la que se han levantado ya numerosas objeciones, es la de que todas las otras ciencias se pueden “reducir” a la física.

La física explica los componentes fundamentales del universo físico: materia, energía, espacio, tiempo. Como la química y la biología son ciencias naturales, con una visión naturalista de sus objetos de estudio que excluye la participación de entidades sobrenaturales o paranormales, cualquier explicación de objetos o fenómenos químicos o biológicos debe partir de elementos exclusivamente materiales. En última instancia, de los átomos y las partículas fundamentales que los conforman, los cuales son hoy descritos por las leyes de la física; concretamente por las ecuaciones de la mecánica cuántica (aunque la enorme complejidad de los cálculos detallados hace que esta descripción exista sólo “en principio”).

Se llega así a la idea de que, en última instancia, tanto química como biología, y estirando un poco la imaginación, incluso la psicología y quizá la sociología, pudieran ser en principio totalmente explicadas con base en las propiedades de los átomos y las partículas fundamentales que constituyen moléculas, células, organismos y sociedades. “La biología, que es física disfrazada de química”, llegó a escribir –probablemente con ironía– el destacado químico Peter W. Atkins.

También con ironía, el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov planteó en su genial trilogía de Fundación la idea de una ciencia –la “psicohistoria”– capaz de predecir el comportamiento futuro de las sociedades humanas, no como individuos particulares, pero sí en masa, de la misma forma que la teoría cinética de los gases permite a los fisicoquímicos predecir con toda precisión el comportamiento estadístico del gran número de partículas que conforman un gas.

Sin embargo, el filósofo Rudolph Carnap no estaba siendo irónico cuando describió esta postura, conocida como “fisicalismo”, diciendo que “el lenguaje de la física es un lenguaje universal, que comprende los contenidos de todos los otros lenguajes científicos... toda proposición de una rama del lenguaje científico equivale a algunas proposiciones del lenguaje fisicalista y, por tanto, puede ser traducida a ella sin cambiar su contenido”.

Por desgracia –o quizá afortunadamente–, el mundo natural no es tan sencillo. Si bien es cierto que en un sistema biológico –como puede ser un cerebro humano– no hay componentes “inmateriales” que sean responsables de sus propiedades biológicas –estar vivo– o psicológicas –tener conciencia–, tampoco tiene sentido pensar que la explicación de cómo surgen fenómenos como la vida o la conciencia puedan hallarse al estudiar el comportamiento de átomos o partículas fundamentales.

Se trata de un problema de niveles: así como el comportamiento de un programa de computadora, por ejemplo, no puede entenderse si se estudian los cables y microcircuitos que la forman, o el flujo de los electrones que circulan por ellos (los programas y su comportamiento no existen, ni son por tanto observables, en esos niveles), tampoco tiene sentido aplicar un reduccionismo extremo para estudiar a nivel físico los sistemas químicos o biológicos.

La clave está en el concepto de fenómenos emergentes, resultado de la forma en que los componentes de un sistema complejo interactúan para dar origen a propiedades de un nivel superior de complejidad, que no podrían haber sido predichas sólo estudiando los componentes por separado. Es la existencia de estos fenómenos emergentes lo que da al traste con la idea de que las explicaciones que dan las ciencias químicas o biológicas puedan ser “reducidas”, incluso en principio, a explicaciones puramente físicas.

Física y biología moderna
Pero si bien la física no es entonces el modelo ideal al que deba aspirar cualquier otra ciencia, ni tampoco la explicación fundamental a la que puedan reducirse éstas, esto no quiere decir que haya un divorcio entre disciplinas.

La naturaleza es una, y las distintas ciencias –hay también quien habla de una sola ciencia– son sólo manifestaciones de las formas en que el ser humano estudia los distintos aspectos del mundo que lo rodea. La interdisciplina es hoy la norma, y así como se habla de fisicoquímica, biofísica o bioquímica, está claro también que la colaboración entre ciencias físicas, químicas y biológicas (por no mencionar, nuevamente, a las ciencias sociales) ofrece los frutos más sustanciosos en cuanto a generación de nuevos conocimientos se refiere.

Un ejemplo contundente fue el nacimiento de la biología molecular, ciencia paradigmática de la segunda mitad del siglo pasado y protagonista fundamental del presente.

El estudio de las bases moleculares de los sistemas vivos, y en particular de la transmisión de la información hereditaria, fue posible gracias a los fundamentos sentados por el botánico Mendel, quien concibió el concepto de gen en 1866; por el químico Miescher, descubridor en 1869 de la “nucleína” (posteriormente rebautizada como ácido desoxirribonucleico, ADN), y por el zoólogo Morgan, que localizó alrededor de 1910 los genes en los cromosomas del núcleo celular. No obstante, los padres de la biología molecular fueron principalmente físicos, y lograron su hazaña usando métodos fundamentalmente físicos.

Físicos eran los ingleses Bragg, padre e hijo, quienes en 1915 dieron forma a la técnica de cristalografía por difracción de rayos X, que permite observar la estructura atómica de las moléculas biológicas. En 1923 Theodor Svedverg perfeccionó el método físico de la ultracentrifugación, que utiliza la fuerza centrífuga para separar y purificar los componentes subcelulares. En 1937 Arne Tiselius desarrolló otro método físico, la electroforesis, que separa a las moléculas por sus tamaños y cargas eléctricas. Y aunque no era físico, sino químico, Linus Pauling aplicó la física cuántica para estudiar la estructura de las moléculas; hacia 1939 lograría explicar aspectos fundamentales de la estructura de las proteínas.

En el mismo año, otro físico, Max Delbrück (alumno del gran Neils Bohr), se especializó en el cultivo de bacteriófagos (virus que infectan bacterias) como modelo de estudio para la naciente biología molecular. Y en 1944 se publicó el libro ¿Qué es la vida?, escrito por otro físico, Erwin Schrödinger, que inspiraría al biólogo Watson y al físico Crick, entre muchos otros, a dedicarse al estudio de la naciente biología molecular. Este proyecto culminaría su primera etapa con su descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN, lograda en 1953 gracias a la cristalografía de rayos X, y en la que participaron también el físico Maurice Wilkins y la fisicoquímica Rosalind Franklin.

No es cuestión de marcar territorios y delimitar fronteras infranqueables; sin la participación de la física, la más reciente revolución biológica simplemente habría sido imposible.

Un lugar para cada ciencia
Pocas ciencias tienen héroes tan notables como Isaac Newton, el hombre que explicó las leyes que mueven al cosmos, o Albert Einstein, revolucionario que cambió nuestra concepción de la luz, el espacio y el tiempo. Ni siquiera el biólogo Darwin, creador de una de las teorías científicas más poderosas de la historia, posee una presencia tan importante en el imaginario social de la ciencia (los químicos, sobra decirlo, están totalmente ausentes del mismo).

2005, centenario del annus mirabilis de Einstein, ha sido elegido como el año internacional de la física. No hubo una celebración equivalente (¿año de la biología?) para el 2003, en que se cumplía medio siglo del logro de Watson y Crick (aunque existe, eso sí, el Darwin’s day, que se celebra anualmente el 12 de febrero). Ni hablar de una celebración de la química, ciencia vista hoy como fuente de toda contaminación y de peligros sin fin. La presencia pública de la física, y el respeto que el ciudadano tiene por ella, siguen siendo inigualados.

Y sin embargo, no hay que olvidar que en ciencia, como en cualquier otro campo, es la diversidad y no la dominancia de una visión sobre las demás lo que asegura la mayor riqueza y amplitud de horizontes. 2005 es un buen año para recordarlo.

jueves, 13 de octubre de 2011

Los derechos del divulgador

Martín Bonfil Olivera 
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM 

Ponencia para el IX Congreso Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica
5 al 7 de abril de 2000, Morelia, Michoacán 

Amar es, finalmente, hacer el don de nuestras 
preferencias a aquellos a quienes preferimos 

Daniel Pennac, Como una novela 


El autor francés Daniel Pennac nos ofrece, en su bello libro Como una novela (Norma, 1993) los diez “Derechos imprescriptibles del lector”. Su convicción fundamental, que recorre toda la obra, es que para fomentar la lectura, para abrir las puertas de los libros a quienes se hallan excluidos del maravilloso mundo de lo literario (especialmente a los jóvenes), lo primero y más fundamental es abandonar “el dogma” de que “hay que leer”. Pennac sabe que para invitar a leer, primero hay que abandonar toda pretensión de obligar a leer.

Además de recomendarlo por tratarse de un librito delicioso, creo que los divulgadores de la ciencia haríamos bien en leer Como una novela, de Daniel Pennac, y aplicar sus consejos sobre la lectura a nuestra labor como promotores de la ciencia. Creo que los paralelos que pueden hallarse entre su visión y divulgación de la ciencia pueden ser muy útiles para todos los que nos interesamos por esta última actividad –o por ambas.

Como ya lo he expresado en otras ocasiones y foros, me adhiero a la visión que concibe a la divulgación científica como una actividad esencialmente de difusión cultural. Si quisiéramos ser grandilocuentes, podemos decir que su objetivo es fomentar la cultura científica de la población. Si somos modestos, basta con reconocer nuestra ilusión de compartir aquello que la ciencia tiene de asombroso y apasionante, y recordar que para ello es necesario dar al público las armas para que pueda apreciarlo. Dicho de otra manera, la divulgación científica, concebida con esta visión cultural, aspira menos a educar que a promover la apreciación de la ciencia (en el mismo sentido en que se promueve, por ejemplo, la apreciación del arte).

Los objetivos de la presente reflexión, sin embargo, son otros. Inspirado por la lectura del libro de Pennac, quiero presentar mi propuesta de “los derechos del divulgador de la ciencia”. Y aunque presento sólo nueve de ellos (Pennac, siguiendo los cánones bíblicos, ofrece diez), espero que sirvan para despertar un poco de discusión, de reflexión, o al menos una sonrisa de parte de mis colegas.

Los derechos del divulgador 

1. El derecho a no hablar de temas que no le interesen

La divulgación científica pierde todo sentido si se convierte en algo obligatorio. El mayor fracaso de un divulgador es convertirse en un maestro (aunque probablemente un maestro que logre ser un divulgador será un buen maestro).

Dentro de esta lógica, hablar de un tema por obligación, porque “se tiene que” hablar de él, va en contra de la esencia de la divulgación, que es el entusiasmo, el asombro por la ciencia y el deseo de compartirla con los demás. Deseo que nace naturalmente: los humanos, seres gregarios, no podemos evitar compartir lo que nos gusta.

Un divulgador que comparte algo por obligación se está traicionando a sí mismo y a la esencia de su actividad. Habiendo tantos temas interesantes, ¿por qué hablar de uno con el que no podemos comprometernos por completo, del que no estamos enamorados? Sólo nos arriesgamos a que esta falta de compromiso se note y que nuestra obra tampoco logre interesar ni enamorar al público. Parafraseando a Wittgenstein: de lo que no nos apasiona, más vale no hablar


2. El derecho a hablar de temas que no sean “noticia”

Contrariamente a lo que muchas veces se piensa, el requisito supremo de todo producto de divulgación no es ser novedoso, sino interesante. Aunque las noticias científicas son siempre atractivas y necesarias –el llamado periodismo científico se ocupa esencialmente de ellas–, puede hacerse excelente divulgación sobre temas científicos de lo más anticuado e incluso trillado: las leyes de Newton, el funcionamiento de un foco, el significado de la ecuación de Einstein, el código genético.

Todo depende de la habilidad del divulgador para lograr una obra que capture la mente del público y le permita acercarse a estos conceptos trillados con una perspectiva fresca, interesante, novedosa. Un buen divulgador nunca se dejará detener en su deseo de compartir algo interesante sólo porque no es novedad: al contrario, aceptará la ocasión como un reto para demostrar su amor por la ciencia y para compartirlo. Puede además aprovechar la ocasión para convencer a editores y funcionarios que insisten en publicar sólo “novedades”.


3. El derecho a explicar las cosas de la forma que le parezca más atractiva

Hay ocasiones en que se afirma que un concepto no está “bien explicado” sólo porque la explicación no concuerda con la más usual (y que muchas veces proviene de los libros de texto). Sobra decir que el divulgador de la ciencia, al recrear los conceptos científicos que quiere comunicar para hacerlos interesantes y accesibles al público, tiene no sólo la libertad, sino la responsabilidad de dar a su obra la forma que considere más útil para el cumplimiento de sus fines.

Los expertos a veces tienen problemas para aceptar una versión de la ciencia distinta a la que se maneja en los círculos académicos. Si bien hay que escuchar sus críticas con atención, conviene tener siempre en mente que la divulgación de la ciencia tiene muchos más parecidos con, por ejemplo, el arte o la literatura, que con la ciencia misma. La obra de un divulgador es una creación individual (o colectiva) única, en la que su cultura, destreza y originalidad deben conjugarse para dar un producto capaz de conquistar la atención, la mente y el corazón de su público. Sólo así puede cumplir con su cometido. Y tiene que hacerlo de la mejor forma que pueda, a su manera, corriendo sus propios riesgos.


4. El derecho a no mencionar todos los detalles acerca de un tema dado

La ciencia, por su propia naturaleza, busca la precisión y el detalle. De nada vale un hecho científico si no puede comprobarse con cierto grado de exactitud. Es por eso que no cualquier estudio puede ser considerado científico.

La divulgación de la ciencia,por su parte, si bien aspira a comunicar el espíritu de la empresa científica y la importancia de sus métodos, su forma de abordar los problemas y sus resultados, no necesariamente está obligada a respetar el nivel de detalle que sería requerido en, digamos, un informe científico. Por el contrario: el divulgador, en cumplimiento de su objetivo supremo -la comunicación de las ideas científicas a un público- debe esforzarse por adaptar su mensaje a las necesidades, intereses y características propias de ese público. Esto muchas veces quiere decir que tendrá que seleccionarse sólo aquella información que sea pertinente y accesible a quien va a recibirla. No debe considerarse que la necesidad de podar la información que va a divulgarse sea una pérdida, pues lo que se sacrifica en amplitud, profundidad y precisión de los datos, se gana en claridad, interés y cantidad de público. La divulgación de la ciencia aspira, sobre todo, a capturar a su audiencia; ya tendrá ésta, más adelante, ocasión de conocer los detalles, ya sea mediante obras de divulgación de más alto nivel o mediante la enseñanza formal.

5. El derecho a tener su propia opinión

En muchas cuestiones científicas, sobre todo las más actuales o las más profundas, los propios especialistas no llegan a estar de acuerdo sobre cómo interpretar ciertos datos, cómo expresar ciertas concepciones, qué rutas seguir en la investigación de un fenómeno. Esto, lejos de ser un defecto, es parte esencial del funcionamiento de la ciencia, queel filósofo Daniel Dennett ha llamado “el arte de equivocarse en público”.

El buen divulgador científico, que debe estar lo suficientemente familiarizado con la información como para manejar los hechos y las diversas opiniones con soltura, tiene el derecho a tomar partido y expresar sus opiniones, siempre y cuando las justifique y las ponga en una perspectiva que permita que el lector juzgue por sí mismo. Esto incluye el derecho a dar a su obra la forma que más le plazca, la que considere más útil, más adecuada o simplemente más agradable o interesante.

6. El derecho a cultivar la variedad de divulgación de la ciencia que prefiera

El deseo de compartir la ciencia con el público no especialista puede partir de diversas fuentes. Puede ser un impulso meramente estético, similar al que nos hace montar exposiciones de arte, dar conciertos de música o recitales de poesía: la convicción de que el arte y todas las creaciones del intelecto humano capaces de provocar asombro, placer o reflexión valen la pena de ser compartidas con nuestros semejantes.

Hay también quien está convencido de que la enseñanza de la ciencia en las escuelas tiene profundas carencias y limitaciones, que puedeny deben ser llenadas por los divulgadores. Entre estos dos extremos caben muchas otras motivaciones para el divulgador: fomentar vocaciones científicas, mejorar la percepción pública de la ciencia, democratizar el conocimiento, expresar la propia creatividad, despertar la conciencia social respecto a la importancia, promesas y peligros de la ciencia. Y muchas otras. Lo importante es reconocer que todas son válidas, y aunque en ocasiones lleguen a contraponerse, el arte del divulgador puede lograr que se conjuguen en una misma obra de divulgación.


7. El derecho a equivocarse

La corrección científica llega en ocasiones a convertirse en un verdadero lastre para la creatividad del divulgador. Aunque es indudable que hay que aspirar a la mayor corrección posible en la información que se incluye en una obra de divulgación, es imposible desterrar los errores que, por causas que van del descuido a la falta de claridad en la comprensión de un concepto, aparecen en todo trabajo, sobre todo si es extenso, novedoso o profundo.

La recreación del conocimiento científico que es característica de las mejores obras de divulgación hace que muchas veces se recurra a interpretaciones novedosas, yuxtaposiciones inéditas y versiones que difieren de lo comúnmente aceptado. Suele suceder que estas muestras de originalidad sean vistas como “errores”, cuando son sólo variantes en la forma de expresar un hecho científico.

Errar, por otro lado, es humano. Sorprender a un divulgador en pleno yerro no debe ser motivo para descalificarlo. Por el contrario, sólo quien no se arriesga y repite simplemente la información en su forma original puede estar seguro de no equivocarse. Esta actitud está en directa oposición con el ideal al que aspira cualquier divulgador creativo.

De cualquier modo, para tener derecho a equivocarse, un divulgador debe siempre hacer su mayor esfuerzo para tener una comprensión correcta de los conceptos, estar actualizado y mostrarse siempre dispuesto a aceptar una corrección. Al igual que en la ciencia, sólo la colaboración y crítica de sus compañeros puede evitar que un divulgador yerre el camino y se convierta en un popularizador de sus propias teorías, desligadas de la ciencia que hacen los científicos.

8. El derecho a ser reconocido como parte de la comunidad científica

¿Es “científico” un divulgador científico? ¿O es un mero divulgador “de la ciencia”? La pregunta no tiene mucho sentido, como no sea para reafirmar una convicción discriminatoria y elitista por parte de quienes hacen ciencia. Desde luego, un divulgador no busca principalmente hallar nuevo conocimiento acerca de la naturaleza, pero a su modo -sobre todo si se trata de un buen divulgador, o incluso de un gran divulgador- eso es precisamente lo que hace. Al crear nuevas formas de interpretar, expresar y combinar el conocimiento científico, puede abrir nuevas vías en la comprensión del mundo que nos rodea, arrojar nueva luz en la forma de interpretar los datos aportados por los investigadores científicos. Los magistrales trabajos de Stephen Jay Gould o Richard Dawkins bastan como muestra de estas posibilidades.

Pero aun en el caso de los divulgadores comunes y corrientes, el hecho de dedicarse a una labor que nace de la ciencia, trabaja por ella y la maneja cotidianamente, para compartirla y fomentar su apreciación por parte de la sociedad hace que el empeño de negarles el apellido “científico” se convierta en muestra de un talante mezquino o necio. Si quien comparte la cultura es un promotor cultural, si quien maneja a un cantante es un representante artístico, ¿por qué no sería divulgador científico quien dedica su vida a promover la ciencia?

9. El derecho a cobrar por su trabajo

Cuando se habla de dinero surge el resquemor de estar abaratando o prostituyendo los valiosos bienes que el divulgador pretende compartir desinteresadamente con su público. El lento surgimiento de profesionales dedicados a la divulgación de la ciencia, lo heterogéneo de la comunidad, y la costumbre, nacida de los tiempos en que hacer divulgación era una rareza y un favor, hicieron surgir la costumbre de ofrecer cualquier producto de divulgación sin pedir una retribución por el mismo. Solía ser un “honor” ser invitado a colaborar en una publicación, a dar una conferencia o a participar en la planeación de un museo.

Hoy el reconocimiento por parte de la sociedad de la importancia de la ciencia y su divulgación hacen que, al no cobrar por su trabajo, un divulgador está en realidad obrando en contra de sus colegas y de su disciplina. Trabajar sin pago es una forma de reforzar precisamente el prejuicio que más perjudica la labor de los divulgadores de la ciencia: que su actividad es algo que cualquiera puede hacer, que se hace en los ratos libres, y que no vale tanto como otras actividades más “serias”. Sin detrimento de la tradicional solidaridad que hace que todo divulgador esté dispuesto a ofrecer su colaboración a quien no pueda dar nada a cambio, siempre y cuando muestre interés y respeto por la labor que solicita, es necesario un cambio de actitud entre los divulgadores. Un trabajo bien hecho merece siempre una adecuada compensación; sólo quien no valora su propio trabajo, o quien no quiere comprometerse a hacerlo con calidad, puede aceptar hacerlo sin paga.


Referencias: 
Pennac, Daniel, 1993, Como una novela, Bogotá, Norma.

miércoles, 3 de agosto de 2011

¿Quién vive dentro de mi cerebro?


Hace años (1998) publiqué en el extinto suplemento de libros  Hoja por hoja esta reseña, que hoy recupero. 

¿Quién vive dentro de mi cerebro? 

Reseña de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver W. Sacks 

México, Muchnik Editores/Océano 
(El ojo infalible), 1985. 
isbn 970-651-150-4 

Martín Bonfil Olivera




Los libros cuyo tema es la ciencia normalmente se inclinan hacia uno de dos extremos. Unos se centran en los conceptos científicos y nos presentan una explicación más o menos detallada y comprensible de alguno de ellos: la evolución, la relatividad, la contaminación... Otros son libros verdaderamente literarios, en el sentido de que no contienen realmente ciencia, sino literatura. Primo Levy, Alan Lightman, Italo Calvino son ejemplos de esta –no tan común– vertiente.

Entre los comunicadores de la ciencia es perpetua la discusión sobre hacia cuál de estos extremos debe tender su actividad. Podríamos decir que la divulgación de la ciencia se debate entre concentrarse en la forma –lo literario– o el fondo –los conceptos científicos.

Y sin embargo, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, el más famoso libro de Oliver Sacks, nos viene a mostrar que hay una tercera vertiente: la de la ciencia que es literatura.

Es sabido que los médicos, por tradición, siempre han escrito bien. Su profesión se presta a ello: entre las historias clínicas y los relatos, y entre éstos y la literatura sólo hay pequeños saltos (aunque no cualquiera pueda darlos).

Pero Sacks va más allá. Nos muestra con claridad cómo un médico construye relatos para tratar de encontrar algún sentido -médico, humano- en los padecimientos de sus pacientes. Y cómo en esta búsqueda crea a la vez una obra literaria y una explicación científica de estas enfermedades (que uno duda en calificar de “nerviosas” o “mentales”, y a veces incluso de “enfermedades”). Como lo expresa en la introducción, “me interesan en el mismo grado las enfermedades y las personas... hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento; sólo así tendremos un ‘quién’, además de un ‘qué’ ”.

Nos sumerge así en una serie de relatos en los que aparecen los protagonistas más inverosímiles... Encontramos, además del caso que da título al libro, a un individuo que cree que su pierna es un objeto extraño, ajeno… Otro que ha perdido la memoria, y vive eternamente en 1945… Una mujer que ha perdido la sensibilidad de su cuerpo. Encontramos también a Hildegarde, la abadesa de Bingen que creó bellísima música y cuyas visiones celestiales seguramente eran en realidad manifestaciones de su epilepsia. Y muchos más, todos ellos igualmente “marcianos”, como lo expresa el autor.

Pero más allá de lo sorprendente, el libro provoca una sensación de profunda inquietud, pues sus casos nos ponen frente a frente con el problema mismo de la identidad. ¿Quiénes somos? ¿Somos sólo nuestro cerebro? ¿Vivimos dentro de él? Los extraños casos de Sacks muestran cómo se desmoronan partes del yo que solían considerarse esenciales, partes más de la psicología que de la neurología, y nos deja claro que lo mecánico, lo físico, lo biológico forma parte más íntima de lo que somos como individuos, de nuestro yo, de lo que normalmente se piensa. Sólo puedo comparar esta sensación con la que produce la inevitabilidad de nuestra propia muerte. Aunque la desesperanza que produce la muerte es sustituida, en el caso del enigma del cerebro, por inquietud, sí, pero también por un profundo sentido de maravilla, sorpresa, y curiosidad.

No podemos ver, no podemos siquiera saber que existe algo como una imagen, si tenemos un daño en la corteza visual del cerebro. Lo mismo sucede con otros sentidos, con la sensación de lo propio, con el sentido del tiempo, con el amor... el mundo real, ese mundo de “allá afuera”, se desmorona, al parecer, cuando hay fallas en ese cerebro que somos.

Probablemente la empresa de comprender cómo un cerebro puede dar origen a ese fenómeno maravilloso que es el yo, un ser humano, es la más interesante de este fin de siglo. ¿Quienes somos? Tal vez sólo cerebros, pero también, como bien nos lo recuerda Oliver Sacks, somos individuos, seres humanos. Y de eso, de que somos y por tanto existimos, es de lo único que podemos estar seguros.