martes, 14 de mayo de 2024

Lo complejo de la guerra en Gaza

Un contacto de Facebook me escribe diciéndome, con respecto al una caricatura (ciertamente fuerte) que muestra al ejército israelí matando palestinos y reflejado en un espejo con uniformes nazis,

que “todo el mundo se cree ahora experto en un tema del que no tienen la menor idea”, que está “sorprendido sobre cómo se ha impuesto la muy bien financiada propaganda de Irán y Hamás”, y que “Ya nadie recuerda cómo comenzó esta guerra: con la masacre de más de 1200 personas, incluyendo niños y ancianos, que estaban en sus casas o en una fiesta juvenil “por la paz”; mutilados, quemados, violados, y además cientos de secuestrados, la mayoría aún en manos de Hamás, aunque muchos ya han sido asesinados también.”

Bueno, pues aquí mi respuesta, que espero le pueda servir a alguien, porque yo ya estoy harto de ver tanta gente que es incapaz de reconocer que el conflicto palestino-israelí es un asunto complejo, imposible de ser reducido a términos sencillos de “bueno/malo”, ni de ser resuelto con medidas terminantes y simplistas:

Esta guerra comenzó en 1967, cuando Israel ocupó ilegalmente la Franja de Gaza, violando los acuerdos establecidos por la ONU en 1947.

Y no, no es que el pueblo israelí esté actuando de manera tristemente similar a los nazis: es el GOBIERNO israelí, comandado por el nefasto Netanyahu, quien lo hace. Muchísimas ciudadanos israelíes y muchísimos judíos en todo el mundo se oponen al abuso del poderío militar Israel para atacar no sólo a los asesinos de Hamás, verdaderos criminales, sino a la población CIVIL de Palestina.

Se trata de un conflicto donde no hay buenos y malos: AMBOS bandos son malos. Pero uno de los bandos tiene un poderío económico, político y militar tremendamente superior al del otro. Por ello, debería al menos obedecer los tratados internacionales sobre la guerra al usarlo. El Estado Palestino, dominado por Hamás, ha cometido crímenes espantosos e imperdonables. El Estado Israelí, también, pero multiplicados por 10.

Creer que uno de los bandos tiene la razón por encima del otro, o que tiene justificación para sus crímenes, es estar cegado.

Basta de mentiras: ¡vamos a votar!

Un lamentable pariente, que está fanatizado por la secta del Mesías Tropical, dice en el chat familiar que “el pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla”, aludiendo a las muchas matanzas y crímenes de la época del PRI hegemónico del siglo pasado.

Aquí mi respuesta:

También la historia RECIENTE hay que recordarla. El desabasto de medicinas y de vacunas, las muertes de niños con cáncer, la destrucción de selvas y sistemas de cenotes con el tren maya (que ha costado varias veces lo inicialmente presupuestado y sigue sin funcionar como se prometió y presentando fallas y defectos terribles de construcción); la refinería de dos bocas (que también ha costado varias veces lo presupuestado y sigue sin funcionar); la destrucción casi completa del sistema de investigación científica y tecnológica, la infame e internacionalmente condenada persecución judicial a destacados científicos (que acabó en un monumental fracaso, como todo en este gobierno); los daños terribles y humillantes a las comunidades deportiva y artística, con la corrupta Ana Guevara mandando a las atletas ganadoras de medallas a “vender calzones”; la autorización a diestra y siniestra de contratos sin licitación al Clan de los hijos de López Obrador y sus amigos; la instalación del régimen con menos transparencia en lo que va del siglo, declarando de “seguridad nacional” todo tipo de contratos oscuros, incluyendo los del tren maya, la refinería y todo lo que se les da la gana; la militarización descarada no sólo de la seguridad (pese a las promesas que convencieron a los incautos de “regresar al ejército a sus cuarteles”), sino de proyectos de construcción de aeropuertos, hoteles, carreteras y trenes, y el otorgamiento del control de numerosas empresas (como la que controla el tren maya de la corrupción), y el control de las aduanas, etc. etc. Además de un presidente que se pasa todos los días la ley por el arco del triunfo, porque confundió su cargo con el de un tlatoani que no tiene obligación de rendir cuentas. 

Y lo peor, entre TODAS las muchísimas otras cosas que faltaría mencionar en el catálogo de infamias de éste, el peor gobierno en la historia moderna de México: los ataques a las instituciones que garantizan la democracia, como el poder judicial, el INE, le TRIFE, el INAI, la CNDH, así como la organización de una terrorífica Elección de Estado, donde si no ganan sus candidatos, se negarán a reconocer resultados o declararán inválidas las elecciones.

Así que basta con querer asustar con el petate del muerto de lo ocurrió con los gobiernos corruptos de hace 60, 50, 30, 20 o 10  años: hemos vivido el sexenio de mayor violencia, corrupción, mentiras descaradas, violación a las leyes y las instituciones, cinismo, división y polarización deliberada, promoción del odio y el resentimiento, e infamia en toda nuestras vidas.

Basta de memoria selectiva y “otros datos”. Basta de mentiras. Basta de destrucción y corrupción.

miércoles, 28 de julio de 2021

"¿Y por qué antes no dijiste nada?" 🙄

Crédito: mi queridísimo y extrañado
amigo Lacho (Horacio) Salazar

De repente, en medio de la terrible polarización política e ideológica que padecemos, cuando uno critica a este gobierno no falta quien le lance acusaciones sin fundamento como “¿y por qué no criticaste a Fox/Calderón/Peña Nieto?”, o “¿y por qué no te quejaste de lo de Ayotzinapa/Acteal/el halconazo/el 68/la caída de Tenochtitlan?”, como si eso justificara dejar morir a cientos de niños y adultos con cáncer debido a una decisión arbitraria e innecesaria de dejar de comprar medicamentos a las farmacéuticas nacionales (poniendo así en peligro una de las industrias fundamentales para la seguridad nacional en la que sí teníamos cierto grado de esa “autosuficiencia” que tanto anhela este gobierno), o cualquiera de los grandes fallos de este sexenio.

Lo triste es que quien lanza esas acusaciones normalmente no se molesta ni en investigar un poquito. (¡Y peor, a veces son los propios parientes cercanos!)

En mi carrera de 15 años como columnista semanal en Milenio Diario, publiqué artículos críticos cuestionando los gobiernos de

Fox: https://lacienciaporgusto.blogspot.com/search?q=Vicente+Fox&max-results=20&by-date=true

https://lacienciaporgusto.blogspot.com/search?q=Ayotzinapa


Así que no. Si por criticar a este gobierno creen que soy “incongruente”, es que no me conocen. Se trata de analizar, criticar y cuestionar a cualquier o gobierno, siempre. Denunciar sus fallas y, si es el caso, reconocer sus aciertos (de eso también hay evidencia en mis columnas). Eso es lo que se llama ser crítico. Mi conciencia está tranquila.


sábado, 30 de mayo de 2020

Maromas intelectuales y la 4T

Cuando leo textos como éste de Jorge Zepeda Patterson (que por alguna razón ha circulado mucho) me acuerdo de la lógica ultra barroca de los elaborados y retorcidos videos que hacen los terraplanistas para tratar desesperadamente de convencernos de que efectivamente no habitamos un planeta esférico, sino una especie de hot-cake espacial rodeado de hielo.

Y cómo ocurre con los “argumentos” terraplanistas, desmontar una por una las falsedades y trampas de un texto como éste llevaría mucho más tiempo que armarlo.

Solo diré que se trata de una serie de medias verdades, interpretaciones forzadas basadas en un fanatismo ideológico (bastante bien disfrazado de “lógica” y “objetividad”), afirmaciones sin sustento y unas cuantas mentiras para dar sabor. En suma, maromas ideológicas para, sin dejar de parecer un intelectual “serio”, intentar defender lo indefendible: la destrucción de un país y sus instituciones, la polarización y división de una sociedad, la simulación de regalar a los más pobres mientras se acaba con la estructura económica que les puede dar empleos, y la construcción de un estado autoritario, cerrado y aislado, donde se democratizará la pobreza y no sólo se reprimirá el disenso y la crítica, sino que se eliminará la posibilidad de los ciudadanos, que dependerán para todo de Papá Gobierno, de buscar otras alternativas.


jueves, 21 de noviembre de 2019

Micro-reseñas: The year of the flood, de Margaret Atwood

(Publicado en Facebook en noviembre de 2011)

Acabo de terminar de leer una Obra Maestra: la novela The year of the flood, de Margaret Atwood, esa gran novelista canadiense. Es una novela apocalíptica situada en el mundo luego de la catástrofe climática y ecológica, post-biotecnológica, que estamos comenzando a crear. Según los rumores (y el final de la novela da la impresión de que así es), esta novela es la segunda parte de su trilogía de MaddAddam, La primera novela, Oryx and Crake, ya me había gustado mucho, pero con esta segunda ambas se han convertido en parte de mis favoritas de la vida. Ambas las compré en Costa Rica, en una librería que vende libros importados. Ahora, a esperar la tercera parte de la trilogía...
Actualización: la tercera parte no decepciona. Una trilogía espléndida.


lunes, 18 de septiembre de 2017

Algunas reflexiones informales sobre el término "chairo"

 Publicado originalmente como Nota de Facebook
el 19 de marzo de 2015.

Como uso la palabra "chairo" para referirme a cierto tipo de personas que sostienen cierto tipo de opiniones y realizan cierto tipo de acciones con las que no concuerdo, me preguntan qué es un "chairo". Y aunque no hay consenso ni definición aceptada (de hecho creo que la palabra tiene varios sentidos, y yo uso uno en particular), he aquí lo que escribí el otro día, informalmente, en FB:

Según yo, los chairos clásicos pueden ser pandrosos y usar huarache, rastas y morral, pero eso sí, toman café capuchino (no de Starbucks, claro, sino de alguna cooperativa que igual sale más caro) y traen su Mac y su iPhone. "Chairo" no es una categoría que tenga que ver con la clase social o económica, sino con la ideología.

¿Cuál es la ideología chaira? Me lo he estado tratando de aclarar, y diría que en el espectro izquierda-derecha es de izquierda extrema; en el espectro misticismo-racionalismo se inclina muchísimo al misticismo (pensamiento mágico, dogmático, desconfianza en la "racionalidad occidental", etc.), y en el espectro de las libertades pretende imponer una ideología y es poco tolerante con la discrepancia, a la que descalifica o agrede. Tienden a ser anticientíficos (pero adoran usar la tecnología de computación y comunicación), usan métodos antidemocráticos para defender lo que ellos consideran democracia, no son tolerantes, y sostienen una serie de mitos dogmáticos (lo artificial es malo, la ciencia es imperialista, lo natural es sano, los transgénicos son veneno, hay una conspiración mundial para esclavizar a la humanidad, hay un complot nacional para matar estudiantes e imponer una dictadura...). También consideran plenamente justificado recurrir a métodos que afectan los derechos de terceros (marchas, bloqueos, pintas, vandalismo en casos extremos), porque ellos "representan al pueblo" (o bien, "lo salvan"), aunque suelen ser más bien de clase media.


Adicionalmente, para ser chairo se necesita ser bastante estúpido (requisito indispensable), pues eso te permite ser incongruente en tus posturas y sobre todo rebelarte ante todo, haya o no motivo, de manera racional o no, pase lo que pase, contra cualquier autoridad constituida. Siempre, en todos y cada uno de los casos.
La motivación básica del chairo es oponerse a la autoridad. Es continuar, como núcleo de su identidad y su actuar, comportándose como un adolescente que se rebela contra sus padres o maestros.


martes, 29 de diciembre de 2015

Libros: La venganza de Edison


Comienzo este pequeño proyecto de micro-reseñas de los libros que voy leyendo, y que quería iniciar desde hace más de un año, con ésta: 

Hace mucho, mucho que no leía una novelita tan divertida como ésta. Es para niños, pero el humor irónico e ingenioso que tiene es muy disfrutable por los adultos. Además está el tema del referencias semicultas que no cualquier niño y no cualquier adulto captarán a la primera.

Una novelita absurda, divertida, muy ingeniosa y delirante. Tan buena como su maravillosa portada. Me encantó.

Por cierto, la compré en Sanborns.

domingo, 17 de agosto de 2014

La cuántica, la calle... y otras sorpresas

por Martín Bonfil Olivera

Texto leído en la presentación del libro El burro de Sancho y el gato de Schrödinger 
(Paidós, 2000), Feria del Libro de Minería, 25 de febrero de 2001.
(El libro ha sido publicado nuevamente por Cal y Arena con el título
Maravillas y misterios de la física cuántica.)

Antes de hablar del libro que hoy nos ocupa quisiera, si me lo permiten, hacer memoria de la relación unilateral que, como lector, he mantenido con el autor.

La primera vez que oí hablar de Luis González de Alba fue cuando mi mejor amigo, compañero en la Facultad de Química de la UNAM y amante, como yo, de la divulgación científica, me recomendó leer la columna que semanalmente publicaba en la sección de ciencia de La Jornada. Aunque en ese entonces yo no acostumbraba –lo confieso– leer periódicos, poco a poco me fui convirtiendo en fan de “La ciencia en la calle” y en general de la sección de ciencia que durante tantos años dirigió Javier Flores en ese diario.

Fue también por recomendación de mi amigo que compré el libro La ciencia, la calle y otras mentiras (Cal y arena, 1989)¸ en el que González de Alba retomó mucho del material publicado en el periódico y lo retrabajó hasta convertirlo en un texto de divulgación científica distinto a lo que estábamos acostumbrados en México. En él abordaba temas de lo más diverso, brincando de la epistemología, la historia de la ciencia y la filosofía, al sida, los infinitos, la astronomía, los sismos y –sorpresa que descubrí apenas ahora, al releerlo– la psiconeuroinmunología, tema de investigación de otro de mis mejores amigos y que apenas hoy comienza a ser reconocido.

El tono de aquel libro, como el de su columna semanal, era al mismo tiempo desenfadado y entusiasta; ligeramente regañón (como si nos dijera “fíjate, esto que estoy explicándote es asombroso, pero no lo vas a entender si no prestas atención”), pero siempre bien fundamentado y claro en sus explicaciones. Y sobre todo, siempre decidido a despertar en el lector el sentido de lo maravilloso, esa “experiencia científica” que sólo puede obtenerse cuando se entiende el conocimiento producido por la ciencia.

Creo que ese tono, el de quien se maravilla con algo e insiste en compartirlo, aun si primero tiene que despertar en su auditorio un interés previamente inexistente –e incluso, en ocasiones, luchar contra un rechazo producido por el prejuicio ante lo “complicado” de la ciencia– es una de las características que definen y hacen tan especial la divulgación científica de Luis González de Alba. Y es un tono que, afortunadamente, ha mantenido a lo largo de otros libros como Los derechos de los malos y la angustia de Kepler (Cal y Arena, 1998) y el que hoy nos ocupa, El burro de Sancho y el gato de Schrödinger (Paidós, 2000).

Sigo con mi relato. En mi opinión, dos palabras que definen la personalidad pública de González de Alba son “polémica” y “multifacética”. Tuvieron que pasar muchos meses para que comenzara a conocer algunas más de estas facetas. Recuerdo que fue el mismo amigo que me lo había presentado en las páginas de La Jornada –y que, por cierto, es desvergonzadamente heterosexual– quien un día se escandalizó al leer en “La ciencia en la calle” que nuestro autor calificaba –si mal no recuerdo– a un conocido actor estadounidense como “el hombre más guapo del mundo”. A mí me asombró más bien descubrir que alguien tuviera el valor de declarar públicamente –y casi casi presumir– de algo que entonces aún me parecía obligatorio mantener en la esfera de lo estrictamente privado.

Posteriormente encontré, en diversas publicaciones periódicas, textos de González de Alba en los que, utilizando un rigor argumentativo poco frecuente en nuestras revistas, desarmaba en forma tranquila y elegante las diversas “razones” que se han esgrimido, y aún se usan, para descalificar, denigrar y discriminar a quienes expresan preferencias sexuales distintas o quizá sólo más amplias de lo comúnmente aceptado. Leyendo sus textos, todas estas razones quedaban desenmascaradas como prejuicios sin fundamento. Hallé también un librito hoy inconseguible, titulado Bases biológicas de la bisexualidad (Katún, 1985), en el que González de Alba mostraba las amplísimas evidencias de comportamiento bi y homosexual a todo lo largo del mundo natural y de las diversas culturas humanas, contribuyendo así a cancelar el argumento que califica de “antinaturales” estos comportamientos. Todavía la semana pasada, en la columna que actualmente escribe para el periódico Crónica, comenta con el tono irónico que tan bien se le da que “lo único que no existe en la naturaleza son los votos de castidad”.

Tiempo después mi admiración creció al descubrir que el autor de estos textos era también dueño del que rápidamente se convirtió en mi bar favorito –y lo sigue siendo, desde hace 10 años–: el famoso “Taller” de la zona rosa, antro que con sus diversas actividades –culturales y de otro tipo– ha contribuido en forma decisiva a la conformación de una comunidad gay mexicana. Para él elaboró un lema que ha llegado a convertirse en leyenda: “El mundo está lleno de hombres guapos; hay algunos que nunca conocerás, pero hay algunos que podrás conocer en El Taller”.

Tardé más en conocer la trayectoria de González de Alba como literato. Aunque sabía ya de su participación como líder estudiantil en el movimiento del 68 (otra sorpresa para mí), y de su estancia en prisión, tardé mucho en leer Los días y los años (Era, 1971), texto indispensable sobre el tema. Para cuando lo hice, ya había leído su novela Agapi Mu (Cal y arena, 1993), que disfruté enormemente por su tono amoroso, introspectivo e íntimo, algo a lo que nos tiene acostumbrados en prácticamente todos sus textos. Había leído también –y me había emocionado hasta las lágrimas– con algunos poemas y cuentos suyos publicados en dos tomitos, hoy también agotados: El vino de los bravos (Katún, 1983) y Malas compañías (Katún, 1984).

Luego de este recuento personal, paso a ocuparme de El burro de Sancho y el gato de Schrödinger. Es curioso que todavía hoy me encuentre con gente que, conociendo a Luis González de Alba como líder del 68, escritor o empresario, se muestra incrédula cuando le comento que escribe sobre ciencia y que hoy ha publicado un libro sobre la mecánica cuántica. Por eso aprovecho para formular una pregunta que siempre he querido hacerle en persona al autor: ¿por qué alguien como él siente la necesidad de poner el conocimiento científico en manos del público general? ¿De dónde viene esa pasión por divulgar la ciencia?

Porque miente Luis González de Alba cuando dice, en la dedicatoria de su libro, que nadie lo ha ayudado “ni siquiera a conversar” esos libros y revistas que ha acumulado “por el simple placer de leerlos”, adquiridos sin apoyo de ninguna institución y en los que ha basado este texto. A lo largo de todos los años en que lleva realizando esta labor, González de Alba ha mantenido con nosotros, sus lectores, una amena conversación, salpicada de asombro e inteligencia, con la que nos ha hecho cómplices de sus gustos y nos ha permitido sentirnos muy cerca de él aunque, como en mi caso, no lo conozcamos personalmente.

Leyéndolo en periódicos, en novelas y poemas, y en libros de divulgación, uno descubre que Luis González de Alba es un gourmet, un sibarita no sólo de la comida y la bebida fina, de los viajes y la cultura griega –la antigua y la moderna-; no sólo un amante de la belleza artística y humana, sino también alguien que se deleita con los detalles de la cultura científica y que goza compartiéndola con quien quiera escucharlo con atención.

Ya hablé de la claridad de sus explicaciones, contrapunteada por el tono claridoso de sus frases. Su estilo es una mezcla de explicaciones, reflexiones, comentarios, y paráfrasis de otros autores. Abundan también los símiles y metáforas elegidas cuidadosamente, y muchas veces verdaderamente notables. Me encantó aquella en que, comentando sobre la imagen del átomo con un núcleo rodeado por diminutos electrones que lo circundan a gran distancia, nos dice “imaginemos un chícharo girando tan alto como las bóvedas de una catedral. Ese enorme hueco demarcado por una partícula diminuta es todo lo que nos queda de la catedral del átomo”.

No siempre, sin embargo sus explicaciones resultan tan sencillas como podría creerse. Esto no es sorprendente, pues uno de los principales problemas que enfrenta la divulgación científica es la necesidad de que el lector haga el esfuerzo intelectual requerido para comprender conceptos que van más allá de las trivialidades a las que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación. No es cierto que entender la ciencia sea tan sencillo como seguir la trama de una telenovela.

Pero González de Alba está decidido a conducir a su lector a través de los conceptos complicados para lograr que aprecie la belleza de la naturaleza que revela la ciencia. Lo hace explicando pacientemente, forzando al lector a ejercitar su inteligencia. Lo hace incluso a costa de algunos sacrificios, como cuando decide evitar “las sutilezas matemáticas, que si bien no son difíciles de comprender, resultan molestas para una cantidad sorprendente de lectores.”

“Nadie entiende la física cuántica”, dice González de Alba citando a Richard Feynman. Y nos dice también, en una contradicción sutil, que Bohr afirmó que si uno no siente vértigo ante la mecánica cuántica, es que no la ha entendido. Ambas frases, paradójicamente, tienen razón, y González de Alba hace su mejor esfuerzo por lograr el milagro y maravillarnos ante algo que somos incapaces de entender, y al mismo tiempo explicárnoslo hasta que quede lo más claro posible. ¿Cómo logra este objetivo?

Una razón es que, cuando González de Alba explica las cosas, insiste en aclararlas más allá de todo malentendido. Por ejemplo, describiendo el principio de indeterminación de Heisenberg, dice: “No es que no sepamos la velocidad [del electrón] mientras no la midamos, afirmación fácil de aceptar por evidente, sino que un electrón no tiene velocidad ni posición ni órbita definida mientras no exista una observación. Así como suena.” Luego, renglones más adelante, nos insiste: “Suponer que la incertidumbre se debe a la ineludible necesidad del experimentador de ‘tocar’ y en consecuencia alterar de alguna manera su objeto de estudio es una trivialidad [...]un problema técnico[...] Argumentar el desorden producido en el objeto de estudio hasta por la simple iluminación como si fuera la esencia del principio de incertidumbre es no haberlo entendido en absoluto.” Y termina, categórico: “No podemos conocer de manera simultánea ciertas variables del mundo subatómico no por problemas con la iluminación, sino porque no están determinadas, no existen antes de la observación.”

Con la misma claridad con que nos dice que el apellido del padre del famoso gato cuántico se lee “shroedinguer”, nos explica otros conceptos que muchas veces resultan confusos, como el principio de complementariedad de Bohr, o la teoría de las supercuerdas, esa nueva candidata a ser una “teoría de todo”, de la que hace un eficaz esbozo. Otros conceptos que González de Alba menciona en este libro vertiginoso son el bosón de Higgs, la inflación, la entropía que, nos informa con su característico estilo, significa “vuelta” en griego e incluso hace alguna nostálgica referencia a Marx, Engels, la Dialéctica de la naturaleza y la “ley de la conversión de la cantidad en calidad”. Tampoco desaprovecha la oportunidad de criticar, así sea de refilón, a la seudociencia archienemiga de la divulgación científica y a los malentendidos de algunos sociólogos posmodernos que han dado en descalificar a la ciencia, atacándola como “sólo un sistema de creencias más”.

El burro de Sancho y el gato de Schrödinger es un libro que nos deja con ganas de más. Y eso es de agradecerse. Otra de las cosas que se le agradecen al autor es el esfuerzo que hace para despertar el asombro de los lectores, pues creo que el sentido de fascinación ante el funcionamiento de la naturaleza es una de las principales justificaciones para la existencia de la ciencia y su divulgación. Pongo un ejemplo: aunque yo había leído en varias ocasiones sobre los temas abordados en El burro de Sancho..., hubo un momento en que me sorprendí pensando, mientras leía acerca de la paradoja EPR y los experimentos de Alan Aspect, que comprobaron definitivamente el carácter fundamentalmente incomprensible del mundo cuántico, que todo esto no podía ser cierto, que los físicos habían conspirado con algún propósito inconfesable para engañarnos y convencernos de cosas tan increíbles. Espero que los lectores jóvenes del libro, a los que está dedicado, logren experimentar el mismo sentido de maravilla.

Con lo mucho que disfruté el libro, no puedo dejar de mencionar dos puntos en los que no estoy de acuerdo. El primero es sólo una frase, en la que González de Alba proclama que el modelo estándar de la física cuántica es “la más alta culminación del espíritu humano.” Quizá se manifieste aquí la proverbial oposición entre los amantes de la física versus los enamorados de la biología, pero en mi opinión, hay muchos otros candidatos a merecer un título tan prestigioso. Mi predilección personal, dejando de lado grandes obras de arte, es la teoría darwiniana de la evolución por selección natural, que es por lo menos tan central y constituye un logro tan importante y tan estéticamente bello como el modelo estándar.

Mi segundo desacuerdo con González de Alba se refiere a uno de los últimos capítulos del libro, en los que expone las hipótesis del famoso físico Roger Penrose acerca de los fundamentos de la conciencia.

Penrose descarta la posibilidad de que el cerebro funcione en forma semejante a una computadora, pues toda computadora puede resolver sólo problemas que se puedan exponer como una sucesión de pasos, esto es como un algoritmo. Basándose en la existencia de la intuición matemática, que no ha podido ser simulada en ninguna computadora, y en el famoso teorema de Gödel, supone que “el cerebro no sigue algoritmos”. De ahí brinca a la conjetura de que el cerebro debe funcionar de alguna manera misteriosa. “Hay algo en nosotros que no podemos poner en una computadora”, escribe González de Alba, siguiendo a Penrose. “Y no por falta de tecnología, sino, otra vez, porque damos con un límite de la naturaleza [...]un límite señalado por el teorema de Gödel. [...]La conciencia no puede ser comprendida dentro de la conciencia misma”

Es explicable el entusiasmo que causan las ideas de Penrose, pues sus implicaciones son fascinantes. “Penrose propone que el conocimiento humano, sobre todo el matemático, es una forma de contacto con el mundo platónico de las ideas”, dice González de Alba. El físico propone que “la interfase entre el mundo material y la conciencia” se halla en estructuras subcelulares llamadas microtúbulos, pues en su interior ocurrirían fenómenos dictados por una “nueva física”, aún desconocida, que Penrose llama “gravedad cuántica”.

Desgraciadamente, como ha señalado el filósofo Daniel Dennett en su libro La peligrosa idea de Darwin, Penrose comete un error básico en sus razonamientos, pues si bien es cierto que el teorema de Gödel afirma que ningún algoritmo puede generar pruebas de todas las verdades de la aritmética, el tipo de algoritmos que los estudiosos de la inteligencia artificial están desarrollando no tienen pretensiones tan ambiciosas: aspiran sólo a reproducir, de manera imperfecta pero convincente, las capacidades de la mente humana. Al hacer esto, sólo están expresando la convicción, fundamentada en el pensamiento darwiniano –que finalmente es la manera más natural de enfocar el origen de la conciencia de que todos los fenómenos biológicos pueden ser explicados como producto de ese proceso algorítmico y ciego que conocemos como evolución por selección natural.

Ya en otra ocasión, cuando se estaba gestando, en las primeras décadas del siglo xx, esa nueva ciencia hoy conocida como biología molecular, los físicos habían expresado su incredulidad de que un fenómeno tan complejo como la vida pudiera entenderse sólo con las leyes conocidas de la física y la química. El propio Erwin Schrödinger propuso que debía haber nuevos principios físicos, aún no descubiertos, que explicarían las propiedades únicas de los seres vivos. Fue gracias a la participación de toda una generación de físicos, motivados por las palabras de Schrödinger, que la biología molecular logró nacer y logró desentrañar los secretos más íntimos de la célula viva. Sobra decir que, a lo largo de toda esta ruta, no se encontró ni un solo fenómeno que no pudiera ser explicado con la misma física y la misma química que rigen todos los demás fenómenos del mundo natural. (Por cierto, tampoco se ha encontrado nunca algún fenómeno subcelular en el que tengan participación los extraños fenómenos que González de Alba describe en su libro: la biología parece estar, hasta el momento, a salvo de las paradojas cuánticas.) Estoy convencido de que lo mismo pasará con el problema de la conciencia, y que un día encontraremos que no fueron necesarias teorías de gravedad cuántica ni propiedades misteriosas de los microtúbulos para explicar cómo pensamos.

Antes de terminar, quisiera agradecer dos regalos extra que nos da Luis González de Alba al final de su libro. El primero es ese sabroso capítulo final, “El inicio egeo de la aventura”, en el que nos lleva a través de la historia para mostrarnos el nacimiento, en la antigua Grecia, del pensamiento científico, que permitió por primera vez llenar lo que él llama “esa otra necesidad tan imperiosa como el hambre: la de conocer las explicaciones últimas de las cosas por métodos de pensamiento que cualquiera pudiese seguir.”

El segundo regalo es la detallada bibliografía, que nos permite no sólo conocer las fuentes en las que González de Alba se basó para escribir este minucioso libro, sino acceder a ellas, contagiados por el gusto que el autor experimentó al leerlas. Es poco frecuente que los divulgadores científicos cuiden estos detalles.

Por último, quiero extender una felicitación a Paidós y a Fernado Escalante Gonzalbo, que concibieron la colección “Amateurs”. Me seduce totalmente la idea de que quien nos guíe por nuevos campos del conocimiento sea “el amante, no el cónyuge”, “quien lo hace más por placer que por sistema, no por obligación sino por antojo, no en horas de oficina sin en noches de insomnio.” En un texto en el que critica la especialización del conocimiento, Erwin Chargaff –uno de los albañiles del majestuoso edificio de la genética molecular, dice: “Si el mundo aún puede salvarse será por los amateurs.” Comparto plenamente esta opinión, y felicito a Paidós por haber iniciado esta colección con un libro de ciencia, y especialmente con uno escrito por un amateur que cumple admirablemente con la definición que ofrece el propio Chargaff: “un amateur es alguien sin anteojeras [...y] en nuestra época, la incapacidad para portar anteojeras es un acto heroico”.

25 de febrero de 2001

viernes, 17 de mayo de 2013

Reflexiones en el día contra la homofobia

(otro post rescatado de Facebook; los pueden buscar usando la etiqueta "Facebook")

Hoy es el día mundial contra la homofobia y contra todos los odios por motivos de orientación sexual. Por favor quítense esos miedos irracionales. Vivan y dejen vivir.

Ofrezco algunos puntos para entender mejor (ojo no son definiciones, sólo características puntuales):

Homofobia (y lesbofobia): los homosexuales (o lesbianas) son enfermos o personas que actúan en forma antinatural.

Bi-fobia: Los bisexuales "no existen", son sólo personas confundidas, que todavía no saben lo que quieren. O en todo caso son homosexuales que todavía no se atreven a reconocerlo.

Trans-fobia: los transexuales son personas muy enfermas, sentir que pertenecen al sexo opuesto al de su cuerpo es un estado de enfermedad mental. Además, un transexual, por ejemplo de hombre a mujer, es un hombre que se operó para ser mujer. No. Es una mujer. Otro: un transexual es un homosexual. No: en realidad sería un heterosexual, aunque a muchos nos pueda parecer sorprendente.

viernes, 5 de abril de 2013

Rescatando de Facebook

He decidido, mientras encuentro otra manera mejor de hacerlo, rescatar algunas de las cosas que pongo en Facebook, porque ahí las cosas son demasiado pasajeras, se pierden en la corriente diaria del exceso de información... y creo que hay cosas a las que vale la pena tener acceso posteriormente, no sólo de momento. Así que las copiaré aquí con la etiqueta "Facebook", pueden buscarlas con esa etiqueta para verlas.

La primera: un artículo que me interesó, sobre la influencia de las tecnologías de la información sobre la escritura:

¡Interesante!
"El fin de la escritura", por Antulio Sánchez
http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/9176919


miércoles, 23 de enero de 2013

Publicar o vivir

Recupero este pequeño relato, producto de un taller de narrativa,
y que fue publicado en el suplemento Lunes en la ciencia
del diario La Jornada (México),
11 de noviembre de 1999

No me decido. Me da miedo. Todo mundo me dice que ya no debería perder más tiempo, pero no estoy seguro.

La verdad es que mis datos son bastante sólidos. Los experimentos estuvieron bien planeados y realizados, salieron como esperaba y en general nadie les pondría ningún pero a mis resultados. Si los mandara a cualquier revista, los publicarían.

Pero no acabo de estar seguro. Porque sé que debí hacer el otro experimento. Si no lo hago yo, tarde o temprano a alguien más se le ocurrirá que puede haber otra explicación para el fenómeno, y hará el experimento decisivo. Y yo quisiera publicar un trabajo completo, redondo, no un fragmento de investigación al que sé que le faltan partes.

¿Por qué no me habrá tocado vivir en la época de los fundadores de la biología molecular? Gente como Jacob y Monod, por ejemplo. Ellos no publicaban un experimento cualquiera. No les preocupaba ganar la carrera contra sus rivales científicos. Podían aguardar durante dos, tres o cinco años, hasta haber realizado toda la serie de experimentos que dieran validez a sus hipótesis. Hasta tener un caso a prueba de objeciones. Cualquier otra cosa se hubiera considerado mala ciencia. Me hubiera gustado trabajar como ellos.

Pero hoy el espíritu parece ser el opuesto. Un espíritu mercenario. Exactamente como dice mi tutor: “publica ya esos datos, ¿qué no ves que cuando los quieras mandar a una revista alguien ya te puede haber comido el mandado? Además, yo tengo que renovar mi beca del Sistema Nacional de Investigadores, y no tengo suficientes publicaciones. Si no te pones a escribir esta semana, voy a redactar yo el artículo”.

¡Cómo me molesta! No entiende mi angustia al pensar que a lo mejor el otro experimento, el que no he hecho, da al traste con nuestras hipótesis. “No importa”, dice, “luego hacemos el otro experimento. Mientras, ya tendremos un paper más en nuestro curriculum”.

“¿Y qué pasa si el otro experimento invalida lo que publicamos? ¿Qué hacemos entonces?”, le pregunté. Hizo como que no me había oído. Pero a mí la duda me angustia y no me decido, no me decido.

¿Por qué tengo que ser tan preocupón? Mis compañeros del doctorado no se andan fijando en estas minucias. Uno de ellos, el otro día, me preguntó si podía incluir algunos de mis datos en su próximo artículo. Cuando le pregunté por qué quería incluirlos, sólo dijo que si yo no los usaba, a él le vendrían de maravilla para complementar su escrito. ¡Qué cinismo! Y eso que mis datos, estrictamente, no tienen nada que ver con lo que él está investigando. Pero claro, lo que a él le importa no es la coherencia de los argumentos, lo sólido de la investigación, sino el saber que su artículo será publicado, que podrá incluirlo en su curriculum, que se convertirá en dinero a través de los estímulos para la investigación. Por cierto, le dije que no. Pero sigo sin decidirme a publicar.

¿Qué pasaría si simplemente me negara a escribir el artículo? Al menos hasta tener la confirmación del otro experimento. Mi tutor no me puede obligar, aunque sí lo creo capaz de escribirlo él y mandarlo si yo no lo hago. Seguramente pondría mi nombre, pero lo que a él le importa es que aparezca el suyo. A pesar de que la idea del experimento es mía, de que yo averigüé el método más adecuado para realizarlo, de que yo hice todo el trabajo prácticamente solo, sin ayuda de nadie. Ni tan siquiera con su asesoría, porque él no entiende las técnicas que usé. Como la mayoría de sus colegas, mi tutor es uno de esos científicos superespecializados. Tuve que asesorarme con un investigador de otro instituto, experto en las técnicas necesarias, al que seguramente daremos un agradecimiento en la publicación (los agradecimientos también cuentan, también son puntos, también son dinero...).

Pero, ¿y si simplemente no publicara? ¿Si me esperara los seis u ocho meses que me llevará planear, preparar y realizar el otro experimento? ¡Qué satisfacción sería publicar un trabajo en el que todos los huecos estuvieran cubiertos, en el que no hubiera duda de la solidez de los resultados!

No, no puedo... aunque me dé coraje reconocerlo, dependo de la aprobación de mi tutor. Si me enfrento a él, si no lo obedezco, puedo perder mi beca. Ya ha pasado el tiempo establecido para obtener el doctorado, y sólo con su apoyo podré conseguir una prórroga.

Tal vez lo mejor sea no buscarme problemas... total, ¿qué importa ceder un poco? Ahora lo más importante es obtener el grado. Cuando sea doctor, cuando tenga mi propio laboratorio y mi grupo de investigación, podré atenerme a mis propios estándares. Podré hacer investigación como debe hacerse. Podré esperarme y no publicar hasta que mis trabajos estén listos.

Aunque, ¿quién sabe? Tal vez la calidad no siempre es tan importante... Para entonces ya me habré casado, tendré hijos, coche y tal vez hasta una casa. El dinero extra de una beca del sni me será muy necesario... y entre más publicaciones tenga, más fácil será obtenerlo. Después de todo, creo que mi tutor no anda tan equivocado...

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Palabras sobre mi madre

Palabras pronunciadas en el homenaje a mi madre, Alicia Olivera Sedano,
en la inauguración del las XXXIV Jornadas de Historia de Occidente,
Centro de Estudios  de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, A. C. ,
25 de octubre de 2012

Antes que nada quiero agradecer a Luis Prieto, al Centro de Estudios sobre la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas, y todos quienes organizan este evento, el privilegio de decir unas palabras en memoria de mi madre.

Es difícil hablar de mi madre, Alicia Olivera de Bonfil, ante sus queridos colegas. Difícil no sólo por la pena de saber que no volverá a estar en estas entrañables reuniones, que para ella eran, literalmente, el evento del año. Difícil también porque me hace ser consciente de que la Alicia que yo conocí como madre es muy distinta de la Alicia con la que ustedes, sus compañeros en la profesión de la historia, compartieron tantas ideas, pláticas, discusiones y proyectos.

En mi recuerdos más tempranos, mi madre –mi mamá– tenía siempre un chongo y sus ojos maquillados en forma alargada, lo que le daba un aspecto achinado. Años después supe que ese estilo lo conservó desde su época de bailarina en el Ballet Folklórico de Amalia Hernández. ¡Tantos recuerdos de los que podría uno hablar!

Tal vez no sea éste el espacio para centrarme en la excelente, cariñosa madre que fue para mi hermana Alicia y para mí (y también para mis medios hermanos Chelo y Ramón, quienes con su partida también perdieron a una madre). No resisto mencionar, al menos, que Alicia y yo tuvimos la bendición de tener dos excelentes padres (aprovecho para decírselo a mi querido papá, aquí presente). Padres que siempre cumplieron con creces todas sus obligaciones (y no me refiero sólo a las materiales, obviamente). Padres que nos dieron cariño, casa, juegos, paseos (no puedo dejar de recordar la previsión y el orden de mi mamá en esos viajes, donde siempre tenía a la mano todo lo que se pudiera ofrecer, desde un sándwich para el viaje o un bocado para el antojo nocturno, hasta el neceser que permitía curar un raspón o aliviar una piel quemada por el sol. Mi madre, siempre metódica, lista y preparada para todo.)

Pero sobre todo, nuestros padres nos dieron una educación y unos valores que hoy reconozco como excepcionales. Entre ellos acierto a mencionar la lectura, la buena ortografía y redacción, el pensamiento crítico, los buenos modales, el respeto irrestricto a lo diferente, la justicia, la responsabilidad, y muchos otros. Si Alicia y yo somos personas, ciudadanos y profesionistas buenos, decentes y productivos es porque somos hijos de dos personas buenas, dos buenos ciudadanos y profesionistas, dos magníficos padres. Que también sabían cuándo era oportuno administrar unas buenas nalgadas, hoy tan satanizadas y sin embargo tan necesarias.

Lo curioso es que, durante mi niñez y adolescencia, nunca fui consciente de la intensa y constante dedicación que mi madre tuvo a su profesión. Recuerdo, sí que, luego de enviarnos a la escuela, iba a trabajar todas las mañanas (al Museo de Antropología, al Castillo de Chapultepec…). Regresaba siempre a tiempo para darnos de comer, y pasaba la tarde ocupándose de nosotros, hasta que llegaba nuestra hora de dormir. No tengo ningún recuerdo de ella sentada trabajando en casa. Y sin embargo, debe haber sido durante esos años que produjo todos esos libros e investigaciones que luego tanto reconocimiento le merecieron. Me la imagino, ahora, trabajando por la noche, luego de acostarnos, quizá ocasionalmente desvelándose, para lograr tanta productividad.

Fue sólo con los años que llegué a darme cuenta de la cuantía de sus logros profesionales. Algunos todavía los sigo descubriendo con asombro. Las investigaciones sobre los cristeros, el programa de historia oral con superviventes de la Revolución, la investigación sobre la tradición oral sobre Cuauhtémoc, el proyecto “Mi pueblo durante la Revolución”. Los alumnos que formó, su contribución a construir una comunidad de investigadores hoy sólida y pujante… Ustedes conocen mejor que yo todo esto. Y lo digo en serio: mi gran sorpresa es que, siendo su hijo, haya yo sabido tan poco de mi mamá como investigadora.

Probablemente lo que pasa es que nadie es una sola persona: todos encarnamos a varias personas en una. Alicia Olivera Sedano fue la hija cariñosa de mi abuelo, el Dr. Juan Olivera López, y apoyo de su vejez; madre cariñosa para mi y mis hermanos, como ya dije; la admirada y severa tía Lilí de mis primos; la esposa dedicada de mi padre; la investigadora destacada y, lo veo aquí, querida por sus compañeros.

Más allá de su legado como historiadora, que probablemente esté más en la mente y los corazones de ustedes, sus amigos y colegas, que en los documentos, quizá la mejor muestra de su generosidad queda en la vida y la carrera profesional de mi hermana y de mí mismo. Si pude estudiar una carrera y dedicarme a lo que más me gusta –escribir de ciencia; con su muerte pierdo a mi lectora más incondicional– fue, en gran parte gracias a ella. (Mi primer estímulo en ese camino fue, curiosamente, ganar el concurso de composición a la madre en tercero de primaria… recuerdo su cara de orgullo.) Si mi hermana Alicia es una arqueóloga hecha y derecha, que participa en excavaciones de gran interés –últimamente está coqueteando con la paleontología– y ha criado a un joven serio, responsable e inteligente que sin duda será un hombre de bien –Luis Alberto era la alegría de sus últimos años– fue también gracias a su influencia (por supuesto, junto con la de nuestro querido padre).

Mi corazón se alegra de pensar que tuvo tiempo de cosechar: todos los homenajes que merecía los recibió en vida. El emeritazgo por el INAH, en el 2000; su reconocimiento como pionera latinoamericana de la historia oral, en un congreso en Guadalajara, en 2008; el emotivo homenaje titulado “Abriendo caminos”, en la Dirección de Estudios Históricos, y el Premio “José C. Valadés” del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, ambos en 2009… Y estoy segura de que si estuviera aquí, estaría agradeciéndoles conmovida que piensen en ella y la recuerden con cariño. Se los agradezco de corazón a nombre mío, de mi hermana y de mi padre.

Muchas, muchas, gracias.


lunes, 20 de agosto de 2012

Esa tontería de la objetividad: Ciencia, realidad y una exposición para ciegos

Publicado en el suplemento Lunes en la ciencia
del diario La Jornada (México),
6 de septiembre de 1999

Imaginemos una exposición de cuadros, pero de un tipo especial: una dirigida a un público de ciegos.

Claro, como la pintura es una de las llamadas “artes visuales”, nuestro primer impulso es pensar que tal exposición carecería de sentido. Pero hay una posibilidad de hallárselo: hacer que una persona con vista normal describa a los ciegos lo que hay en los cuadros. Así, aunque fuera en forma indirecta, ellos podrían tener acceso a su contenido, tener algún tipo de experiencia de lo que hay en los cuadros.

¿Cómo podría ser la descripción de un cuadro? Algo así, por ejemplo: “Una mujer, de gran belleza, recostada en la arena de la playa. Su piel es suave y morena, cubierta de un ligerísimo vello, casi imperceptible. Al acariciarla tiene la suavidad del terciopelo, del durazno. Su cabello es largo, suave y pesado como la seda; algunos mechones caen sobre su frente. Su mirada es profunda y soñadora, sus ojos son del verde de la hojas tiernas de los árboles en primavera. Detrás de ella el mar, de un verde más oscuro, como el de las botellas de buen vino, arroja olas que se deshacen impotentes en espuma contra las rocas de la bahía, produciendo un ruido sordo, a la vez violento y suave. Otras olas llegan simplemente hasta la playa, donde lamen la arena.”

Una descripción así podría lograr que los espectadores invidentes captaran algo de la pintura, algo que no captarían si la pintura no estuviera ahí.

Desde luego, la riqueza de la experiencia que los ciegos pudieran tener en esta hipotética exposición dependería de la capacidad del “narrador” para captar las sutilezas de la pintura, así como de sus conocimientos y su imaginación. Hay una gran diferencia entre la descripción anterior, que incluso recurre a otros sentidos, como el tacto y el oído, y “Hay una bella mujer recostada en la playa, y detrás de ella está el mar”, o incluso entre esta última y, por llevar las cosas al extremo, “Hay una vieja buenísima tirada en la playa”.

Y no se trata de que el “narrador” esté inventando los sonidos del mar o la textura de la piel de la mujer: los está imaginando, pero lo hace a partir de lo que ve en la pintura. Un observador cuidadoso e imaginativo verá más detalles en la pintura que un observador superficial.

Ahora, cambiemos de escenario. ¿Qué pasa cuando los científicos tratan de describir la realidad? ¿Son las teorías científicas metáforas, modelos, aproximaciones a la realidad? ¿O son descripciones exactas, son de algún modo “reales”, “ciertas” o “verdaderas”?

Desde luego, nadie pretendería que una teoría o modelo científico sea la realidad. Los investigadores científicos no crean realidades: crean teorías que describen, explican y hasta predicen el comportamiento de esa realidad que suponemos –no nos queda más remedio que suponerlo– está “ahí afuera”. Afuera de nosotros, de nuestras cabezas, de nuestras mentes.

Y es que de alguna manera, a través de nuestros sentidos, o de nuestros aparatos y experimentos, creemos tener algún contacto con ella. Pero este contacto no es directo: está mediado por nuestra percepción –que siempre filtra, interpreta y en última instancia deforma lo que recibe.

En realidad, cuando decimos que “percibimos” el mundo exterior, nos referimos a que tenemos sensaciones provenientes de nuestros órganos de los sentidos. Éstos, a su vez, reaccionan ante estímulos externos como fotones, ondas sonoras o moléculas volátiles. Estrictamente no vemos un cuadro: vemos los fotones que rebotan en él y llegan hasta nuestra retina.

Pero lo que nos dicen nuestros sentidos no siempre es confiable: a veces nos engañan o nos confunden. Porque, a partir de los datos que recibimos de ellos, nuestro cerebro (¿o es nuestra mente?) construye interpretaciones que nos permiten entender, darle sentido a la información que estamos recibiendo. Y este proceso no es “objetivo”: se trata de una interpretación que nuestro cerebro hace, y aunque trata de hacerlo siempre lo mejor que puede, no está libre de errores (las ilusiones ópticas son el ejemplo más cercano). En esto las experiencias diarias de toda persona y la actividad científica son idénticas. No hay percepción “pura”: siempre hay interpretación.

El científico se parece a los ciegos que asisten a la exposición de nuestro ejemplo. No pueden ver los cuadros, pero pueden formarse una imagen de ellos a través de la descripción de su guía. Para los científicos, el guía serían los sentidos y los aparatos con los que extendemos su alcance. Para tratar de que nuestros sentidos y aparatos no nos engañen, hacemos experimentos controlados. Pero nunca podremos ver los cuadros, nunca podremos tener acceso directo a la realidad.

¿Quiere esto decir que debemos renunciar al ideal científico de tener un conocimiento confiable, un modelo coherente de la naturaleza? No, en el mismo sentido que los ciegos no tendrían por qué renunciar a conocer los cuadros de la exposición. Pero no tendría sentido que se empeñaran en verlos. No pueden verlos, porque son ciegos. Nosotros no podemos “ver” la realidad, sólo construir modelos, metáforas, explicaciones para entender cómo puede ser esa realidad en cuya existencia creemos... ciegamente.

La descripción científica del mundo no es inventada, pero no es una verdad objetiva ni absoluta. No es la verdad, pero es más verdadera que otras “verdades”, como los mitos, o como las fantasías de quienes creen que las luces en el cielo son platillos voladores tripulados por enanitos verdes, o que los cristales de cuarzo absorben las malas “vibras”. En otras palabras, no es que la ciencia sea arbitraria, pero sí es relativa. Sí es una construcción susceptible de ser desechada, de estar equivocada, de cambiar y ser mejorada, de evolucionar. Efectivamente, como afirman quienes la estudian, es un discurso, un texto, un fenómeno social, un modelo mental y muchas otras cosas. Pero está basada en algo que existe, como existen los cuadros de la exposición, aunque los ciegos no los vean. Y es la forma más efectiva, el método más poderoso con el que contamos para acercarnos a la naturaleza, a la realidad. Porque, pese a todo, no queremos renunciar a conocerla. Deseamos conocerla, pero no queremos engañarnos. Ese es el compromiso del científico, y en eso consiste su honestidad: buscar el conocimiento sin olvidar que somos ciegos, pero sin renunciar tampoco a la obra de arte que existe y que está ahí invitándonos a conocerla, a explorarla y, en última instancia, a disfrutarla.


miércoles, 25 de julio de 2012

La otra cara de la vida

Una vieja reseña de un libro más bien malo, pero interesante...
Publicada originalmente en Hoja por Hoja, no. 135, agosto 2008.



La termodinámica de la vida. Física, cosmología, ecología y evolución 
Eric D. Schneider y Dorion Sagan 
México, Tusquets 
(Metatemas, núm. 102), 2008. 
438 págs. 
ISBN 978-970-699-209-3 
Traducción de Ambrosio García Leal 



¿Por qué existe la vida? La pregunta, que intriga a las mentes curiosas desde siempre, adquirió un nuevo matiz en el siglo XIX, cuando la naciente termodinámica, estudio de los cambios de la energía, mostró que los sistemas vivos violan, aparentemente, su segunda ley.

Y es que la famosísima segunda ley de la termodinámica –una de las más importantes de la naturaleza- obliga a que en cualquier proceso la entropía del sistema aumente (que la energía disponible para realizar trabajo disminuya, o que aumente el desorden). Las cosas se enfrían y degradan espontáneamente, pero no al contrario. Los seres vivos, en cambio, crecen, se multiplican y evolucionan, aumentando incesantemente el orden en la biósfera. ¿Cómo es esto posible?

El geólogo Eric Schneider y el escritor científico Dorion Sagan -hijo del famoso Carl y de la destacada bióloga Lynn Margulis- proponen, en La termodinámica de la vida, que la respuesta la proporciona la propia segunda ley, pero expresada en el aforismo “la naturaleza aborrece los gradientes” (gradiente es una diferencia de grado en alguna magnitud –presión, temperatura, potencial eléctrico– entre dos puntos).

Esta afirmación toma en cuenta que los seres vivos son sistemas termodinámicos fuera del equilibrio. A diferencia de las cajas aisladas ideales que considera la termodinámica clásica, los sistemas vivos intercambian constantemente materia y energía con su entorno. En particular, utilizan la abundante energía electromagnética procedente del sol para impulsar prácticamente todos los procesos energéticos de la biósfera.

Y es precisamente este continuo flujo de energía lo que permite que los sistemas vivos adquieran el orden y la complejidad que los caracterizan. Al igual que sistemas físicos como tornados y ciclones, o las hermosas celdas hexagonales de Benard, que aparecen al calentar un fluido en condiciones especiales, los organismos son sistemas termodinámicos fuera del equilibrio en los que el flujo de energía permite la aparición de estructuras complejas.

Esta perspectiva fisicoquímica resulta, si no tan novedosa como quisieran los autores, sí muy importante, aunque ha sido en gran medida dejada de lado en biología; en parte debido al arrollador éxito del enfoque molecular-informacional, centrado en el ADN y los genes, para entender las células, los organismos, la evolución y la ecología. “La biología no es sólo una ciencia histórica: también es un puente entre la historia y la fisicoquímica”, afirman Schneider y Sagan, y muestran cómo esta otra mitad de la historia aporta perspectivas que enriquecen el análisis biológico en todos los niveles.

Si bien el libro resulta interesante, ameno y hasta iluminador (aunque laborioso, por el nivel de información y conceptos presentados), estorba un poco la insistencia de los autores en presentar su perspectiva como una revolución conceptual. “La función original y básica de la vida (…) es reducir un gradiente medioambiental”, proclaman, pero caen en confusiones filosóficas al obstinarse en que ésta sea la “finalidad” u “objetivo” de los seres vivos.

Es claro que los organismos son impulsados y hasta “creados” por la reducción de gradientes, en obediencia a la segunda ley, y es un logro importante que hayamos entendido cómo. Pero los organismos no existen “para” reducir gradientes. Aun si no hubiera vida, el sol seguiría radiando energía a la misma velocidad.

Schneider y Sagan usan demasiada poesía, anécdotas y paréntesis desordenados; demasiados argumentos discutibles o poco sólidos (lo que el fisicoquímico Peter Atkins llama “pensamiento confuso”). Ofrecen una idea bien pensada y documentada, pero poco discutida (se publica como libro; no en revistas científicas arbitradas). Están demasiado a la defensiva y tienen poca tolerancia a las objeciones; fuerzan sus ideas (extendiéndolas hasta la salud y la economía) con tal de defender su “revolución”. Sin estos defectos, su provocador argumento sería más científico. Aun así, vale mucho la pena leerlo, como casi todos los libros del clan Sagan-Margulis.

lunes, 9 de abril de 2012

Mingitorios en mi camino: Tortas Don Polo.

Este modelito no lo había visto. Tortas Don Polo, Félix Cuevas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Un libro que es un cerebro


por Martín Bonfil Olivera

Reseña del libro Gödel, Escher, Bach, una eterna trenza dorada,
de Douglas R. Hofstadter 

México, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1982,
traducción de Mario Arnaldo Usabiaga Brandizzi
(nueva edición: Gödel, Escher, Bach, un Eterno y Grácil Bucle, Douglas R. Hofstadter, Barcelona, Tusquets, 1987,
traducción de Mario A. Usabiaga
y Alejandro López Rousseau). 

(Publicado originalmente en el suplemento de libros Hoja por hoja,  núm. 121, junio de 2007)


Durante diez años guardé un ejemplar de un libro, esperando conocer a alguien que pudiera apreciarlo debidamente. Se trataba de Gödel, Escher, Bach, una eterna trenza dorada, de Douglas F. Hofstadter (en la traducción original del Conacyt, hoy sustituida por la versión española de Tusquets).

La persona llegó, y aunque no sé si finalmente lo leyó, no me arrepiento: pude regalarle lo que considero uno de los libros más maravillosos y estimulantes jamás escritos. Probablemente también uno de los más reveladores.

Tratar de justificar las aseveraciones anteriores sería inútil. Una de las características de la obra maestra de Hofstadter (ganadora del premio Pulitzer en 1980 –la edición original en inglés apareció en 1979 y, claro, nunca superada por su autor) es su barroca riqueza y complejidad.

¿De qué trata GEB (como lo llaman sus fans)? Por supuesto, de la música perfecta de Johann Sebastián Bach, los intrigantes grabados de Maurits C. Escher y el enloquecedor teorema de Kurt Gödel, que puso de cabeza a la comunidad matemática. Pero también, según la Wikipedia, de metamatemática, simetría, inteligencia artificial, sistemas formales, computación, paradojas, budismo zen, genética, biología molecular, lógica, teoría de números, sintaxis, cerebro, mente y cognición, semántica, libre albedrío y determinismo, holismo y reduccionismo, lenguajes de programación, isomorfismos y significado, traducción, forma y fondo, contrapunto, semiótica, códigos, autorreferencia, recursión, auto-organización, y conciencia. Entre otros temas, añado yo.

Frente a semejante avalancha de contenidos -con la que, no obstante, Hofstadter logra tejer una fascinante red de interrelaciones múltiples que mantiene siempre su unidad (logro magistral comparable a una fuga a seis voces de Bach)-, no es extraño que el propio autor tenga dificultades para describir de qué se trata en realidad su libro. Pero en el prólogo a la edición de vigésimo aniversario revela haber descubierto que el verdadero tema medular del libro es la conciencia.

O más precisamente, lo que muchos consideran la pregunta última acerca de la conciencia: ¿qué proceso hace posible que un cerebro hecho de neuronas sea capaz de generar no sólo la mente, sino el yo, la sensación de autoconciencia que permite a Descartes –y a todos nosotros- decir “pienso, luego existo”? ¿Cómo puede el cerebro generar el alma?

Para llegar a su respuesta es que Hofstadter recurre a tan intrincada red de conceptos, comparable sólo con la que forma un cerebro humano. A través de uno de los temas recurrentes del libro –los sistemas con varios niveles y su potencial para dar origen a fenómenos emergentes-, propone el concepto de “bucles extraños” (dos ejemplos sencillos son la paradoja del griego Epiménides, “todos los griegos son mentirosos”, o el par de manos del famoso grabado de Escher, que se dibujan mutuamente).

La idea de los bucles extraños, aunque poderosa, es compleja y todavía no es popular. Para mostrar su potencial, baste decir que el filósofo Daniel Dennett ha construido una teoría formal y esencialmente completa de la conciencia basada en ella. Por su parte, Hofstadter acaba de publicar I am a strange loop (“Soy un bucle extraño”) para profundizar y aclarar el concepto.

Leí GEB en los años ochenta, cuando estudiaba la licenciatura. Lo descubrí casualmente en El Parnaso de Coyoacán. Me atrajeron las pinturas de Magritte que contiene. Me sedujo su estructura en capítulos alternados con ingeniosísimos –y casi intraducibles, por su riqueza– diálogos entre la Tortuga y Aquiles. Me atrapó a pesar de su complejidad, de los ejercicios matemáticos que el autor propone al lector, de sus casi mil páginas. Hoy, veintitantos años después, confirmo que ha sido uno de los libros que han cambiado mi forma de ver el mundo. Compartirlo es difícil, pero vale la pena intentarlo. Ojalá aquel ejemplar, comprado en una librería de viejo y regalado de corazón, enriquezca otra vida.

lunes, 20 de febrero de 2012

Kuhn: el relativista involuntario

Martín Bonfil Olivera

Publicado en  Metapolítica, núm. 49,
septiembre-octubre de 2006, págs. 103-105
 
   

“¿Kuhn? ¡Ya está muy superado!” Fue esa frase, proferida por una amiga historiadora de la ciencia, la que probablemente hizo que cayera yo en cuenta de que en general la influencia que ha tenido el trabajo de Thomas H. Kuhn no es apreciado al grado que yo considero que debiera serlo.

Quizá ocurre con él un poco lo mismo que le ocurre a Freud cuando uno habla con cualquier psicoanalista, sea éste lacaniano, jungiano, frommiano o de cualquier otra tribu (excepto freudiana): todos niegan ser descendientes del psicoanálisis freudiano, aunque es evidente que de ahí parten sus raíces. Sin Freud, el psicoanálisis no existiría. Aunque quizá sea exagerado decir que sin Kuhn la historia y la filosofía de la ciencia no serían lo que son ahora, probablemente habrían tardado más en serlo.

En mi opinión, la obra de Kuhn tiene una importancia central en la construcción de la imagen de la ciencia que tenemos actualmente. Simplemente, porque le dio una dimensión histórica (y no meramente cronológica). Mostró que, más que simplemente acumular más y más conocimiento encima del que ya se tenía, una y otra vez la ciencia sufre revoluciones en las que la visión de la naturaleza que nos presenta cambia radicalmente. De estar en el centro, la Tierra pasa a girar alrededor del sol. De ser inmutables y absolutos, el tiempo y el espacio pasan a depender del estado de reposo o movimiento del observador. De ser constantes desde la creación, los seres vivos pasan a ser producto de un proceso ciego y azaroso de evolución por selección natural. De estar formadas por cuatro elementos, el mundo pasa a ser producto de las combinaciones de algunas decenas de elementos químicos cuyas propiedades periódicas reflejan su estructura atómica. De ser causadas por espíritus, humores o influencias misteriosas, las enfermedades pasan a ser producto de la infección por microorganismos patógenos.

La visión de Kuhn, popularizada inicialmente en un breve artículo en la revista Science y luego en su famosísimo libro de 1962, La estructura de las revoluciones científicas, -que por cierto acaba de ser reeditado en México, en una nueva y mejorada traducción, por el Fondo de Cultura Económica- resultó sorprendente y revolucionario no tanto por mostrar los dramáticos cambios que sufre periódicamente la imagen científica del mundo, sino por afirmar –y mostrar con ejemplos históricos concretos y magistralmente documentados- que en cierto modo no es sólo la visión del mundo lo que cambia, sino el mundo mismo. Antes de Copérnico, la Tierra estaba en el centro del universo; antes de Leeuwenhoek, las bacterias no existían (mucho menos causaban enfermedades).

Ante afirmaciones como las anteriores, es casi instintivo reaccionar con escepticismo (y así lo han expresado ruidosamente algunos científicos airados que se oponen a la “relativización” social de la ciencia, como Stephen Weinberg). Después de todo, si uno cree en la existencia independiente y objetiva de un mundo físico real más allá de los límites de nuestro respectivo cráneo –como creemos la mayoría de quienes nos hallamos fuera de los manicomios–, la idea de que la realidad física de algo como las bacterias dependa de un factor histórico (nuestro conocimiento acerca de su existencia), que cambie con nuestras ideas, suena contraria al sentido común.

Sin embargo, debemos recordar que los seres humanos, en tanto entes psicológicos –conscientes, pensantes– no vivimos en ese mundo físico, del que estamos separados y al que no tenemos acceso directo, sino sólo a través de nuestros sentidos (y las complicadas interpretaciones, ediciones y versiones que nuestros cerebros construyen a partir de los datos que los sentidos aportan). Los seres humanos somos entre mentales y no vivimos en el mundo físico, sino en el mundo de nuestros cerebros y de nuestra cultura. Es en éste mundo que las bacterias literalmente no existían hasta que fueron descubiertas. Y es éste mundo el que sufre revoluciones radicales y constantes cada vez que las ideas de Kuhn se vuelven a ver confirmadas.

El problema con Kuhn fue que, al revolucionar la imagen de la ciencia que teníamos, introduciendo la dimensión histórica, historiográfica, abrió, efectivamente, la puerta a cierto relativismo. No, como afirman sus detractores, el relativismo extremo que afirma que cualquier visión del mundo es tan confiable, correcta o valiosa como la que nos proporciona la ciencia. Definitivamente, las teorías científicas –y las aplicaciones y tecnologías que se derivan de ellas– son mucho más confiables y efectivas que las visiones esotéricas o mágicas. Pero inevitablemente las teorías científicas cambian, evolucionan y, de vez en cuando, se extinguen para ser sustituidas por otras que ocupan sus antiguos nichos ecológicos, o bien otros distintos.

Como bien describe Kuhn, los problemas que bajo un paradigma (su palabra clásica) eran los más importantes, bajo un paradigma distinto pueden no sólo dejar de ser importantes, sino incluso dejar de ser concebidos como problemas. Son este tipo de fenómenos los que, a los ojos de una visión realista ingenua, parecen de un relativismo peligroso. Parecería que la ciencia se debilita al admitir que todas sus teorías son sólo construcciones temporales que tarde o temprano cambiarán –según hemos visto a lo largo de la historia de la ciencia– para ser sustituidas por otras.

En último término, la visión de Kuhn es constructivista: nos muestra que las cosas no existen: se construyen a través de un proceso psicológico y social, histórico, retórico y hasta político. No basta con tener una teoría que dé cuenta de las observaciones y experimentos: hay que ser también capaz de convencer a los colegas, y al público general.

Pero decir que la visión científica del mundo en vez de descubrirse se construye es decir que la ciencia no es un método certero e infalible para adquirir conocimiento sobre el mundo natural, sino un proceso de tipo darwiniano en constante evolución, en que la generación de una diversidad de teorías que compiten por ser aceptadas por la comunidad científica (en gran parte gracias a su capacidad de explicar y dar sentido a los datos experimentales). Esto da lugar al surgimiento, aceptación, reinado y posterior destronamiento de paradigmas. En otras palabras, las ideas de Kuhn fueron el inicio de un proceso, aún en marcha, que está sustituyendo la visión rígida de la ciencia por una imagen evolutiva que es coherente con nuestra naturaleza como organismos vivos y con consciencia, producto de la evolución de nuestros cuerpos y cerebros por medio de la selección natural.

La ciencia se hace así compatible con el resto de la naturaleza: lejos de ser una característica única y distintiva del ser humano, pasa a estar enraizada en nuestras capacidades biológicas, a ser un producto natural de nuestra propia evolución. Como cualquier proceso histórico, el avance –o más bien, la evolución– de la ciencia se convierte en un proceso básicamente darwiniano. Hoy la filosofía y la historia de la ciencia toman en cuenta estos aspectos, y están logrando entender con mayor claridad cómo es que esta cosa llamada ciencia, a pesar de su inevitable relatividad, de sus cambios bruscos, de sus revoluciones radicales, es capaz de dar cuenta del mundo físico en que vivimos con mayor certeza que cualquier otro método.

Thomas Kuhn negó, hasta el final, ser relativista. Hoy todavía numerosos científicos, filósofos e historiadores siguen resistiéndose a sus ideas por temor al inevitable relativización de la antigua imagen certera y marmórea de la ciencia. Pero quizá, si Kuhn hubiera vivido un poco más, se habría dado cuenta que el relativismo no es tan temible como lo pintan, sino sólo una aceptación de que nuestra ciencia, como nosotros mismos, es cambiante y pragmática (que es lo mismo que decir darwiniana). En último término, Kuhn nos mostró que lo que se acepta como verdad científica en un momento dado no necesariamente es lo más cierto, sino lo que mejor funciona.


viernes, 16 de diciembre de 2011

Envidia por la física

Texto publicado en la Gaceta
del Fondo de Cultura Económica
,
núm. 411, marzo de 2005,
con motivo del Año Internacional de la Física


La física, según piensan muchos –en especial los físicos–, es algo así como la reina de las ciencias. No hay ciencia más avanzada, precisa, ni que ofrezca resultados y aplicaciones más poderosas que esta disciplina paradigmática.

Y no falta razón para pensar así. Algo debe tener de especial esta ciencia; después de todo, ha sido capaz de colocar naves espaciales con toda precisión en la superficie de mundos distantes. El aterrizaje (o “erotizaje”) del satélite NEAR de la NASA sobre el asteroide Eros, a 195 millones de kilómetros de la Tierra y que mide tan sólo 33 kilómetros de largo por 13 de ancho, en 2001, es un ejemplo extremo del control que puede lograr la moderna tecnología de telecomunicaciones aunada a la computación (ambas, por supuesto, derivadas del conocimiento físico) y a la correcta aplicación de las leyes de Newton. La física, a través de la espectroscopía, nos ha revelado la composición química de estrellas a las que nunca podremos acercarnos. Logró explicar la estructura íntima de la materia y controlar el comportamiento de las partículas subatómicas que la constituyen, como los electrones que hoy trabajan para nosotros en focos, televisores, computadoras, calentadores, teléfonos celulares... Se trata de una disciplina, en fin, que ha logrado trastocar no sólo la forma en que vivimos cotidianamente, sino incluso nuestra concepción de lo que significan el espacio y el tiempo –conceptos “evidentes” si es que los hay.

La física frente a las otras ciencias
Tradicionalmente se había considerado a la filosofía como madre y reina de todas las ciencias, que nacieron de ella y, luego de una etapa de “filosofía natural”, se fueron independizando. Hoy son quizá las matemáticas quienes pudieran disputarle a la física el título de reina. Aunque quizá sólo en opinión de los matemáticos, pues el resto de los mortales las juzgan hasta cierto punto carentes de sentido, a menos que puedan ser aplicadas (por ejemplo, al servicio de la poderosa física). Similar suerte ha corrido incluso la orgullosa filosofía, hoy con frecuencia –y muy injustamente– despreciada por físicos -y por otros científicos- como una especie de conjunto inútil de “simples” divagaciones y conjeturas.

La idea de la superioridad de la física se percibe, por ejemplo, en los escritos de muchos historiadores de la ciencia, que llegaron a utilizar frases reveladoras como que la física era la “primera” ciencia que llegó a madurar, en gran medida por haber logrado matematizarse. Daban así a entender que, en algún momento, tanto la química como la biología, e incluso las ciencias sociales (disciplinas todas ellas aún “inmaduras”, según esta concepción), deberían esforzarse por alcanzar este ideal.

Son varios los aspectos de la física que clásicamente se toman –con toda razón– como muestra, y al mismo tiempo causa, de su gran éxito y poder. Entre los principales están su método esencialmente cuantitativo y su uso de las matemáticas para generar descripciones; concretamente mediante fórmulas matemáticas, al grado de que se considera que son las ecuaciones, y no las engañosas palabras, las que representan con mayor precisión la realidad de los conceptos físicos.

La enorme exactitud con que los modelos matemáticos que generan los físicos logran predecir el comportamiento de los sistemas estudiados es asombrosa. (En este sentido, curiosamente, son las matemáticas las que han permitido la consolidación de la física como ciencia exitosa, no la física la que les ha dado “sentido” a las matemáticas al hallarles aplicación). Más recientemente, la capacidad de los físicos para generar simulaciones computarizadas les ha permitido realizar verdaderos “experimentos” sin necesidad de recurrir a la realidad más que como medio para confirmar lo que se descubre al estudiar estos mundos virtuales.

¿Qué sucede con otras ciencias? La química, por ejemplo, y a pesar de los grandes avances que logró al volverse cuantitativa, con Lavoisier, al matematizarse con los grandes fisicoquímicos del siglo XIX y al utilizar, en las últimas décadas, poderosas simulaciones en computadora, ha sido siempre una ciencia esencialmente constructiva. Como señala Roald Hoffmann en su libro Química imaginada, la química se dedica a fabricar sus propios objetos de estudio (los cientos de miles de nuevos compuestos que se inventan cada año), más que a estudiar una naturaleza preexistente. Sobre todo en sus etapas más recientes, se trata de una ciencia mucho más sintética que analítica. Curiosamente, sus poderes de predicción son notoriamente limitados... lo que muestra que quizá no sea necesariamente la predicción su principal objetivo.

La biología, por su parte, durante un largo periodo, en su etapa de “historia natural”, se dedicó fundamentalmente a describir y clasificar, lo que hizo que fuera considerada por muchos como una “ciencia en vías de desarrollo”. Y quizá fuera cierto, pero la llegada de dos teorías -la celular, consolidada por Schleiden y Schwann alrededor de1837, que mostró la unidad esencial de todos los seres vivos, y la de la evolución por medio de la selección natural, de Darwin y Wallace, que en 1859 proporcionó la columna vertebral que organiza el conocimiento biológico- permitió a esta disciplina apuntalarse finalmente como una ciencia por derecho propio.

Nuevamente, se trata de una ciencia no predictiva –mucho menos predictiva incluso que la química-, sino fundamentalmente explicativa. Filósofos de la biología como el recientemente fallecido –y centenario– Ernst Mayr se han esforzado en argumentar (por ejemplo en The growth of biological thought) el carácter eminentemente histórico de su ciencia. La biología muestra cómo son y cómo se comportan los sistemas biológicos, al tiempo que explica cómo llegaron a ser así. La evolución es un proceso histórico que por ello mismo resulta prácticamente imposible de predecir, excepto en los términos más generales: a lo más que puede aspirarse es a justificar, con base en la teoría, cómo fue posible que sucediera lo que sucedió.

En las últimas décadas, el surgimiento de historiadores profesionales de la ciencia –en contraste con los historiadores aficionados provenientes de las propias disciplinas científicas– ha determinado un cambio en la forma en que se concibe la evolución de las disciplinas científicas. Las ideas de los positivistas, por ejemplo, que ponderaban la “madurez” e incluso la “cientificidad” de una ciencia con base en criterios como las mediciones cuantitativas y la generación de modelos matemáticos, basados desde luego en el modelo de las ciencias físicas, comenzaron a ser rebatidas. Puede haber, se dijo, otros criterios más adecuados para juzgar a las distintas ciencias.

Incluso las ideas de Thomas S. Kuhn respecto al avance de las ciencias a través de revoluciones en las que un paradigma dado es sustituido por otro con el que es esencialmente incompatible han sido cuestionadas al tratar de aplicarse a las ciencias químicas o biológicas. Al parecer, todos estos modelos históricos se desarrollaron tomando a la física como prototipo, y hoy se están desarrollando nuevas concepciones que parten de las características particulares de cada ciencia.

El reduccionismo fisicalista


Otra de las ideas que han pasado a formar parte del “sentido común” de la imagen popular de la ciencia –compartida incluso por muchos investigadores–, y contra la que se han levantado ya numerosas objeciones, es la de que todas las otras ciencias se pueden “reducir” a la física.

La física explica los componentes fundamentales del universo físico: materia, energía, espacio, tiempo. Como la química y la biología son ciencias naturales, con una visión naturalista de sus objetos de estudio que excluye la participación de entidades sobrenaturales o paranormales, cualquier explicación de objetos o fenómenos químicos o biológicos debe partir de elementos exclusivamente materiales. En última instancia, de los átomos y las partículas fundamentales que los conforman, los cuales son hoy descritos por las leyes de la física; concretamente por las ecuaciones de la mecánica cuántica (aunque la enorme complejidad de los cálculos detallados hace que esta descripción exista sólo “en principio”).

Se llega así a la idea de que, en última instancia, tanto química como biología, y estirando un poco la imaginación, incluso la psicología y quizá la sociología, pudieran ser en principio totalmente explicadas con base en las propiedades de los átomos y las partículas fundamentales que constituyen moléculas, células, organismos y sociedades. “La biología, que es física disfrazada de química”, llegó a escribir –probablemente con ironía– el destacado químico Peter W. Atkins.

También con ironía, el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov planteó en su genial trilogía de Fundación la idea de una ciencia –la “psicohistoria”– capaz de predecir el comportamiento futuro de las sociedades humanas, no como individuos particulares, pero sí en masa, de la misma forma que la teoría cinética de los gases permite a los fisicoquímicos predecir con toda precisión el comportamiento estadístico del gran número de partículas que conforman un gas.

Sin embargo, el filósofo Rudolph Carnap no estaba siendo irónico cuando describió esta postura, conocida como “fisicalismo”, diciendo que “el lenguaje de la física es un lenguaje universal, que comprende los contenidos de todos los otros lenguajes científicos... toda proposición de una rama del lenguaje científico equivale a algunas proposiciones del lenguaje fisicalista y, por tanto, puede ser traducida a ella sin cambiar su contenido”.

Por desgracia –o quizá afortunadamente–, el mundo natural no es tan sencillo. Si bien es cierto que en un sistema biológico –como puede ser un cerebro humano– no hay componentes “inmateriales” que sean responsables de sus propiedades biológicas –estar vivo– o psicológicas –tener conciencia–, tampoco tiene sentido pensar que la explicación de cómo surgen fenómenos como la vida o la conciencia puedan hallarse al estudiar el comportamiento de átomos o partículas fundamentales.

Se trata de un problema de niveles: así como el comportamiento de un programa de computadora, por ejemplo, no puede entenderse si se estudian los cables y microcircuitos que la forman, o el flujo de los electrones que circulan por ellos (los programas y su comportamiento no existen, ni son por tanto observables, en esos niveles), tampoco tiene sentido aplicar un reduccionismo extremo para estudiar a nivel físico los sistemas químicos o biológicos.

La clave está en el concepto de fenómenos emergentes, resultado de la forma en que los componentes de un sistema complejo interactúan para dar origen a propiedades de un nivel superior de complejidad, que no podrían haber sido predichas sólo estudiando los componentes por separado. Es la existencia de estos fenómenos emergentes lo que da al traste con la idea de que las explicaciones que dan las ciencias químicas o biológicas puedan ser “reducidas”, incluso en principio, a explicaciones puramente físicas.

Física y biología moderna
Pero si bien la física no es entonces el modelo ideal al que deba aspirar cualquier otra ciencia, ni tampoco la explicación fundamental a la que puedan reducirse éstas, esto no quiere decir que haya un divorcio entre disciplinas.

La naturaleza es una, y las distintas ciencias –hay también quien habla de una sola ciencia– son sólo manifestaciones de las formas en que el ser humano estudia los distintos aspectos del mundo que lo rodea. La interdisciplina es hoy la norma, y así como se habla de fisicoquímica, biofísica o bioquímica, está claro también que la colaboración entre ciencias físicas, químicas y biológicas (por no mencionar, nuevamente, a las ciencias sociales) ofrece los frutos más sustanciosos en cuanto a generación de nuevos conocimientos se refiere.

Un ejemplo contundente fue el nacimiento de la biología molecular, ciencia paradigmática de la segunda mitad del siglo pasado y protagonista fundamental del presente.

El estudio de las bases moleculares de los sistemas vivos, y en particular de la transmisión de la información hereditaria, fue posible gracias a los fundamentos sentados por el botánico Mendel, quien concibió el concepto de gen en 1866; por el químico Miescher, descubridor en 1869 de la “nucleína” (posteriormente rebautizada como ácido desoxirribonucleico, ADN), y por el zoólogo Morgan, que localizó alrededor de 1910 los genes en los cromosomas del núcleo celular. No obstante, los padres de la biología molecular fueron principalmente físicos, y lograron su hazaña usando métodos fundamentalmente físicos.

Físicos eran los ingleses Bragg, padre e hijo, quienes en 1915 dieron forma a la técnica de cristalografía por difracción de rayos X, que permite observar la estructura atómica de las moléculas biológicas. En 1923 Theodor Svedverg perfeccionó el método físico de la ultracentrifugación, que utiliza la fuerza centrífuga para separar y purificar los componentes subcelulares. En 1937 Arne Tiselius desarrolló otro método físico, la electroforesis, que separa a las moléculas por sus tamaños y cargas eléctricas. Y aunque no era físico, sino químico, Linus Pauling aplicó la física cuántica para estudiar la estructura de las moléculas; hacia 1939 lograría explicar aspectos fundamentales de la estructura de las proteínas.

En el mismo año, otro físico, Max Delbrück (alumno del gran Neils Bohr), se especializó en el cultivo de bacteriófagos (virus que infectan bacterias) como modelo de estudio para la naciente biología molecular. Y en 1944 se publicó el libro ¿Qué es la vida?, escrito por otro físico, Erwin Schrödinger, que inspiraría al biólogo Watson y al físico Crick, entre muchos otros, a dedicarse al estudio de la naciente biología molecular. Este proyecto culminaría su primera etapa con su descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN, lograda en 1953 gracias a la cristalografía de rayos X, y en la que participaron también el físico Maurice Wilkins y la fisicoquímica Rosalind Franklin.

No es cuestión de marcar territorios y delimitar fronteras infranqueables; sin la participación de la física, la más reciente revolución biológica simplemente habría sido imposible.

Un lugar para cada ciencia
Pocas ciencias tienen héroes tan notables como Isaac Newton, el hombre que explicó las leyes que mueven al cosmos, o Albert Einstein, revolucionario que cambió nuestra concepción de la luz, el espacio y el tiempo. Ni siquiera el biólogo Darwin, creador de una de las teorías científicas más poderosas de la historia, posee una presencia tan importante en el imaginario social de la ciencia (los químicos, sobra decirlo, están totalmente ausentes del mismo).

2005, centenario del annus mirabilis de Einstein, ha sido elegido como el año internacional de la física. No hubo una celebración equivalente (¿año de la biología?) para el 2003, en que se cumplía medio siglo del logro de Watson y Crick (aunque existe, eso sí, el Darwin’s day, que se celebra anualmente el 12 de febrero). Ni hablar de una celebración de la química, ciencia vista hoy como fuente de toda contaminación y de peligros sin fin. La presencia pública de la física, y el respeto que el ciudadano tiene por ella, siguen siendo inigualados.

Y sin embargo, no hay que olvidar que en ciencia, como en cualquier otro campo, es la diversidad y no la dominancia de una visión sobre las demás lo que asegura la mayor riqueza y amplitud de horizontes. 2005 es un buen año para recordarlo.