lunes, 20 de agosto de 2012

Esa tontería de la objetividad: Ciencia, realidad y una exposición para ciegos

Publicado en el suplemento Lunes en la ciencia
del diario La Jornada (México),
6 de septiembre de 1999

Imaginemos una exposición de cuadros, pero de un tipo especial: una dirigida a un público de ciegos.

Claro, como la pintura es una de las llamadas “artes visuales”, nuestro primer impulso es pensar que tal exposición carecería de sentido. Pero hay una posibilidad de hallárselo: hacer que una persona con vista normal describa a los ciegos lo que hay en los cuadros. Así, aunque fuera en forma indirecta, ellos podrían tener acceso a su contenido, tener algún tipo de experiencia de lo que hay en los cuadros.

¿Cómo podría ser la descripción de un cuadro? Algo así, por ejemplo: “Una mujer, de gran belleza, recostada en la arena de la playa. Su piel es suave y morena, cubierta de un ligerísimo vello, casi imperceptible. Al acariciarla tiene la suavidad del terciopelo, del durazno. Su cabello es largo, suave y pesado como la seda; algunos mechones caen sobre su frente. Su mirada es profunda y soñadora, sus ojos son del verde de la hojas tiernas de los árboles en primavera. Detrás de ella el mar, de un verde más oscuro, como el de las botellas de buen vino, arroja olas que se deshacen impotentes en espuma contra las rocas de la bahía, produciendo un ruido sordo, a la vez violento y suave. Otras olas llegan simplemente hasta la playa, donde lamen la arena.”

Una descripción así podría lograr que los espectadores invidentes captaran algo de la pintura, algo que no captarían si la pintura no estuviera ahí.

Desde luego, la riqueza de la experiencia que los ciegos pudieran tener en esta hipotética exposición dependería de la capacidad del “narrador” para captar las sutilezas de la pintura, así como de sus conocimientos y su imaginación. Hay una gran diferencia entre la descripción anterior, que incluso recurre a otros sentidos, como el tacto y el oído, y “Hay una bella mujer recostada en la playa, y detrás de ella está el mar”, o incluso entre esta última y, por llevar las cosas al extremo, “Hay una vieja buenísima tirada en la playa”.

Y no se trata de que el “narrador” esté inventando los sonidos del mar o la textura de la piel de la mujer: los está imaginando, pero lo hace a partir de lo que ve en la pintura. Un observador cuidadoso e imaginativo verá más detalles en la pintura que un observador superficial.

Ahora, cambiemos de escenario. ¿Qué pasa cuando los científicos tratan de describir la realidad? ¿Son las teorías científicas metáforas, modelos, aproximaciones a la realidad? ¿O son descripciones exactas, son de algún modo “reales”, “ciertas” o “verdaderas”?

Desde luego, nadie pretendería que una teoría o modelo científico sea la realidad. Los investigadores científicos no crean realidades: crean teorías que describen, explican y hasta predicen el comportamiento de esa realidad que suponemos –no nos queda más remedio que suponerlo– está “ahí afuera”. Afuera de nosotros, de nuestras cabezas, de nuestras mentes.

Y es que de alguna manera, a través de nuestros sentidos, o de nuestros aparatos y experimentos, creemos tener algún contacto con ella. Pero este contacto no es directo: está mediado por nuestra percepción –que siempre filtra, interpreta y en última instancia deforma lo que recibe.

En realidad, cuando decimos que “percibimos” el mundo exterior, nos referimos a que tenemos sensaciones provenientes de nuestros órganos de los sentidos. Éstos, a su vez, reaccionan ante estímulos externos como fotones, ondas sonoras o moléculas volátiles. Estrictamente no vemos un cuadro: vemos los fotones que rebotan en él y llegan hasta nuestra retina.

Pero lo que nos dicen nuestros sentidos no siempre es confiable: a veces nos engañan o nos confunden. Porque, a partir de los datos que recibimos de ellos, nuestro cerebro (¿o es nuestra mente?) construye interpretaciones que nos permiten entender, darle sentido a la información que estamos recibiendo. Y este proceso no es “objetivo”: se trata de una interpretación que nuestro cerebro hace, y aunque trata de hacerlo siempre lo mejor que puede, no está libre de errores (las ilusiones ópticas son el ejemplo más cercano). En esto las experiencias diarias de toda persona y la actividad científica son idénticas. No hay percepción “pura”: siempre hay interpretación.

El científico se parece a los ciegos que asisten a la exposición de nuestro ejemplo. No pueden ver los cuadros, pero pueden formarse una imagen de ellos a través de la descripción de su guía. Para los científicos, el guía serían los sentidos y los aparatos con los que extendemos su alcance. Para tratar de que nuestros sentidos y aparatos no nos engañen, hacemos experimentos controlados. Pero nunca podremos ver los cuadros, nunca podremos tener acceso directo a la realidad.

¿Quiere esto decir que debemos renunciar al ideal científico de tener un conocimiento confiable, un modelo coherente de la naturaleza? No, en el mismo sentido que los ciegos no tendrían por qué renunciar a conocer los cuadros de la exposición. Pero no tendría sentido que se empeñaran en verlos. No pueden verlos, porque son ciegos. Nosotros no podemos “ver” la realidad, sólo construir modelos, metáforas, explicaciones para entender cómo puede ser esa realidad en cuya existencia creemos... ciegamente.

La descripción científica del mundo no es inventada, pero no es una verdad objetiva ni absoluta. No es la verdad, pero es más verdadera que otras “verdades”, como los mitos, o como las fantasías de quienes creen que las luces en el cielo son platillos voladores tripulados por enanitos verdes, o que los cristales de cuarzo absorben las malas “vibras”. En otras palabras, no es que la ciencia sea arbitraria, pero sí es relativa. Sí es una construcción susceptible de ser desechada, de estar equivocada, de cambiar y ser mejorada, de evolucionar. Efectivamente, como afirman quienes la estudian, es un discurso, un texto, un fenómeno social, un modelo mental y muchas otras cosas. Pero está basada en algo que existe, como existen los cuadros de la exposición, aunque los ciegos no los vean. Y es la forma más efectiva, el método más poderoso con el que contamos para acercarnos a la naturaleza, a la realidad. Porque, pese a todo, no queremos renunciar a conocerla. Deseamos conocerla, pero no queremos engañarnos. Ese es el compromiso del científico, y en eso consiste su honestidad: buscar el conocimiento sin olvidar que somos ciegos, pero sin renunciar tampoco a la obra de arte que existe y que está ahí invitándonos a conocerla, a explorarla y, en última instancia, a disfrutarla.


miércoles, 25 de julio de 2012

La otra cara de la vida

Una vieja reseña de un libro más bien malo, pero interesante...
Publicada originalmente en Hoja por Hoja, no. 135, agosto 2008.



La termodinámica de la vida. Física, cosmología, ecología y evolución 
Eric D. Schneider y Dorion Sagan 
México, Tusquets 
(Metatemas, núm. 102), 2008. 
438 págs. 
ISBN 978-970-699-209-3 
Traducción de Ambrosio García Leal 



¿Por qué existe la vida? La pregunta, que intriga a las mentes curiosas desde siempre, adquirió un nuevo matiz en el siglo XIX, cuando la naciente termodinámica, estudio de los cambios de la energía, mostró que los sistemas vivos violan, aparentemente, su segunda ley.

Y es que la famosísima segunda ley de la termodinámica –una de las más importantes de la naturaleza- obliga a que en cualquier proceso la entropía del sistema aumente (que la energía disponible para realizar trabajo disminuya, o que aumente el desorden). Las cosas se enfrían y degradan espontáneamente, pero no al contrario. Los seres vivos, en cambio, crecen, se multiplican y evolucionan, aumentando incesantemente el orden en la biósfera. ¿Cómo es esto posible?

El geólogo Eric Schneider y el escritor científico Dorion Sagan -hijo del famoso Carl y de la destacada bióloga Lynn Margulis- proponen, en La termodinámica de la vida, que la respuesta la proporciona la propia segunda ley, pero expresada en el aforismo “la naturaleza aborrece los gradientes” (gradiente es una diferencia de grado en alguna magnitud –presión, temperatura, potencial eléctrico– entre dos puntos).

Esta afirmación toma en cuenta que los seres vivos son sistemas termodinámicos fuera del equilibrio. A diferencia de las cajas aisladas ideales que considera la termodinámica clásica, los sistemas vivos intercambian constantemente materia y energía con su entorno. En particular, utilizan la abundante energía electromagnética procedente del sol para impulsar prácticamente todos los procesos energéticos de la biósfera.

Y es precisamente este continuo flujo de energía lo que permite que los sistemas vivos adquieran el orden y la complejidad que los caracterizan. Al igual que sistemas físicos como tornados y ciclones, o las hermosas celdas hexagonales de Benard, que aparecen al calentar un fluido en condiciones especiales, los organismos son sistemas termodinámicos fuera del equilibrio en los que el flujo de energía permite la aparición de estructuras complejas.

Esta perspectiva fisicoquímica resulta, si no tan novedosa como quisieran los autores, sí muy importante, aunque ha sido en gran medida dejada de lado en biología; en parte debido al arrollador éxito del enfoque molecular-informacional, centrado en el ADN y los genes, para entender las células, los organismos, la evolución y la ecología. “La biología no es sólo una ciencia histórica: también es un puente entre la historia y la fisicoquímica”, afirman Schneider y Sagan, y muestran cómo esta otra mitad de la historia aporta perspectivas que enriquecen el análisis biológico en todos los niveles.

Si bien el libro resulta interesante, ameno y hasta iluminador (aunque laborioso, por el nivel de información y conceptos presentados), estorba un poco la insistencia de los autores en presentar su perspectiva como una revolución conceptual. “La función original y básica de la vida (…) es reducir un gradiente medioambiental”, proclaman, pero caen en confusiones filosóficas al obstinarse en que ésta sea la “finalidad” u “objetivo” de los seres vivos.

Es claro que los organismos son impulsados y hasta “creados” por la reducción de gradientes, en obediencia a la segunda ley, y es un logro importante que hayamos entendido cómo. Pero los organismos no existen “para” reducir gradientes. Aun si no hubiera vida, el sol seguiría radiando energía a la misma velocidad.

Schneider y Sagan usan demasiada poesía, anécdotas y paréntesis desordenados; demasiados argumentos discutibles o poco sólidos (lo que el fisicoquímico Peter Atkins llama “pensamiento confuso”). Ofrecen una idea bien pensada y documentada, pero poco discutida (se publica como libro; no en revistas científicas arbitradas). Están demasiado a la defensiva y tienen poca tolerancia a las objeciones; fuerzan sus ideas (extendiéndolas hasta la salud y la economía) con tal de defender su “revolución”. Sin estos defectos, su provocador argumento sería más científico. Aun así, vale mucho la pena leerlo, como casi todos los libros del clan Sagan-Margulis.

lunes, 9 de abril de 2012

Mingitorios en mi camino: Tortas Don Polo.

Este modelito no lo había visto. Tortas Don Polo, Félix Cuevas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Un libro que es un cerebro


por Martín Bonfil Olivera

Reseña del libro Gödel, Escher, Bach, una eterna trenza dorada,
de Douglas R. Hofstadter 

México, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1982,
traducción de Mario Arnaldo Usabiaga Brandizzi
(nueva edición: Gödel, Escher, Bach, un Eterno y Grácil Bucle, Douglas R. Hofstadter, Barcelona, Tusquets, 1987,
traducción de Mario A. Usabiaga
y Alejandro López Rousseau). 

(Publicado originalmente en el suplemento de libros Hoja por hoja,  núm. 121, junio de 2007)


Durante diez años guardé un ejemplar de un libro, esperando conocer a alguien que pudiera apreciarlo debidamente. Se trataba de Gödel, Escher, Bach, una eterna trenza dorada, de Douglas F. Hofstadter (en la traducción original del Conacyt, hoy sustituida por la versión española de Tusquets).

La persona llegó, y aunque no sé si finalmente lo leyó, no me arrepiento: pude regalarle lo que considero uno de los libros más maravillosos y estimulantes jamás escritos. Probablemente también uno de los más reveladores.

Tratar de justificar las aseveraciones anteriores sería inútil. Una de las características de la obra maestra de Hofstadter (ganadora del premio Pulitzer en 1980 –la edición original en inglés apareció en 1979 y, claro, nunca superada por su autor) es su barroca riqueza y complejidad.

¿De qué trata GEB (como lo llaman sus fans)? Por supuesto, de la música perfecta de Johann Sebastián Bach, los intrigantes grabados de Maurits C. Escher y el enloquecedor teorema de Kurt Gödel, que puso de cabeza a la comunidad matemática. Pero también, según la Wikipedia, de metamatemática, simetría, inteligencia artificial, sistemas formales, computación, paradojas, budismo zen, genética, biología molecular, lógica, teoría de números, sintaxis, cerebro, mente y cognición, semántica, libre albedrío y determinismo, holismo y reduccionismo, lenguajes de programación, isomorfismos y significado, traducción, forma y fondo, contrapunto, semiótica, códigos, autorreferencia, recursión, auto-organización, y conciencia. Entre otros temas, añado yo.

Frente a semejante avalancha de contenidos -con la que, no obstante, Hofstadter logra tejer una fascinante red de interrelaciones múltiples que mantiene siempre su unidad (logro magistral comparable a una fuga a seis voces de Bach)-, no es extraño que el propio autor tenga dificultades para describir de qué se trata en realidad su libro. Pero en el prólogo a la edición de vigésimo aniversario revela haber descubierto que el verdadero tema medular del libro es la conciencia.

O más precisamente, lo que muchos consideran la pregunta última acerca de la conciencia: ¿qué proceso hace posible que un cerebro hecho de neuronas sea capaz de generar no sólo la mente, sino el yo, la sensación de autoconciencia que permite a Descartes –y a todos nosotros- decir “pienso, luego existo”? ¿Cómo puede el cerebro generar el alma?

Para llegar a su respuesta es que Hofstadter recurre a tan intrincada red de conceptos, comparable sólo con la que forma un cerebro humano. A través de uno de los temas recurrentes del libro –los sistemas con varios niveles y su potencial para dar origen a fenómenos emergentes-, propone el concepto de “bucles extraños” (dos ejemplos sencillos son la paradoja del griego Epiménides, “todos los griegos son mentirosos”, o el par de manos del famoso grabado de Escher, que se dibujan mutuamente).

La idea de los bucles extraños, aunque poderosa, es compleja y todavía no es popular. Para mostrar su potencial, baste decir que el filósofo Daniel Dennett ha construido una teoría formal y esencialmente completa de la conciencia basada en ella. Por su parte, Hofstadter acaba de publicar I am a strange loop (“Soy un bucle extraño”) para profundizar y aclarar el concepto.

Leí GEB en los años ochenta, cuando estudiaba la licenciatura. Lo descubrí casualmente en El Parnaso de Coyoacán. Me atrajeron las pinturas de Magritte que contiene. Me sedujo su estructura en capítulos alternados con ingeniosísimos –y casi intraducibles, por su riqueza– diálogos entre la Tortuga y Aquiles. Me atrapó a pesar de su complejidad, de los ejercicios matemáticos que el autor propone al lector, de sus casi mil páginas. Hoy, veintitantos años después, confirmo que ha sido uno de los libros que han cambiado mi forma de ver el mundo. Compartirlo es difícil, pero vale la pena intentarlo. Ojalá aquel ejemplar, comprado en una librería de viejo y regalado de corazón, enriquezca otra vida.

lunes, 20 de febrero de 2012

Kuhn: el relativista involuntario

Martín Bonfil Olivera

Publicado en  Metapolítica, núm. 49,
septiembre-octubre de 2006, págs. 103-105
 
   

“¿Kuhn? ¡Ya está muy superado!” Fue esa frase, proferida por una amiga historiadora de la ciencia, la que probablemente hizo que cayera yo en cuenta de que en general la influencia que ha tenido el trabajo de Thomas H. Kuhn no es apreciado al grado que yo considero que debiera serlo.

Quizá ocurre con él un poco lo mismo que le ocurre a Freud cuando uno habla con cualquier psicoanalista, sea éste lacaniano, jungiano, frommiano o de cualquier otra tribu (excepto freudiana): todos niegan ser descendientes del psicoanálisis freudiano, aunque es evidente que de ahí parten sus raíces. Sin Freud, el psicoanálisis no existiría. Aunque quizá sea exagerado decir que sin Kuhn la historia y la filosofía de la ciencia no serían lo que son ahora, probablemente habrían tardado más en serlo.

En mi opinión, la obra de Kuhn tiene una importancia central en la construcción de la imagen de la ciencia que tenemos actualmente. Simplemente, porque le dio una dimensión histórica (y no meramente cronológica). Mostró que, más que simplemente acumular más y más conocimiento encima del que ya se tenía, una y otra vez la ciencia sufre revoluciones en las que la visión de la naturaleza que nos presenta cambia radicalmente. De estar en el centro, la Tierra pasa a girar alrededor del sol. De ser inmutables y absolutos, el tiempo y el espacio pasan a depender del estado de reposo o movimiento del observador. De ser constantes desde la creación, los seres vivos pasan a ser producto de un proceso ciego y azaroso de evolución por selección natural. De estar formadas por cuatro elementos, el mundo pasa a ser producto de las combinaciones de algunas decenas de elementos químicos cuyas propiedades periódicas reflejan su estructura atómica. De ser causadas por espíritus, humores o influencias misteriosas, las enfermedades pasan a ser producto de la infección por microorganismos patógenos.

La visión de Kuhn, popularizada inicialmente en un breve artículo en la revista Science y luego en su famosísimo libro de 1962, La estructura de las revoluciones científicas, -que por cierto acaba de ser reeditado en México, en una nueva y mejorada traducción, por el Fondo de Cultura Económica- resultó sorprendente y revolucionario no tanto por mostrar los dramáticos cambios que sufre periódicamente la imagen científica del mundo, sino por afirmar –y mostrar con ejemplos históricos concretos y magistralmente documentados- que en cierto modo no es sólo la visión del mundo lo que cambia, sino el mundo mismo. Antes de Copérnico, la Tierra estaba en el centro del universo; antes de Leeuwenhoek, las bacterias no existían (mucho menos causaban enfermedades).

Ante afirmaciones como las anteriores, es casi instintivo reaccionar con escepticismo (y así lo han expresado ruidosamente algunos científicos airados que se oponen a la “relativización” social de la ciencia, como Stephen Weinberg). Después de todo, si uno cree en la existencia independiente y objetiva de un mundo físico real más allá de los límites de nuestro respectivo cráneo –como creemos la mayoría de quienes nos hallamos fuera de los manicomios–, la idea de que la realidad física de algo como las bacterias dependa de un factor histórico (nuestro conocimiento acerca de su existencia), que cambie con nuestras ideas, suena contraria al sentido común.

Sin embargo, debemos recordar que los seres humanos, en tanto entes psicológicos –conscientes, pensantes– no vivimos en ese mundo físico, del que estamos separados y al que no tenemos acceso directo, sino sólo a través de nuestros sentidos (y las complicadas interpretaciones, ediciones y versiones que nuestros cerebros construyen a partir de los datos que los sentidos aportan). Los seres humanos somos entre mentales y no vivimos en el mundo físico, sino en el mundo de nuestros cerebros y de nuestra cultura. Es en éste mundo que las bacterias literalmente no existían hasta que fueron descubiertas. Y es éste mundo el que sufre revoluciones radicales y constantes cada vez que las ideas de Kuhn se vuelven a ver confirmadas.

El problema con Kuhn fue que, al revolucionar la imagen de la ciencia que teníamos, introduciendo la dimensión histórica, historiográfica, abrió, efectivamente, la puerta a cierto relativismo. No, como afirman sus detractores, el relativismo extremo que afirma que cualquier visión del mundo es tan confiable, correcta o valiosa como la que nos proporciona la ciencia. Definitivamente, las teorías científicas –y las aplicaciones y tecnologías que se derivan de ellas– son mucho más confiables y efectivas que las visiones esotéricas o mágicas. Pero inevitablemente las teorías científicas cambian, evolucionan y, de vez en cuando, se extinguen para ser sustituidas por otras que ocupan sus antiguos nichos ecológicos, o bien otros distintos.

Como bien describe Kuhn, los problemas que bajo un paradigma (su palabra clásica) eran los más importantes, bajo un paradigma distinto pueden no sólo dejar de ser importantes, sino incluso dejar de ser concebidos como problemas. Son este tipo de fenómenos los que, a los ojos de una visión realista ingenua, parecen de un relativismo peligroso. Parecería que la ciencia se debilita al admitir que todas sus teorías son sólo construcciones temporales que tarde o temprano cambiarán –según hemos visto a lo largo de la historia de la ciencia– para ser sustituidas por otras.

En último término, la visión de Kuhn es constructivista: nos muestra que las cosas no existen: se construyen a través de un proceso psicológico y social, histórico, retórico y hasta político. No basta con tener una teoría que dé cuenta de las observaciones y experimentos: hay que ser también capaz de convencer a los colegas, y al público general.

Pero decir que la visión científica del mundo en vez de descubrirse se construye es decir que la ciencia no es un método certero e infalible para adquirir conocimiento sobre el mundo natural, sino un proceso de tipo darwiniano en constante evolución, en que la generación de una diversidad de teorías que compiten por ser aceptadas por la comunidad científica (en gran parte gracias a su capacidad de explicar y dar sentido a los datos experimentales). Esto da lugar al surgimiento, aceptación, reinado y posterior destronamiento de paradigmas. En otras palabras, las ideas de Kuhn fueron el inicio de un proceso, aún en marcha, que está sustituyendo la visión rígida de la ciencia por una imagen evolutiva que es coherente con nuestra naturaleza como organismos vivos y con consciencia, producto de la evolución de nuestros cuerpos y cerebros por medio de la selección natural.

La ciencia se hace así compatible con el resto de la naturaleza: lejos de ser una característica única y distintiva del ser humano, pasa a estar enraizada en nuestras capacidades biológicas, a ser un producto natural de nuestra propia evolución. Como cualquier proceso histórico, el avance –o más bien, la evolución– de la ciencia se convierte en un proceso básicamente darwiniano. Hoy la filosofía y la historia de la ciencia toman en cuenta estos aspectos, y están logrando entender con mayor claridad cómo es que esta cosa llamada ciencia, a pesar de su inevitable relatividad, de sus cambios bruscos, de sus revoluciones radicales, es capaz de dar cuenta del mundo físico en que vivimos con mayor certeza que cualquier otro método.

Thomas Kuhn negó, hasta el final, ser relativista. Hoy todavía numerosos científicos, filósofos e historiadores siguen resistiéndose a sus ideas por temor al inevitable relativización de la antigua imagen certera y marmórea de la ciencia. Pero quizá, si Kuhn hubiera vivido un poco más, se habría dado cuenta que el relativismo no es tan temible como lo pintan, sino sólo una aceptación de que nuestra ciencia, como nosotros mismos, es cambiante y pragmática (que es lo mismo que decir darwiniana). En último término, Kuhn nos mostró que lo que se acepta como verdad científica en un momento dado no necesariamente es lo más cierto, sino lo que mejor funciona.


viernes, 16 de diciembre de 2011

Envidia por la física

Texto publicado en la Gaceta
del Fondo de Cultura Económica
,
núm. 411, marzo de 2005,
con motivo del Año Internacional de la Física


La física, según piensan muchos –en especial los físicos–, es algo así como la reina de las ciencias. No hay ciencia más avanzada, precisa, ni que ofrezca resultados y aplicaciones más poderosas que esta disciplina paradigmática.

Y no falta razón para pensar así. Algo debe tener de especial esta ciencia; después de todo, ha sido capaz de colocar naves espaciales con toda precisión en la superficie de mundos distantes. El aterrizaje (o “erotizaje”) del satélite NEAR de la NASA sobre el asteroide Eros, a 195 millones de kilómetros de la Tierra y que mide tan sólo 33 kilómetros de largo por 13 de ancho, en 2001, es un ejemplo extremo del control que puede lograr la moderna tecnología de telecomunicaciones aunada a la computación (ambas, por supuesto, derivadas del conocimiento físico) y a la correcta aplicación de las leyes de Newton. La física, a través de la espectroscopía, nos ha revelado la composición química de estrellas a las que nunca podremos acercarnos. Logró explicar la estructura íntima de la materia y controlar el comportamiento de las partículas subatómicas que la constituyen, como los electrones que hoy trabajan para nosotros en focos, televisores, computadoras, calentadores, teléfonos celulares... Se trata de una disciplina, en fin, que ha logrado trastocar no sólo la forma en que vivimos cotidianamente, sino incluso nuestra concepción de lo que significan el espacio y el tiempo –conceptos “evidentes” si es que los hay.

La física frente a las otras ciencias
Tradicionalmente se había considerado a la filosofía como madre y reina de todas las ciencias, que nacieron de ella y, luego de una etapa de “filosofía natural”, se fueron independizando. Hoy son quizá las matemáticas quienes pudieran disputarle a la física el título de reina. Aunque quizá sólo en opinión de los matemáticos, pues el resto de los mortales las juzgan hasta cierto punto carentes de sentido, a menos que puedan ser aplicadas (por ejemplo, al servicio de la poderosa física). Similar suerte ha corrido incluso la orgullosa filosofía, hoy con frecuencia –y muy injustamente– despreciada por físicos -y por otros científicos- como una especie de conjunto inútil de “simples” divagaciones y conjeturas.

La idea de la superioridad de la física se percibe, por ejemplo, en los escritos de muchos historiadores de la ciencia, que llegaron a utilizar frases reveladoras como que la física era la “primera” ciencia que llegó a madurar, en gran medida por haber logrado matematizarse. Daban así a entender que, en algún momento, tanto la química como la biología, e incluso las ciencias sociales (disciplinas todas ellas aún “inmaduras”, según esta concepción), deberían esforzarse por alcanzar este ideal.

Son varios los aspectos de la física que clásicamente se toman –con toda razón– como muestra, y al mismo tiempo causa, de su gran éxito y poder. Entre los principales están su método esencialmente cuantitativo y su uso de las matemáticas para generar descripciones; concretamente mediante fórmulas matemáticas, al grado de que se considera que son las ecuaciones, y no las engañosas palabras, las que representan con mayor precisión la realidad de los conceptos físicos.

La enorme exactitud con que los modelos matemáticos que generan los físicos logran predecir el comportamiento de los sistemas estudiados es asombrosa. (En este sentido, curiosamente, son las matemáticas las que han permitido la consolidación de la física como ciencia exitosa, no la física la que les ha dado “sentido” a las matemáticas al hallarles aplicación). Más recientemente, la capacidad de los físicos para generar simulaciones computarizadas les ha permitido realizar verdaderos “experimentos” sin necesidad de recurrir a la realidad más que como medio para confirmar lo que se descubre al estudiar estos mundos virtuales.

¿Qué sucede con otras ciencias? La química, por ejemplo, y a pesar de los grandes avances que logró al volverse cuantitativa, con Lavoisier, al matematizarse con los grandes fisicoquímicos del siglo XIX y al utilizar, en las últimas décadas, poderosas simulaciones en computadora, ha sido siempre una ciencia esencialmente constructiva. Como señala Roald Hoffmann en su libro Química imaginada, la química se dedica a fabricar sus propios objetos de estudio (los cientos de miles de nuevos compuestos que se inventan cada año), más que a estudiar una naturaleza preexistente. Sobre todo en sus etapas más recientes, se trata de una ciencia mucho más sintética que analítica. Curiosamente, sus poderes de predicción son notoriamente limitados... lo que muestra que quizá no sea necesariamente la predicción su principal objetivo.

La biología, por su parte, durante un largo periodo, en su etapa de “historia natural”, se dedicó fundamentalmente a describir y clasificar, lo que hizo que fuera considerada por muchos como una “ciencia en vías de desarrollo”. Y quizá fuera cierto, pero la llegada de dos teorías -la celular, consolidada por Schleiden y Schwann alrededor de1837, que mostró la unidad esencial de todos los seres vivos, y la de la evolución por medio de la selección natural, de Darwin y Wallace, que en 1859 proporcionó la columna vertebral que organiza el conocimiento biológico- permitió a esta disciplina apuntalarse finalmente como una ciencia por derecho propio.

Nuevamente, se trata de una ciencia no predictiva –mucho menos predictiva incluso que la química-, sino fundamentalmente explicativa. Filósofos de la biología como el recientemente fallecido –y centenario– Ernst Mayr se han esforzado en argumentar (por ejemplo en The growth of biological thought) el carácter eminentemente histórico de su ciencia. La biología muestra cómo son y cómo se comportan los sistemas biológicos, al tiempo que explica cómo llegaron a ser así. La evolución es un proceso histórico que por ello mismo resulta prácticamente imposible de predecir, excepto en los términos más generales: a lo más que puede aspirarse es a justificar, con base en la teoría, cómo fue posible que sucediera lo que sucedió.

En las últimas décadas, el surgimiento de historiadores profesionales de la ciencia –en contraste con los historiadores aficionados provenientes de las propias disciplinas científicas– ha determinado un cambio en la forma en que se concibe la evolución de las disciplinas científicas. Las ideas de los positivistas, por ejemplo, que ponderaban la “madurez” e incluso la “cientificidad” de una ciencia con base en criterios como las mediciones cuantitativas y la generación de modelos matemáticos, basados desde luego en el modelo de las ciencias físicas, comenzaron a ser rebatidas. Puede haber, se dijo, otros criterios más adecuados para juzgar a las distintas ciencias.

Incluso las ideas de Thomas S. Kuhn respecto al avance de las ciencias a través de revoluciones en las que un paradigma dado es sustituido por otro con el que es esencialmente incompatible han sido cuestionadas al tratar de aplicarse a las ciencias químicas o biológicas. Al parecer, todos estos modelos históricos se desarrollaron tomando a la física como prototipo, y hoy se están desarrollando nuevas concepciones que parten de las características particulares de cada ciencia.

El reduccionismo fisicalista


Otra de las ideas que han pasado a formar parte del “sentido común” de la imagen popular de la ciencia –compartida incluso por muchos investigadores–, y contra la que se han levantado ya numerosas objeciones, es la de que todas las otras ciencias se pueden “reducir” a la física.

La física explica los componentes fundamentales del universo físico: materia, energía, espacio, tiempo. Como la química y la biología son ciencias naturales, con una visión naturalista de sus objetos de estudio que excluye la participación de entidades sobrenaturales o paranormales, cualquier explicación de objetos o fenómenos químicos o biológicos debe partir de elementos exclusivamente materiales. En última instancia, de los átomos y las partículas fundamentales que los conforman, los cuales son hoy descritos por las leyes de la física; concretamente por las ecuaciones de la mecánica cuántica (aunque la enorme complejidad de los cálculos detallados hace que esta descripción exista sólo “en principio”).

Se llega así a la idea de que, en última instancia, tanto química como biología, y estirando un poco la imaginación, incluso la psicología y quizá la sociología, pudieran ser en principio totalmente explicadas con base en las propiedades de los átomos y las partículas fundamentales que constituyen moléculas, células, organismos y sociedades. “La biología, que es física disfrazada de química”, llegó a escribir –probablemente con ironía– el destacado químico Peter W. Atkins.

También con ironía, el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov planteó en su genial trilogía de Fundación la idea de una ciencia –la “psicohistoria”– capaz de predecir el comportamiento futuro de las sociedades humanas, no como individuos particulares, pero sí en masa, de la misma forma que la teoría cinética de los gases permite a los fisicoquímicos predecir con toda precisión el comportamiento estadístico del gran número de partículas que conforman un gas.

Sin embargo, el filósofo Rudolph Carnap no estaba siendo irónico cuando describió esta postura, conocida como “fisicalismo”, diciendo que “el lenguaje de la física es un lenguaje universal, que comprende los contenidos de todos los otros lenguajes científicos... toda proposición de una rama del lenguaje científico equivale a algunas proposiciones del lenguaje fisicalista y, por tanto, puede ser traducida a ella sin cambiar su contenido”.

Por desgracia –o quizá afortunadamente–, el mundo natural no es tan sencillo. Si bien es cierto que en un sistema biológico –como puede ser un cerebro humano– no hay componentes “inmateriales” que sean responsables de sus propiedades biológicas –estar vivo– o psicológicas –tener conciencia–, tampoco tiene sentido pensar que la explicación de cómo surgen fenómenos como la vida o la conciencia puedan hallarse al estudiar el comportamiento de átomos o partículas fundamentales.

Se trata de un problema de niveles: así como el comportamiento de un programa de computadora, por ejemplo, no puede entenderse si se estudian los cables y microcircuitos que la forman, o el flujo de los electrones que circulan por ellos (los programas y su comportamiento no existen, ni son por tanto observables, en esos niveles), tampoco tiene sentido aplicar un reduccionismo extremo para estudiar a nivel físico los sistemas químicos o biológicos.

La clave está en el concepto de fenómenos emergentes, resultado de la forma en que los componentes de un sistema complejo interactúan para dar origen a propiedades de un nivel superior de complejidad, que no podrían haber sido predichas sólo estudiando los componentes por separado. Es la existencia de estos fenómenos emergentes lo que da al traste con la idea de que las explicaciones que dan las ciencias químicas o biológicas puedan ser “reducidas”, incluso en principio, a explicaciones puramente físicas.

Física y biología moderna
Pero si bien la física no es entonces el modelo ideal al que deba aspirar cualquier otra ciencia, ni tampoco la explicación fundamental a la que puedan reducirse éstas, esto no quiere decir que haya un divorcio entre disciplinas.

La naturaleza es una, y las distintas ciencias –hay también quien habla de una sola ciencia– son sólo manifestaciones de las formas en que el ser humano estudia los distintos aspectos del mundo que lo rodea. La interdisciplina es hoy la norma, y así como se habla de fisicoquímica, biofísica o bioquímica, está claro también que la colaboración entre ciencias físicas, químicas y biológicas (por no mencionar, nuevamente, a las ciencias sociales) ofrece los frutos más sustanciosos en cuanto a generación de nuevos conocimientos se refiere.

Un ejemplo contundente fue el nacimiento de la biología molecular, ciencia paradigmática de la segunda mitad del siglo pasado y protagonista fundamental del presente.

El estudio de las bases moleculares de los sistemas vivos, y en particular de la transmisión de la información hereditaria, fue posible gracias a los fundamentos sentados por el botánico Mendel, quien concibió el concepto de gen en 1866; por el químico Miescher, descubridor en 1869 de la “nucleína” (posteriormente rebautizada como ácido desoxirribonucleico, ADN), y por el zoólogo Morgan, que localizó alrededor de 1910 los genes en los cromosomas del núcleo celular. No obstante, los padres de la biología molecular fueron principalmente físicos, y lograron su hazaña usando métodos fundamentalmente físicos.

Físicos eran los ingleses Bragg, padre e hijo, quienes en 1915 dieron forma a la técnica de cristalografía por difracción de rayos X, que permite observar la estructura atómica de las moléculas biológicas. En 1923 Theodor Svedverg perfeccionó el método físico de la ultracentrifugación, que utiliza la fuerza centrífuga para separar y purificar los componentes subcelulares. En 1937 Arne Tiselius desarrolló otro método físico, la electroforesis, que separa a las moléculas por sus tamaños y cargas eléctricas. Y aunque no era físico, sino químico, Linus Pauling aplicó la física cuántica para estudiar la estructura de las moléculas; hacia 1939 lograría explicar aspectos fundamentales de la estructura de las proteínas.

En el mismo año, otro físico, Max Delbrück (alumno del gran Neils Bohr), se especializó en el cultivo de bacteriófagos (virus que infectan bacterias) como modelo de estudio para la naciente biología molecular. Y en 1944 se publicó el libro ¿Qué es la vida?, escrito por otro físico, Erwin Schrödinger, que inspiraría al biólogo Watson y al físico Crick, entre muchos otros, a dedicarse al estudio de la naciente biología molecular. Este proyecto culminaría su primera etapa con su descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN, lograda en 1953 gracias a la cristalografía de rayos X, y en la que participaron también el físico Maurice Wilkins y la fisicoquímica Rosalind Franklin.

No es cuestión de marcar territorios y delimitar fronteras infranqueables; sin la participación de la física, la más reciente revolución biológica simplemente habría sido imposible.

Un lugar para cada ciencia
Pocas ciencias tienen héroes tan notables como Isaac Newton, el hombre que explicó las leyes que mueven al cosmos, o Albert Einstein, revolucionario que cambió nuestra concepción de la luz, el espacio y el tiempo. Ni siquiera el biólogo Darwin, creador de una de las teorías científicas más poderosas de la historia, posee una presencia tan importante en el imaginario social de la ciencia (los químicos, sobra decirlo, están totalmente ausentes del mismo).

2005, centenario del annus mirabilis de Einstein, ha sido elegido como el año internacional de la física. No hubo una celebración equivalente (¿año de la biología?) para el 2003, en que se cumplía medio siglo del logro de Watson y Crick (aunque existe, eso sí, el Darwin’s day, que se celebra anualmente el 12 de febrero). Ni hablar de una celebración de la química, ciencia vista hoy como fuente de toda contaminación y de peligros sin fin. La presencia pública de la física, y el respeto que el ciudadano tiene por ella, siguen siendo inigualados.

Y sin embargo, no hay que olvidar que en ciencia, como en cualquier otro campo, es la diversidad y no la dominancia de una visión sobre las demás lo que asegura la mayor riqueza y amplitud de horizontes. 2005 es un buen año para recordarlo.